Oscar R. Ruiz

(en algún lugar tengo que poner y mostrar lo que escribo. Hasta ahora, no encontré uno mejor que éste)

El blog de Oscar Ruiz

10/4/17

TEMPORADA DE LLUVIAS

TEMPORADA DE LLUVIAS  
Sara,  parada frente a la ventana empañada de la cocina, miraba hacia el monte. El cielo seguía encapotado y la lluvia continuaba cayendo de manera lenta y pausada. El precario muelle había sido tragado por el rio, que en su crecida penetró varios metros hacia el continente firme. Las  ramas de eucaliptus que el viento había derribado  obstruían de una manera caprichosa el camino. Algunos árboles estaban ladeados;  clara muestra de que las raíces cuando el suelo está por demás blando, no tienen agarre, ni soportan el peso de las hojas mojadas.
Fuera de la casa - una típica construcción edificada sobre pilotes que la separaban del suelo casi medio metro -  todo era barro y agua. El piso de  madera de la galería abierta que abarcaba todo el frente de la casa estaba lleno de hongos por tanta agua que había absorbido.
Sara sacó el pedacito de ladrillo  que siempre lleva en el bolsillo del delantal y cruzó con un solo trazo  horizontal  las cinco barras verticales, dibujadas en la pared  al lado de la ventana. Trazó  una nueva barra vertical  y contó. Siete grupos de cinco barras verticales  cruzadas con una horizontal y una barra sola.  Treinta y seis, murmuró. 
--¿Qué? -preguntó Ricardo, que estaba sentado cerca de la cocina económica afilando una cuchilla. 
|       --Treinta y seis  --volvió a decir Sara.
Ricardo dejó sobre la mesada la cuchilla, agrego un par de leños a la cocina económica, se dio vuelta y la miró, en un gesto claro que exigía una explicación.
--Que hace treinta y seis días que llueve. Nunca duró tanto la temporada de lluvias en la isla.
--Ajá –dijo Ricardo. Sara continuó
--Bueno, no, en realidad ahora me acuerdo que la tía contaba cada tanto que un año acá llovieron más de cien días sin parar. 
--Ciento doce. Eso fue en el año de la hambruna --dijo Ricardo
--Si eso, el año de la hambruna, eso mismo. Así le decía la tía. Contaba que ni raíces había para comer. ¿Cuándo fue eso, Ricardo? ¿Vos te acordás?
--En el setenta y nueve. No hacía un año que el viejo había muerto.
--Yo era muy chiquita, cuando mama se vino a la isla. Casi recién nacida. Vos era más grandecito, tendrías nueve o diez.
--Diez.
--No sé porque mamá se quedó acá, y no se volvió al pueblo. La tía nunca me conto eso.
--Vino al velorio de papá,  era el  hermano, como no iba a venir. Después, empezó la lluvia y no pudo volver - contestó Ricardo, y agregó -  ¿y cuándo te contó eso mi vieja?
--¿Qué cosa?
--Lo de la hambruna.
--Ah, No sé. No me acuerdo -dijo Sara– cuando estábamos en la cocina, que se yo. Cuando yo le preguntaba por mamá, cómo era, cómo había muerto. Esas cosas. La tía hablaba poco; Como vos. Cuñada le decía
--¿Y qué te decía?
--Poco, muy poco. Cuñada se ahogó, decía, cuñada se ahogó, eso me decía. Parece que salió en la tormenta a buscar las redes en el rio, perdió pie o resbalo en la barranca, y el rio se la llevo vaya a saber adónde porque ni el cuerpo encontraron.  Después de eso construyeron el  muelle.  A la tía no le gustaba mucho hablar de  mi mamá. La temporada de lluvias es una mierda, ni dormir se puede de lo pegajoso y caliente que esta todo.
--Uno tiene que hacer lo que sea necesario para sobrevivir, decía mi vieja –dijo Ricardo,  terminando de afilar la cuchilla y poniéndosela en la cintura    
– Poné el agua a hervir, voy a buscar una gallina, hace semanas que ya no pone huevos.  
Sara agregó unos leños a la cocina económica y puso encima una olla grande y tiznada, con agua hasta la mitad. Ricardo se puso un capote para lluvia que estaba colgado en un gancho sobre la pared de la galería, al reparo y secándose  y se calzó un par de botas viejas, de goma. La prima asomó la cabeza por la puerta de la cocina para decirle que cuando vuelva no entre con las botas embarradas a la casa. Ricardo no contestó y salió para el lado del río, donde estaban el gallinero, un pequeño galpón y dos corrales vacíos. 
