Oscar R. Ruiz

(en algún lugar tengo que poner y mostrar lo que escribo. Hasta ahora, no encontré uno mejor que éste)

El blog de Oscar Ruiz

20/10/11

Retazos de mi infancia : LA ULTIMA FOGARATA DE SAN PEDRO

 
Llego del cole como una tromba y me abalanzo sobre los milanesas con puré que preparó Mamá, no sin antes hacer la parada obligada para lavarme las manos. En el noticiero de la tele están pasando la noticia de un presidente de no sé dónde, que iba al lado de su mujer en un auto sin techo. Le pegaron  tres tiros unos tipos escondidos y lo mataron. Muestran a la gente llorando por la calle. Prefiero los Tres Chiflados que empieza en un ratito
Devoro las milangas para poder ir a la Canchita  a  jugar el picado de todos los mediodías, antes de tener que hacer los deberes.  Ya están sentados en  el  paredón roto  el Tano,  Miguelito y  el Ciego.  
Convierto  el  trío en cuarteto y esperamos  al  Gallego, y no precisamente porque el Gallego sea bueno para jugar  a la pelota. Nó, nada de eso,  lo que pasa es que esta semana a él le toco  llevarse a la casa  la “pulpo” que pudimos comprar con los vueltos “olvidados” de los mandados.  De paso,  si la vieja arpía de Coca nos sigue  secuestrando las pelotas, nos va a fundir, pero esa es otra historia.
La cosa es qué, casi era la una de la tarde y el Gallego no aparecía.
Seguro que algún despelote hizo y la Gallega lo tiene castigado -dijo el Ciego. Qué cagada con las ganas de jugar que tenía.
Sí  y encima hay un solcito bárbaro, -comento Miguelito - , como para no perdérselo, en un rato  nos cagamos  de frio.
Aburrimiento total,  tirábamos piedritas,  pateábamos pastos, hacíamos dibujitos en la tierra, hasta que Miguelito como para llenar el silencio dijo: Ché falta poco para  San Pedro   ¿Qué hacemos?
El  año pasado –dije - hicimos a Bartolo  y estuvo buenísimo.
Bartolo fue un muñeco tipo espantapájaros, armado con diarios, cartones y ropa vieja, le metimos adentro unos  cohetes que pudimos conseguir, y lo prendimos fuego.  Desde que me acuerdo  en el barrio para la fiesta  de San Pedro y San Pablo,  se armaban unas fogaratas bárbaras en la calle, y decían las viejas que se quemaba la yeta y la mala suerte,  además,  y eso era lo mejor, podíamos jugar hasta tarde y al lado del fuego.
¿Cuándo es?  - preguntó el Tano.
- El veintinueve, - dijo Miguelito. Tenemos que conseguir algunas gomas viejas.
- Yo tengo una gomería cerca de casa- dijo El Tano, que vivía cruzando  Colón y aunque en realidad era de otro barrio, se había pegado con  nosotros.
-Eso, mucha gomas, tenemos que hacer una pila inmensa -se prendió el Ciego,  siempre el más quilombero de todos y que también vivía del otro lado de Colón cerca de la casa del Tano.
 Nos miramos los cuatro. No había nada  más que decir y salimos a avisar  al resto de la banda  para juntarnos en el potrero después de tomar la leche.  A Roberto y  El Bataraz les avisaría   Miguelito, que vivía para el lado de sus casas.  A los hermanos Scorcielo   y a  Guillermo -el primo de Buenos Aires de Bibí,  la de la carpintería-, les avisaba yo.   El Tano le avisaba a su primo, El Corcho, y quedaba colgado el Gallego.  Ese trámite se lo encajamos al Ciego.  A esa hora tocar timbre en la casa de los viejos del  Gallego era complicado y teniendo en cuenta que no había venido al potrero a jugar, era casi seguro que la  Gallega estaba encabronada.
Esa misma tarde y en reunión plenaria (aplicando el “pan y queso”) armamos dos grupos  y marcamos  –como hacia el Sargento Saunders, en Combate-  el área  por donde  nos moveríamos para conseguir cubiertas viejas.
El equipo del Tano,  integrado por, obviamente el Tano, el Corcho, el Ciego, Guillermo  y Yo. Nos tocaba caminar un rectángulo marcado por las  calles  Brown, San Juan, Luro y Jara
