Oscar R. Ruiz

(en algún lugar tengo que poner y mostrar lo que escribo. Hasta ahora, no encontré uno mejor que éste)

El blog de Oscar Ruiz

27/4/23

El relato del mes : " OTROS MUNDOS " MI ULTIMO DIA EN NUEVA YORK

 

Mi último día en Nueva York

              

Hoy cumplo veinte años y estoy en Nueva York. Para cualquiera sería un motivo de alegría. Para mí es todo lo contrario. Estoy solo. Extraño a mis afectos. Me traicionaron y vi derrumbarse mi vida, tal y como la conocí,  en apenas unos días. 

Ahora estoy sentado en este banco, bajo la nieve de enero, frente a la fuente del parque, mientras las horas pasan, sin saber cómo seguir, sólo aferrado a mi guitarra como si fuera un ancla salvadora, tratando de evitar que la desesperación me gane, me inunde, cosa que, de por sí es bastante difícil.

El tráfico es tremendo. Me levanto. Estoy a sólo diez cuadras del Blue Note Jazz Club, mi bar en Manhattan. Hacia allá voy.

Atravieso a paso vivo el Washington Square Park,  tomo por Mac Douglas hasta la tercera. Hasta el 131 West. Entro al bar decidido a tomarme todo mi dolor en whisky barato o hasta que Charly, el cantinero, me eche a la calle por borracho o falto de crédito.

Apenas abro la puerta, el olor  rancio del tabaco atrapado durante meses, me golpea las fosas nasales.  Entrecierro los  ojos, cuesta un poco acostumbrarse a la penumbra del lugar.  Venir de la luz del medio día y aterrizar en la oscuridad del Blue Note  no es fácil.  Como siempre y para delicia de mis oídos, la música del gran Satchmo llena todo el bar y me invita a entrar sin dudar a otro mundo, de armonías y calor.

Me siento en  la punta de la barra. Apoyo en la banqueta contigua, con mucho cuidado, mi guitarra y le pido a Charly  un whisky doble.

Me mira sin asombro, como si hubiera estado seguro de mi  derrumbe, de que tan sólo era una cuestión de tiempo, que había que esperar solamente. Quizás no, quizás, es tan sólo una sensación mía. Me bajo de un saque el primer trago y pido el segundo.

―¿Está seguro Sr.?  ―me dice.

―Por supuesto que estoy seguro, Charly.  Y ya a esta altura,  podés hacerte el amigo. Decirme Jorge, como todos los ventajeros de Queens. Mejor llená el vaso  en silencio. No tengo ganas de hablar.

Armstrong me mira,  desde una foto autografiada enmarcada.  

A la tercera copa, necesito ir al baño. Camino erguido y derecho, el whisky aún no me hace tambalear.

Hago lo mío y al salir, en el tiempo que tarda la puerta del baño en cerrarse, la luz lo ilumina de lleno,  permitiéndome distinguirlo. Recién me doy cuenta,  en el asiento largo del rincón, contra la pared  hay un tipo.

Los codos apoyados en la mesa. La cabeza apoyada en los nudillos de sus manos cerradas,  está inclinada para adentro. Casi toca con la pera su pecho. Tiene una actitud de abatimiento total.

No puedo verlo bien, porque lleva una especie de capucha dura, que le cubre completamente la cabeza y la mitad del rostro, y además tiene puesta una capa. Lo que sí puedo ver, claramente, por la botella en su mesa, que me aventaja varias horas y vasos.

El tipo realmente está mal, se lo ve muy acongojado. Es  raro.  Está disfrazado de Batman, muy bien disfrazado debo reconocer. Mirándolo detenidamente no me queda más que aceptar que su disfraz es perfecto, simplemente perfecto.  La  capucha  color negro, en la cabeza  le cubre media cara  y las  dos orejas puntiagudas, le dan aspecto de  murciélago. Además tiene esa capa, que es imponente.