A Ricardo no le costó mucho trabajo agarrar  la gallina. El animal  estaba quieto y apichonado sobre el palo más alto del gallinero. Hacía días que no comía nada y estaba empapada y llena de barro.  La puso debajo de la axila izquierda apretándola para que no escape. Le levantó las alas cruzándolas y  tirándolas para atrás de manera que queden trabadas con su brazo, después le tiró la cabeza para atrás, le apoyó el dedo pulgar en el pico para sujetar la cabeza y que el cuello del animal quede despejado y a la vista. Con la cuchilla en la mano derecha, de un solo corte certero  le abrió el cogote. Antes de tirarla al suelo, volvió a pasar la cuchilla por el corte para agrandar el tajo. Tomo fuertemente  a la gallina de las dos patas  y la puso  cabeza para abajo hasta que dejó de chorrear sangre  y dar estertores. Por ultimo recogió la cuchilla y volvió a la casa.         
–Tomá, pelala y hacete algo – Le dijo a su prima estirando el brazo y entregándole la gallina.
Sara, con repulsión, metió al animal en el agua hirviendo y empezó a pelarla.
--Ya deberías haber aprendido a matar gallinas –dijo Ricardo.
--No puedo. La sangre me descompone. No puedo matar ningún bicho –contestó la prima – ya lo sabes.
--Si lo sé, pero uno tiene que hacer lo que sea necesario para sobrevivir, acordate  –dijo Ricardo, mientras limpiaba la sangre de la cuchilla y volvía a afilarla. 
--Falta leña seca --dijo Sara
--Eso podés hacerlo vos, los árboles no tienen sangre  –le contestó el  primo.   
Esta vez fue Sara la que salió a la galería para ponerse el capote y las botas de goma. Fue hasta el galpón, lleno una carretilla vieja con troncos húmedos y empapados, la levantó  y sopesó el peso de la carga que tenía que llevar. Le pareció mucho y sacó un par de troncos para alivianar el peso, sabiendo que no le iba a ser fácil arrastrar por el barro la carretilla cargada.
Con esfuerzo llegó hasta la casa. Descargó  los troncos y los puso en la galería, al reparo. Metió unos cuantos debajo de  la cocina económica para que el calor los vaya secando. Al poco rato nomás los troncos empezaron a humear. Ricardo seguía afilando la cuchilla. Había trozado la gallina para ponerla a cocinar.
--El camino está bastante cortado. Hay muchas ramas caídas –dijo Sara -  y el río está por demás crecido. ¿Cuántas gallinas nos quedan?
--Ninguna. Esta fue la última  -le contestó Ricardo.
Sara no habló,  por un momento evalúo la situación,  calculó cuanto podía durar la comida, si la administraba bien. Si al menos tuviera alguna papa o alguna verdura para agregar, haría un puchero más o menos decente, pensó, mientras  maldecía  a la lluvia, después dijo.
--La gallina va a durar como mucho cuatro o cinco días si la retaceamos y la estiramos. Tendrías que irte al monte, Ricardo, a ver si encontrás algún animal que podamos comer. Alguno que no se haya ido de la isla o que no se haya ahogado, algún animal mejor que las víboras o las ratas. Algún  yaguareté debe haber Ricardo, algún  animal de esos que se comió a los lechones. Algo debe haber que puedas cazar.  Por ahora tenemos la gallina para comer. Si para de llover,  en unos días baja el río y con el bote podemos ir al almacén del poblado por comida ¿no?, pero, ¿si la lluvia sigue? ¿Si no para? – dijo Sara.
--Ajá. Ya veremos, Sara, ya veremos. Comeremos ratas o víboras a falta de algo mejor, o a los perros, si es que los encontramos y no se ahogaron. Uno tiene que hacer lo que sea necesario para sobrevivir -contesto Ricardo, sin dejar de afilar la cuchilla.
Sara preparó la última gallina de la mejor manera posible, sin desperdiciar absolutamente nada. Con las patas y la cabeza hizo un caldo, con los menudos una especie de guiso con un poco de arroz viejo y con gorgojos que encontró en el fondo de un tarro. El cuerpo después de hervirlo mucho tiempo, lo trozó  en pedazos lo más pequeños posibles. Así y todo la comida solo alcanzó para tres días, los cuales siguió lloviendo.
El cuarto día, los primos sólo consumieron mate. Sara intentó rescatar la canoa, que la corriente había encallado sobre un recodo del rio, solo para darse cuenta que estaba tan destrozada que llevaría semanas repararla. Ricardo por su parte fue hasta la orilla del rio, donde había clavado la red para pescar, siempre algún pez quedaba atrapado llevado por la correntada, pero no tuvo suerte, esta vez la correntada era tan fuerte que solo encontró troncos  enredados entre los pedazos de red  destrozada. Frustrado volvió a la casa. Se sacó el capote en la galería, pero no las botas. Sara le rezongó por entrar con las botas embarradas a la casa. La lluvia seguía cayendo al mismo ritmo intenso que tuvo toda la semana.   
Seis días más pasaron desde que se comieron la última presa de la gallina. Solo se alimentaban con agua, dormían poco: por el clima y por el hambre y la lluvia seguía cayendo.