El otro grupo , liderado por Miguelito se completaba  con  el Gallego, los hermanos Scorcielo , Roberto y  el Bataraz,  tenían la zona delimitada por las calles Falucho – San Juan – Alvarado y Jara
Recorrimos todas las gomerías mangueando cubiertas rotas y viejas: las que conseguíamos las llevamos a la canchita  y las metíamos,  tapadas por los pastos, atrás del arco del fondo.
Todos los días,  desde la hora de la siesta  hasta la hora de la leche, las brigadas iban y venían  haciendo su tarea en forma impecable.  Faltando unos días para el festejo de San Juan, distribuimos los encargos para conseguir los elementos  faltantes: maderas, fósforos, querosene y diarios.  Yo debía encargarme del kerosene, lo cual era muy fácil. La abuela  me mandaba siempre a lo de Márquez a comprarlo para la estufa Fogata de casa, solamente tenía que pasar algunos litros del bidón a las botellas de vidrio y dejarlas en el potrero  escondidas  antes de llegar a la casa de la Abuela, total ni se iban a dar cuenta. El Tano traería los fósforos  porque era el único en esa época que fumaba y los demás los diarios y las maderas.
Se acercaban los días  para San Juan y la cantidad de gomas que conseguíamos  iba en aumento
Habíamos conseguido de todo desde cubiertas de bicicletas, hasta  una goma de camión ¡gigante! Me acuerdo la cara de alegría de Pablito Scorcielo y el Bataraz cuando la largaron rodando por Brown desde las vías del tren hasta el fondo de la canchita.  Al otro día y para no ser menos,  el Corcho  y yo nos  aparecimos con otra.   En realidad la sacamos del  patio de la casa del Corcho, a la hora de la siesta,   creo que era del novio de la hermana  que laburaba de camionero o algo así. La goma estaba nuevita, buenísima para quemar.
No vayan a creer que la cosa  fue fácil de llevar a cabo; hubo algunas peleas. Una fue  para decidir en qué lugar hacíamos la fogarata. Las aguas estaban divididas El Tano, el Ciego y yo queríamos armarla  justito debajo del  foco que estaba en el medio de la intersección, de La Pampa y Brown.  Guillermo, el Bataraz  y los  Scorcielo  dijeron que no, que mejor  era hacer la pila de gomas  enfrente de la entrada de la canchita.  Cada bando tenía sus argumentos de peso.  Nosotros :  Que estaba justo en la bocacalle donde pasaban más autos, que se veía mejor, que si alguna goma se caía de la pila las casas estaban más alejadas y aparte que queríamos ver como se quemaba el foco de la esquina. Ellos: Que la calle era más tranquila para armar el montón,  y  más que nada, que había que laburar menos, ya que el recorrido desde el fondo del potrero era mucho más cortó.
Como no nos poníamos de acuerdo,  votamos, y perdimos. Las gomas  irían justo en la entrada de la canchita, en  la mitad de la calle Brown, recién  asfaltada.
La segunda discusión tuvo que ver con un concepto de ingeniera práctica, o sea, como cornos armar la pila y como la terminábamos. Había opiniones de todo tipo, hasta  que al final triunfo el criterio más lógico. También elegimos terminar la torre de gomas poniéndole  como estandarte un palo de escoba con un trapo atado en la punta,  cual mástil glorioso de navío bucanero de Sandokán.
La tercera  fue para elegir  quién era el afortunado de prender la  pila. Todos queríamos ese honor, pero el  que canto “pri”  fue Guillermo, ventajeándonos, no nos gustó ni medio, peleamos un poco, pero reglas son reglas, y nos la bancamos. Se había ganado el derecho.
El viernes, antes de San Pedro - ¿no sé por qué siempre San Pedro caía en Sábado?, será cosa de los santos nomas-,  hicimos el recuento final para tener un cuadro de situación : Quince cubiertas de bicicletas, Dieciocho de  autos enteras , Veinticinco cubiertas rotas o por mitades y  ¡ Dos  gomas de camión ¡  Total Sesenta gomas. Éxito total y todo un record. Seguro se hablaría por todos los barrios.  Además teníamos dos tirantes de obra que le afanamos al ruso Iván, tres botellas con  kerosene y un montón de diarios del Atlántico y La Capital