Ya nada me extraña en esta ciudad. De  Nueva York puede esperarse cualquier cosa. Perdí la cuenta de  la cantidad de gente loca que vi  desde que  empezó  este mil novecientos ochenta y cuatro, y sólo pasó menos de un mes.

La escena al principio me parece graciosa,  encontrar a Batman tomando whisky en un bar de Nueva York no se ve muy seguido,  pero mirando bien, el hombre murciélago se ve muy mal,  abatido, sumido en sus pensamientos y hasta quizás dolor. Hasta me atrevería a decir que emana de él un  halo oscuro y pesado en toda su figura.

Llego a mi lugar y me siento, pero no puedo dejar de pensar en el pobre tipo. Tomo mi vaso y mi guitarra,  le digo a Charly que me lleve la botella a la mesa.  Me acerco y  parado a su lado le digo

―La botella suya no da más, amigo, y parece que lo tiene a mal traer. No me gusta tomar solo. Si no se ofende  compartimos la mía, salvo que no quiera estar con alguien latino, de Argentina más precisamente.    

El tipo de la capucha, levanta la vista,  los ojos penetrantes  parecen de fuego. Me taladran en la oscuridad. Asiente con la cabeza. Creo ver  correr una lágrima a través de la máscara, pero seguramente debe ser el reflejo de alguna luz de neón,  de alguna de las tantas propagandas de Budweiser que hay en las paredes del bar.

Me siento en su mesa,  presentándome:

      ―Jorge… Jorge Maniar,  un gusto    ―le digo estirando la mano ― ¿y usted es?

      ―Bruce,  Bruce Wayne.

Tomamos nuestros primeros dos vasos en silencio, entonces me atrevo y le pregunto.

      ―¿Qué le pasa amigo, que está tan mal? Y que se lo pregunte yo, ya es mucho decir.

      ―Remordimiento. Tan simple como éso. Culpa. Desde que salí  a la calle por primera vez,  hace ya de ésto, varios años,  estoy obligado a un destino de vengador para el cual no tengo pasta. Soy huérfano ¿sabe?, desde muy chico,  mis padres están muertos y enterrados  desde hace años. Para todos, menos para mí. Me obligan a revivir permanentemente el día de su asesinato. Revivo su asesinato todos los días de mi vida. Y tengo que buscar venganza. Debo castigar a  toda la escoria de la sociedad y ya no quiero más de éso. Lucho contra delincuentes de la peor estofa y les doy su castigo. Siempre. Como sea. Porque así me han hecho. Pero también he matado gente, y bastantes más de la que usted se imagina. Soy un asesino, aunque se han ocupado muy bien de ocultar esos hechos. Jamás salieron a la luz. No da con el perfil y la imagen que tienen determinado para mí.  La verdad, amigo, es  que ya no puedo con mi culpa y mis remordimientos. No debería tener esos sentimientos, debería ser duro, incorruptible,  porque así me han creado, pero algo no funciona, porque me siento mal, muy mal. No puedo mostrar como soy, mis sentimientos. Hace muchos años que hago lo que no quiero. Alejado de todo y de todos, viviendo solo con un viejo, en otra ciudad, una ciudad tenebrosa que no conoce nadie, de nombre horrible: Gotham City…Ciudad Gótica ¿cómo puede llamarse una ciudad así? ¡Me quiere decir!

      Ahora puedo verlo mejor, no tiene tantos años, a lo sumo cuarenta y cinco, pero está muy avejentado, a pesar de su cuerpo atlético, aunque ya se le nota una incipiente panza, quizás de tanto whisky. Le veo muchas cicatrices.

      ―¿Qué está haciendo en Nueva York entonces si es de otro lado?

      ―Vengo a tomar whisky tranquilo, ésta es una ciudad donde a nadie le importa mucho del otro, se puede pasar absolutamente desapercibido. Entonces me puedo emborrachar a mi gusto, no como en Gótica que debo dar el ejemplo. Además aquí están los mejores psicólogos del país, y yo vengo a ver al mío una vez por mes.