Cansada de dar vueltas en la cama sin poder dormir, Sara se levantó mucho antes de que amaneciera el séptimo día. Transpirada salió a la galería  a refrescarse.  Apenas vestida con ropa interior sintió con placer el  aire fresco y húmedo de la noche. En un impulso, agarro el hacha  que siempre dejan en la galería  para cortar leña y  sentada en  uno de los troncos que usaban de banco comenzó a afilarla mecánicamente.  Estaba casi al borde del alero, enfrentada al monte y el agua de la lluvia le mojaba la cara cada vez que el viento remolineaba entre los árboles.  Desde ese lugar,  el rio no se alcanzaba a ver, pero Sara percibía nítidamente el ruido del agua formando una correntada violenta y caudalosa. 
Como a la hora un poco antes de amanecer, apareció Ricardo en la galería. Transpirado a pesar de tener solo una camiseta musculosa y calzoncillo. Se acercó al borde y miró un rato la lluvia que caía cada vez más suave y despacio.  Sara seguía limpiando y afilando el hacha.     
--Parece que no se puede dormir hoy. ¿No, Sara?  -preguntó Ricardo  mientras se acercaba por detrás y deslizaba suavemente  un dedo por la espalda desnuda de la mujer. Sara se estremeció al contacto con la piel de su primo. Un gesto de cariño, aún torpe como ese,  no era  algo habitual en el hombre  que  convivía  con ella hacía más de vente años.  Dejó el hacha sobre el suelo  y dándose vuelta miró a Ricardo. Quizás por la posición en que se encontraba, sentada en un tronco de apenas cuarenta centímetros de altura, la  media luz que  reinaba en el  lugar o la postura de Ricardo, de pie, erguido y recto, mentón alto y mirada a lo lejos,  le pareció mucho más impactante su figura delgada y fibrosa que de costumbre. Sin decir palabra, abrió  las piernas  ofreciendo  lo que él estaba buscando. Ricardo la tomó de la cintura, la puso de pie  y en un movimiento brusco y rápido la hizo girar, poniéndola de espaldas. Haciendo presión con su mano sobre la nuca de Sara, la obligo a bajar la cabeza y que tuviera que apoyar las manos sobre el tronco, Sara levantó la pelvis y el prácticamente le arrancó la bombacha para penetrarla rápida y violentamente. La respiración agitada y un gemido casi gutural fue el  indicio   que su primo había acabado.
Sara se quedó unos segundos con la cabeza apoyada en el tronco, mientras las piernas le temblaban,  por la posición o por el hambre. Ricardo ya se había ido a la cocina, empezaba a amanecer y Sara vio cómo su primo ponía la pava en el fuego y volvía a afilar la cuchilla por centésima vez.  Se limpió el semen que le empezaba a chorrear por los muslos, y sentada en el tronco nuevamente volvió a afilar el hacha. 
Ricardo salió de la cocina. Traía  la cuchilla en la mano. Sara lo miró y empuño más fuerte el hacha que estaba afilando
                   --¿Ahora se te dio por afilar el hacha? Pensás que podes cazar algo – le preguntó Ricardo.
--¿Y por qué no?  Si vos te la pasas afilando la cuchilla para nada.  Si vos no salís a buscar algo de comida, me voy a ocupar yo. Hay que hacer lo que sea para sobrevivir. Eso mismo  decía la tía ¿no?
            --Sí, eso decía, o parecido – contestó Ricardo – mientras caminaba hacia Sara decidido.
La mujer se puso de pie, instintivamente y comenzó a retroceder, pero trastabillo con el tronco para caer de espaldas al suelo, fuera de la galería de la casa. Al barro. Dolorida busco el hacha tanteando mientras veía como su primo empezaba a bajar la escalera hacia ella.    
Sara, tendida en el suelo barroso, boca arriba, vio como las nubes surcaban el cielo  impulsadas por un viento fuerte,  que no se sentía desde la superficie, también vio que el color ya no era gris oscuro como desde hacía mucho tiempo,  sino que empezaba a tener un color celeste claro, y se dio cuenta de que algo extraño pasaba.
              --Dejo de llover  -dijo- Dejo de llover, Ricardo –grito- La temporada de lluvias termino. 
              --Ajá –contesto el primo parado en  el tercer escalón de la escalera de madera, mirando hacia arriba y comprobando que efectivamente había parado de llover.
            –Ahora sí que los animales van a volver, Ricardo, ahora sí, en un día o dos el río baja y  podemos ir a buscar  algo para comer.
           --Ajá – contesto Ricardo y  sin decir nada más se acercó hasta donde estaba caída su prima y le dio la mano para que se levante del suelo.