Ya estaba todo decidido. Quedamos  en común que el sábado, a las seis de la tarde nos juntábamos en el potrero para armar la pila en la calle: Chau;  Nos vemos;  Chau.  Se fue cada uno para su casa.
A las cinco y media ya  estábamos todos en la canchita y empezamos. Entre cuatro levantamos las gomas de camión  y las llevamos  rodando desde el fondo de  la canchita al medio de la calle Brown, para hacer la base de la pila, como habíamos decidido,  Después le mandamos las cubiertas enteras. La pila empezó a subir en forma considerable. Cuando paso los dos metros y medio  de altura caímos  en la  cuenta  que se nos complicaba  la  construcción. No teníamos fuerza para revolear las gomas hasta arriba. Así que hubo que designar a un trepador para que, mientras nosotros de abajo le alcanzáramos las cubiertas, el que estaba  arriba de la pila las fuera acomodando. Por supuesto que la elección fue sumamente fácil.  Lo mandamos al Tano que era el más mono de todos.  Se trepo con una agilidad envidiable. Nosotros le entramos a mandar gomas y el las acomodo en la punta, haciendo la pila cada vez más alta. La tarde caía y la pila subía
Cuando pusimos la última cubierta de bicicleta y el Tanito colgó el mástil con el palo de escoba,  pegamos el grito de triunfo. La pila de gomas sin encender aun, sobrepasaba los cables de teléfono y de luz, aproximadamente por un  metro, y estaba más o menos a quince centímetros de ellos
Los pocos autos que venían por Brown, se las tenía que ingeniar para pasar, sorteando las gomas, que ocupaba más de medio pavimento.  Miguelito se encargaba de dirigir el tráfico. Nosotros eufóricos, gritábamos  y saltábamos  alrededor  de la pira de gomas como indios sioux en alguna danza de la lluvia de las películas de John Wayne, o  algún ritual funerario vikingo, o un aquelarre.  Y eso que aún no la habíamos encendido.
Las vecinas caras de vinagre salieron a la vereda, motivadas por nuestros gritos, y miraban con asombro la torre de gomas que habíamos construido.
Como si fuera la botadura de un barco, sacudo la primera botella de kerosene sobre las cubiertas. El  ciego le hace “casita” (para protegerlo del viento) al fosforo Ranchera que el  Tano ya había prendido. Guillermo se acerca a los dos con la antorchita de clasificados en alto. Los demás  miramos  ansiosos, cuando,  justo  en ese momento  una motocicleta con un zorro arriba y atrás un patrullero de la cana dobla a todo lo que da por la calle San  Juan hacia nuestra obra.
El desparramo fue impresionante. Salimos rajando todos para todos lados, como hormigas cuando  tiras agua caliente en el hormiguero. Yo corrí para el lado de Alberti por la Pampa  con Guillermo, los demás se desperdigaron para los cuatro puntos cardinales. En veinte  segundos  la pila de gomas quedo desierta, la cajita de fósforos  tirada en el suelo, los diarios revoloteados por el viento, y las viejas vinagre aplaudiendo a la cana y respirando aliviadas
Al ratito nomas cayó un  camión de la Municipalidad  con dos hombres de mameluco azul  y empezaron  a cargar las gomas, hasta las magníficas de camión: la del novio de la hermana del Corcho  también se la llevaron y el Corcho tuvo flor de quilombo,  creo que no apareció por la canchita por un mes por lo menos
Ese  29 de junio de 1968, fue la primera noche  que no hubo fogarata de San Pedro y San Pablo  en el barrio, y  la última para mí.  
Hubiese sido lindo haberla prendido 

OR

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