Le lleno la copa, y él sigue hablando, desbordado, sin esperar una respuesta de mi parte.

    ―Desde mi primer trabajo, en mayo del treinta y nueve,  el del Sindicato Químico, ¿vio?, no paré nunca. Llevo cuarenta y cinco años, peleando, matando gente y encarcelando ladrones y tipos mal paridos,  siempre oculto, siempre solo, siempre duro.  Ya no doy más.

No tengo muchos argumentos para contestarle, nunca fui muy bueno hablando , solamente le lleno el vaso de whisky, saco mi guitarra  y toco un blues, triste como nosotros dos.

Mi música parece gustarle y reanimarlo. De pronto el encapuchado me dice:          

―¡Qué bien que toca la guitarra! Tóquese otra por favor.

Improviso, a veces el alcohol hace maravillas, y me encuentro tocando una melodía por momentos hermosa y  suave, y en otros  enérgica y vibrante.  

El tipo entonces estira su brazo y de la oscuridad del asiento, saca un estuche de trompeta, lo abre y empieza a tocar  a la par mía, siguiéndome. Ante mi total asombro. Me detengo y lo increpo

―¡Pero! ¿Y usted desde cuándo toca la trompeta? Si éso no se supo nunca.

―¿Cómo dice? ¿Usted realmente, qué sabe de mi? Qué sabe lo que yo toco o dejo de tocar.  O se va a creer todo lo que sale publicado en las revistas. Yo también tengo una vida, que no es pública, que es solamente mía, ¿sabe? 

Me deja sin respuesta. Charly pone de fondo a  “Rata paseandera”,  la versión que está en “El embajador Satch”, grabada en vivo en 1955. Quizás trata de alegrarnos un poco. Es imposible no tocar encima, improviso sobre la melodía, él me sigue con su trompeta. Los dos, hacemos una versión impecable acompañando a  Armstrong. Por un rato la música nos aleja de nuestras penas.  Terminamos de tocar y quedamos en silencio. Disfrutando.

Siento que debo despedirme.

―No se preocupe Bruce, está bien que usted tenga remordimientos por matar gente, pero sabe una cosa: Al paso que  vamos como sociedad, matar gente sin tener remordimientos seguramente será muy popular algún día.  Aunque no esté bien, nada bien.  No le extrañe que usted se convierta en una especie de héroe si ya no lo es, y hasta que alguien componga  un tema en su honor.  Un tema que se llame Batman.  Además toca muy bien la trompeta.

―Gracias. Usted también es muy bueno en lo suyo.

Le agradezco. Tomo mi guitarra y salgo del Blue Note con otro ánimo, diferente al que entré, decidido a regresar a Mar del Plata.

Después de  todo mi viaje quizás no fue totalmente en vano. Me di el gusto de tocar un tema con Batman  en Nueva York. Eso no es poca cosa.

Tras la puerta, la trompeta del genial  Sachmo sigue sonando.  

 

 

28/3/23

El relato del mes : "OTROS MUNDOS" : HUELLA SIN MEMORIA

La vida sería imposible si todo se recordase. El secreto está en saber elegir lo que debe olvidarse. 
Roger Martin du  Gard (1881-1958) Escritor francés. 