30/5/16

Mar del Plata y el día de la marmota

En Julio del 2012 colgué de este mismo blog el relato Gracias al Viento, escrito unos meses antes .  Hoy,  sigue describiendo una realidad de nuestra ciudad, en lugar de ser una historia de ficción, que es lo que debería ser.  Mar del Plata eterna,  atemporal, inmutable, reiterativa, como una mala version de la película "El dia de la marmota"  En la película , al menos Bill Murray generaba todos los dias una pequeña corrección para romper el hechizo maldito de empezar todos los dias el mismo dia. Acá seguimos inundando ranchos, y evacuando gente, año tras año .  

24/7/12


GRACIAS AL VIENTO




 A pesar de los gritos que pego la Matilde, poco, muy poco, es lo que pudo entender Alberto. El sueño pesado por el cansancio y el vino barato,  no dejan mucha alternativa. Muy poco, apenas algunas  frases como ¡Se nos viene el viento! Los chicos Alberto  ¡ Agarrá los chicos! .
 Eso sí, cuando una ráfaga huracanada se les llevó la mitad de la casilla, el frÍo y la lluvia sumado al vozarrón de ella,  fue  suficiente para despabilarlo.
Aunque el viento hubiese sido más débil, el chaperio no hubiera resistido. Estaba agarrado apenas con algunos clavos oxidados,  y los tirantes  podridos no ofrecían ninguna resistencia. Igual que ellos.  Pero esta noche el viento no es más débil, esta noche es más bravo que otras noches, como que no descansa. Se las agarra  con las chapas, las levanta bien alto, las  deja caer y que se doblen todas, sin esfuerzo, jugando. Como qué dejo de ser nuestro  amigo.
En la oscuridad, la Matilde con ordenes cortas , organiza la retirada del rancho. Alberto lo saca en brazos a Jonathan,  la Matilde se carga  a Brian, el más chiquito y a Mati se lo lleva la Julieta.
¡Dale Alberto dale!  — grita la Matilde —  La puta madre, te dije antes de prender el brasero que el viento  iba a hacer desbordar el arroyo.
Tenía razón, más de cuatro  horas de lluvia y viento del sur, hicieron su trabajo.
La porquería de las fábricas y la mierda de las cloacas se mezcla con  la tierra. Puro barro. Resbaloso y difícil para estar en pie. El viento no amaina . Sacude las ramas de los  sauces de una manera que dá miedo.
Los dos  llevan los chicos a un claro lejos del bajo, cerca de la ruta, después vuelven  al rancho a tratar de sacar algunas cosas.  Alberto agarra su bicicleta, dos almohadas y algo de ropa. La Matilde sale con una bolsa con pan y las frazadas. Todo lo demás es ofrenda  para el viento o la correntada.  
En un rato nos juntamos unos cincuenta, iguales, mojados y  asustados, somos como una masa sin rostro ni nombre. Sombras. Sombras surcadas por el viento.  Ese viento que siempre fue  amigo, que se llevaba los olores de la quema, o enfriaba las chapas del rancho en enero. Hasta hoy. Esta noche nos castigó como nunca, desconociéndonos.
Ninguno habla. No hay qué decir.  Esperamos, con los pocos cacharros que rescatamos,  los camiones de Defensa Civil o de la Muni.  Desde acá, podemos ver,  a duras penas,  como el agua entra en el rancherío y saca los colchones al barro. Cuando volvamos  los pongo a secar, me dice Alberto, por ahí si tenemos suerte Servicios Sociales nos dá alguno  nuevo.  El frio  nos pega duro. Mojados peor.
La ciudad  anda con ganas de amanecer. Desde la ruta se ve clarito como se  apagan las luces. Primero,  llega la tele, pero nadie se baja del auto,  hasta que no llegan los funcionarios de la Muni.  Antes de dejarnos subir al camión, eligen al viejo Suarez, a Yesica y los pibes para filmarlos y sacarles fotos para el diario. Todos ellos con capas y botas Pampero, nuevitas. Amarillo rabioso. Los demás, marrón tierra empapada.
Después de esperar un rato,  arrancamos para el Estadio, o algún colegio grande. ¡Que importa dónde vamos si cualquier lugar es mejor que este!  Esta noche Alberto y los suyos van a comer y dormir calientes. Gracias al viento. Y eso no es tan malo  

6/12/15

MAREA NEGRA

La realidad suele ser un estimulo muy poderoso para generar historias. Que en un principio parecen mas exageradas, mas tremendas que la propia realidad.  Pero el tiempo, siempre  se encarga de poner las cosas en su correcta perspectiva .


MAREA  NEGRA  

Los  primeros cuerpos que llegan a las playas son los de los viejos y los chicos. Llegan sobre el fin del verano.  Para ser más específico, los últimos días del mes de agosto.  Flotan.  Seres humanos   de tez negra o cetrina. Provienen de África o de Asia.  Hinchados, putrefactos, con la panza inflada; el cuerpo  mordido  y picoteado por  peces y  aves.  El mar los deposita mansamente en la arena tibia y blanca, para formar una composición  caprichosa  y macabra del taijitu, la forma más  conocida de representar el ying y el yang.
Todos llegan sin ojos.  Los cuencos profundos y vacíos. En ese hueco negro  habita  - para quien sepa leerlo - el horror  de su historia.
Que los primeros en morir fueron los viejos y los chicos  es algo absolutamente lógico; acorde a la evolución de las especies donde solo los más fuertes y capaces  sobreviven.  Aquellos  que  se pueden adaptar al medio, más rápido que los demás. 
Las autoridades sanitarias del municipio, proceden a levantar los cadáveres de la playa y darles sepultura  de acuerdo al rito  musulmán, religión mayoritaria en el país de origen de los muertos.
Después de la llegada  de los viejos y chicos, la marea  deja suavemente sobre la orilla  cuerpos  deformes de  hombres y  mujeres, con  todo el potencial  de su vida frustrado.  Vidas desperdiciadas inútilmente.  Cadáveres que flotan en un mar color negro.
Llegan las embarcaciones. Embarcaciones de todo tipo, precarias  e inestables. Atestadas  de tal manera de gente  que cuesta explicarse que no se hundan.  Se acercan hasta pocos metros de la orilla. Lo suficiente para que la gente desembarque,  tiran algún peso que hace las veces de ancla improvisada y se quedan en el mismo lugar un par de días, luego vuelven a su pais de origen a buscar más pasajeros.
Ante tal avalancha de cuerpos, acude en auxilio el Ministerio de salud, pero ellos también se ven desbordados, a tal punto que dejan de retirar los muertos de la playa. Quedan a merced de las fuerzas de la  naturaleza y las alimañas. El aire en las inmediaciones de la costa mutó el salitre por algo  tórrido y nauseabundo. 