 Por alguna extraña razón camino cerca de la costa, para el lado del norte, del vaciadero, buscando un bar abierto. Miro el reloj: las once de la noche. Llevo caminando casi una hora. No entiendo por qué vine para este lado de la ciudad y no fui como todos los años para el sur, que es una zona conocida y tengo registro de los pocos bares abiertos que hay un día como hoy. Si el puto del jefe no me hubiera cambiado el turno y me hubiera dejado laburar como yo quería, como todos los años, no tendría que andar ahora caminando hasta encontrar un lugar abierto para emborracharme y no tener que soportar las boludeces de la gente festejando. Que no, que no es justo, que hace muchos años que trabajás el treinta y uno, que te merecés pasarlo con alguien de tu familia. ¡De tu familia!, me dijo el muy pelotudo. ¡Qué sabe de justicia, ese gil! Al fin veo la luz de un negocio en una esquina un par de cuadras adelante. Parece un café o un bar y está abierto. No tiene una pinta muy agradable pero no es un día como para andar eligiendo lugar, mientras tenga vino y un baño, es suficiente para mí. Entro. Miro el reloj: las once y veinte. Falta poco para la medianoche. Seguramente en un rato las calles se van a llenar de gente contenta y un poco borracha, pero ahora todos estaban con sus familias fingiendo una felicidad desbordante, que no creo que tengan, como si su vida cambiara radicalmente cuando el minutero pase el número doce y comience un nuevo año. La felicidad y una nueva vida a sólo escasos minutos de diferencia. Año nuevo, vida nueva. ¡Pelotudos! Me siento en una mesa, cerca de la ventana que da a la avenida. Afuera la playa solitaria y el mar, adentro el televisor con la música, las imágenes de la gente en algún lugar del primer mundo todos amontonados, esperan-do la cuenta regresiva: Diez. Nueve. Ocho… Mi plan es simple, emborrarme, empaparme en whisky, vino o cerveza y no tener que saludar o desear felicidades a nadie, ni que nadie me los desee a mí. El bar es ideal para mis necesidades y combina perfectamente con mi ánimo. ¿Cómo no lo encontré antes? Un poco lúgubre, un poco viejo, un poco extraño. Sólo hay dos clientes: en un rincón oscuro, una puta vieja, flaca por demás y desahuciada, a la que se le nota que la vida le pasó factu-ras demasiado caras y no pudo pagarlas. Sentado a la mesa de una de las ventanas, un tipo cara regordeta, barbita y patillas largas, con cara de asiático, parecido a Miyagi, el tipo que laburaba en la película de Karate Kid. ¿Era japonés o chino?, bueno no importa, para mí, todos estos tipos son chinos. También está el que supongo será el dueño, detrás del mostrador un canoso de edad indefinida. Tiene lentes tipo culo de botella, y una barba como de tres o cuatro días, aparentemente desprolija, pero nada más alejado de la realidad, sumamente cuidada. Está secando vasos con un trapo mugriento que hace las veces de repasador. Saludo, me busco una mesa tranquila al lado de la ventana y le hago señas con la mano al dueño. El tipo me mira y mientras sigue secando las copas mueve la cabeza levemente hacia atrás levantando la pera, como preguntándome “qué quiere”. Vino, le digo, una botella de tinto, cualquiera. Me dedico tranquilo a tomar mi vino, despacio, metido en mis cosas, mientras el tiempo avanza. Miro el mar de afuera mientras el de adentro se aquieta. Espero, sólo dejo que pasen los minutos y se termine el fin de año. Jamás me gustaron las fiestas, será porque en mi infancia nunca hubo mucho Pan Dulce. De pronto escucho: ―Le molesta si lo invito otra copa de lo que está tomando. Somos muy pocos. Hoy es fin de año y no me gusta estar solo. Si le invito la copa a la señora, por ahí se confunde y piensa que busco otra cosa. Es el viejo con cara de Miyagi, me habla desde su mesa, que está cerca de la mía, me habla como si me conociera. Lo miro, ya estoy acostumbrado a este tipo de pelotudos, pero una copa gratis nunca viene mal, y más