Los recién llegados se instalan en la costa, compartiendo el lugar con los cadáveres de sus compatriotas. Deambulan sin sentido por la arena y las cuevas del lugar sin saber qué hacer. Como zombis, pero vivos,  sin animarse a dejar las playas; organizándose, tratando de sobrevivir como pueden, algo en lo que  ya tienen mucha experiencia.  Se dan cuenta de que pisan un continente donde su población está integrado mayoritariamente por ancianos y los jóvenes están adormecidos por el confort  y la comodidad.  Dejan las playas. Ya son miles.  Impera otra vez la ley más antigua de todas,  la ley de la evolución de las especies donde solo los más fuertes y capaces  sobreviven. 

20/9/15

TRES PUENTES

TRES  PUENTES

Ricardo Urzi empezó a tener la idea de cruzar el tercer puente aproximadamente a la edad  de  veinte  años. Demasiado joven para cruzarlo, le decían todos, ¿para que cruzarlo ahora?, ya llegara el momento. Pero Ricardo no entendía como los demás podían seguir viviendo como si nada, como si el deseo reprimido de atravesar ese puente  y descubrir que había del otro lado no fuera lo suficientemente grande e intenso como para satisfacerlo.  Sus amigos, sus compañeros de trabajo y hasta la que,  en ese momento era su novia no entendían esa urgencia, ese hormigueo, el  exagerado impulso por saber que había al final del puente.  Esa misma curiosidad  que por un lado impulsaba a Ricardo,  al común de la gente de la ciudad le hacía  parecer mucho más alocada la idea.
Porque  los habitantes de Tres Puentes  saben que el tercer puente está allí, que lo pueden cruzar cuando quieran;  no tienen ni  apuro ni curiosidad.
Y los puentes en “Tres Puentes” son imprescindibles. Fundada sobre la parte más larga y menos ancha  de la península, es una ciudad - gracias a  la fuerza de la geografía- por demás angosta.  Rodeada  tanto por derecha como por izquierda de acantilados profundos  que dan a un mar de aguas siempre tumultuosas, oscuras y heladas. Con una montaña en las espaldas del Norte impidiendo el paso, y marcando el límite geográfico con el país vecino,  no hay mucha más alternativa para la ciudad que crecer huyendo hacia el sur, y para eso es necesario sortear los riachos que bajan de la montaña con agua de deshielo y que terminan convirtiéndose en tres ríos para atravesar la ciudad,  de una manera caprichosa, dividiéndola en tres sectores claramente definidos,  a los que los lugareños llamaban barrio, cada uno de ellos separados y conectados por un puente.
Puentes que  - a decir verdad – son bastante diferentes entre sí, a pesar de estar construidos todos con piedra de la zona y poseer un estilo de arquitectura  romana.  
El primer puente es el más corto y ancho de los tres, no tiene pilotes ni barandas y su arco está construido con una dovela de piedra lo suficientemente  larga para cubrir el vano del  rio profundo pero angosto que corre tranquilamente por debajo de él.  Une el barrio más antiguo al que llaman “el primero”  -debido a que fue el barrio fundacional de la ciudad -   con el barrio “del medio”.   
El segundo  puente es más  largo, alto y abovedado que el primero, tiene un pilar en el medio, sobre los cuales están montadas las dovelas que encastran perfectamente entre si, y transmiten toda su carga a los apoyos;  permite ver, parado en uno de los extremos, el otro lado, Tiene  una baranda pequeña, también construida de piedra.   Por debajo de él corre un rio ancho, caudaloso y con muchos rápidos.  
El tercero, el más importante, ubicado en el extremo sur  es  el más largo y ancho de los tres. Con una luz importante en sus arcos, y el punto medio de los mismos muy elevado, no permite alcanzar con la vista el otro extremo.  Está soportado por varios pilotes, los cuales  no se sabe a ciencia cierta  cuantos son, porque la gente de la ciudad lo cruza en contadas ocasiones, no para visitar parientes, hacer viajes de negocios o tomarse unas pequeñas vacaciones, sino para irse de la ciudad buscando otras suertes en algún lugar del país, por eso quienes cruzan, cualesquiera haya sido esa suerte,  no vuelven a Tres puentes,  ,  los lugareños pierden contacto con ellos,  por eso no se sabe  que hay más allá del puente.      
A los treinta  años, a pesar de consolidarse  laboral  y tener un futuro económico promisorio  -había logrado mudarse al barrio del medio, muy cerca del centro cívico  en la parte más importante de la ciudad –la necesidad de Ricardo por cruzar el tercer puente se había acrecentado. Buscaba  permanentemente algún contacto, alguna información de alguien que lo haya cruzado, sin respuesta alguna, hasta por supuesto Intentó un par de veces hacer el cruce, pero no pudo avanzar más allá de un par de pasos sobre el puente. A pesar de su curiosidad, y  hacer todo el esfuerzo de que era capaz,  las piernas se  agarrotaban y se convertían en dos columnas imposibles de mover. Ni siquiera llegaba cerca de la mitad del puente, como para por lo menos alcanzar a ver algo de lo que había en el extremo opuesto. Después de varios fracasos, abandonó  el intento, pero no las ganas.    
Poco antes de cumplir cuarenta  años, Ricardo,  se mudó con su esposa Lila, al barrio nuevo, el último de la ciudad y donde estaba ubicado el tercer puente.  Por un tiempo su curiosidad y necesidad por cruzarlo se calmó. Quizás debido a su reciente y estrenada paternidad: su primer hija  ocupaba todo su tiempo libre y sus expectativas.      
Con el nacimiento de la segunda hija, la sensación se apaciguó para  renovarse cuando nació el tercero.: su primer y único hijo varón.
En el cumpleaños de cincuenta, mientras brindaba rodeado de sus amigos y familiares que le cantaban el feliz cumpleaños, Ricardo pensó que había sobrepasado la mitad de su vida y aun no conocía lo que había del otro lado del puente y el tema volvió a instalarse nuevamente en su cabeza, pero esta vez con más fuerza, para confirmar lo que en su interior siempre sospechó: Que en realidad la inquietud  por saber que había del otro lado del puente,  no desapareció nunca, solo se adormeció en su mente para acurrucarse en su corazón, esperando el momento adecuado de volver a salir. Sintió en ese cumpleaños que estaba ahora tan cerca de poder cruzarlo como nunca antes , solo necesitaba un pequeño empujón de su fuerza de voluntad, para hacerlo.

No fue fácil, ese empujón que Ricardo necesitaba le llevo cuatro años más. Al fin un domingo muy temprano salió a caminar por el barrio, como le había recomendado su médico,  y de alguna manera consiente o inconsciente se encontró  frente al tercer puente. Estuvo de pie unos cuantos minutos mirando alternativamente para adelante y hacia atrás, hasta que decidido puso el pie en la primer piedra del puente y comenzó a caminar, pero esta vez no se detuvo hasta cruzarlo completamente .