cuando estoy decidido a emborracharme. —Si a usted le hace bien, por mí no hay problema --le contesto y le hago señas con la mano al dueño del bar que traiga otra botella y un vaso. Se levanta de su mesa y se acerca a la mía. Empezamos a charlar. Me dice que se llama Esteban. No le creo. Yo le digo que me llamo Ricardo, y no sé si me cree o no. El tipo pregunta sobre mi pasado, mi historia. Le digo muy poco. Yo también pregunto, pero no mucho, la verdad no me interesa la vida o la historia del chino éste, creo que es una cuestión simple de amabilidad porque me pagó la botella de vino. Nunca fui de hablar mucho y menos con gente que no conozco. Es una cuestión de desconfianza, de supervivencia. Los años en el reformatorio me enseñaron que por algo te-nemos dos ojos, dos orejas y una sola boca. El tipo habla y habla, la mayoría de las cosas que dice son boludeces. No le presto mucha atención. Miro el reloj. Doce menos dos minutos. Empezó a escucharse cohetes, bocinas y hasta algún balazo al aire, siempre hay gente con el reloj adelantado. ―En un momento… ―me dice el chino. Entre el ruido de los cohetes y las bocinas anunciando el año nuevo, no entiendo muy bien lo que me dice. En la tele la gente grita una cuenta regresiva hacia el cero. ―…yo puedo aliviarlo. Puedo hacer que termine su tormento ―completó su frase. Lo miro, nunca tuve pelos en la lengua, ni mucha paciencia. Le contesto sin vueltas, como se merece. ―Y usted qué carajo sabe lo que me pasa. Cómo mierda va a aliviar mi dolor, me quiere decir viejo inútil. Se piensa que porque me paga un vino berreta tiene derecho a meterse en mis cosas. El tipo no se inmutó, ni siquiera hizo un gesto de fastidio, de enojo o de molestia. Corrió la silla y se sentó más cerca, a mi lado, y más despacio, casi en un susurro, me dice: ―Yo puedo hacer que ese recuerdo que lo está atormentando se vaya para siempre, que desaparezca. De una vez y para siempre, y en su lugar dejarle otro, el que usted nunca tuvo, el que siempre quiso. El que le gustaría volver a vivir, aunque nunca fue suyo en realidad. ―Por qué no se va a cagar, ―le digo―, y se busca otro para joder. Vá-yase a tirar cohetes como cualquier pelotudo de ésos que andan por ahí. Infeliz. El viejo se levanta de la silla, e insiste antes de irse a su mesa. ―Está bien, como quiera, pero yo puedo darle el recuerdo que usted elija, el que usted no tiene, ni lo tendrá nunca porque no lo vivió, el que le falte o que simplemente desee, y llevarme ése que lo está atormentando. Haga como quiera. Usted se lo pierde. Me parece que el que está mal no soy yo, es usted. Y encima, le gusta. —Mire viejo, No le rompo la cara por eso, porque es viejo, y con mis antecedentes, seguro que me como un flor de garrón por un idiota. Así que déjeme de joder y siga su camino. El asiático me mira con sus ojos rasgados, y antes de irse, me dice: lo voy a estar esperando, hasta el amanecer hay tiempo, y se fue a su mesa. Afuera la noche es un solo ruido de cohetes, el cielo iluminado por cañitas voladoras y globos de papel de esos que se les prende fuego abajo y siempre terminan incendiando algo. Sigo tomando mi vino. Miro el reloj: la una y veinte. El estruendo de los fuegos artificiales se había apagado, y el cielo volvió a estar iluminado sólo por las estrellas y la luna, como siempre, como todas las noches del año. La vieja puta está dormida sobre la mesa, quizás soñando con algún cliente añorado, el dueño sigue limpiando y secando los vasos y el chino sigue inmóvil mirándome, con la copa a medio llenar, a medio tomar. Me tomo la última copa de la botella de vino que me pagó el chino. La que pague yo se terminó hace rato. De pronto, quizás por el vino, me levanto de la silla como si me quemara el culo, como si tuviera un resorte, como dominado por un impulso de mierda y lo encaro al hombre. ─Ya que está tan seguro y sabe tanto, ¿a ver? Diga, dígame que recuerdo me sacaría. A ver, diga jefe. ―No amigo, no se confunda, ¿puedo decirle amigo, no? Mire, yo no le saco nada, usted es el que me lo da, bah, en realidad me lo vende o me lo canjea. El recuerdo que usted elija, el que usted quiera. Con su vida, debe tener bastantes que valen la pena sacarlos, borrarlos para siempre de su mente, y le puedo asegurar que hay gente que está muy deseosa de tener aventuras y nunca se animó ni siquiera a robar caramelos de un kiosco cuando era chico, ni hablemos de algo más importante como matar a alguien por ejemplo. ―Usted está totalmente loco, pero es cosa suya. A ver ¿cuánto me paga? ¿Qué me da a cambio de mi recuerdo? ―Mire Ricardo, esta noche por ser la primera del año estoy generoso ―me dice el chino y los ojos rasgados le brillan de una manera especial mientras sus pupilas se expanden al máximo, captando la poca luz del lugar ―Estoy casi seguro que sus recuerdos pueden valer la pena. Le ofrezco algo que no lo hago con nadie. Le doy dos por uno. Usted me da un recuerdo, cualquiera, el que más le moleste. El más doloroso, el que más odie de todos, y yo se lo saco definitivamente de su mente, de su vida. A cambio le pongo dos de los que usted quiera y no tenga. Un almuerzo de familia un domingo. Un partido de fútbol en la cancha con su papá. El olor de su ma-dre y el calor de sus abrazos. La primera vez que se enamoró. O el primer polvo, el primer beso. Lo que usted quiera, lo que me pida. Va a ser suyo y lo tendrá para siempre. Para saborearlo cada vez que quiera. ¿Qué me dice, no lo tienta la oferta? Mire, le doy una muestra gratis, sin cargo. De pronto el bar se llena de olor a tuco casero, y en un rincón una mujer bastante mayor, canosa con un delantal cuadrillé rojo y blanco tira harina sobre una mesa de madera. Al costado tiene varios bollos de masa tapados con un repasador blanco y con un palote de amasar estira uno de los bollos. Sobre una cocina grande en una vieja olla esmaltada, color verde un tuco con salchichas carniceras, gorgotea y llena todo el bar con el olor a comino, tomate recién cortado y laurel fresco. Aspiré hasta que mis pulmones estuvieron a punto de reventar. Nunca sentí un olor tan rico como ése. En pocos minutos la imagen y el olor se fueron. ― ¿y, qué le parece? ―me pregunta el chino. No pude contestarle. Todavía estoy disfrutando del olor y de esa visión que nunca viví, algo por lo que había envidiado a más de un amigo. ― ¿y, Ricardo, qué le parece? ―volvió a preguntarme el chino. ― Yo nunca tuve un domingo de ravioles y tuco caseros ―–le contesté. ―Sí, me lo imaginaba, pero ya es tiempo que lo tenga, ¿por qué no? Usted también tiene derecho a ese recuerdo, más aún, le puedo dar el mejor de todos, los mejores olores. Esos domingos ideales, que sólo aparecen en las propagandas de televisión o en los recuerdos que el tiempo esmeriló y le sacó todas las asperezas. La mesa grande. La abuela haciendo el tuco, los viejos contentos hablando, tomándose un Gancia, en la picada de las once de la mañana. Y si quiero se lo pongo todo debajo de una glorieta para que sea mejor, hasta le pongo la música de fondo que quiera. ¿Qué me dice? ―Que me gusta. ―Bueno, entonces dígame qué recuerdo suyo me daría a cambio ―No sé qué quiere, tengo varios que me gustaría sacármelos de encima. ―Lo más tenebroso que tenga, el morbo siempre vende bien, pero que sea auténtico. ―Le puedo dar mi primera noche en el instituto de menores cuando tenía ocho años. Tenía miedo. ―¿No tiene algo un poco más fuerte? Un robo importante, una muerte, una violación por ejemplo. ―Puede ser que tenga, quizás. Pero si lo tuviera no sé si se le daría alguno de esos recuerdos. Me recordarían lo que soy y de eso no quiero olvidarme. El chino no saca sus ojos de los míos. La luz de la calle iluminada con los carteles de neón y alguna cañita voladora atrasada le da un reflejo especial a sus ojos rasgados. Está callado unos segundos y luego me dice mientras estira la mano para darme un apretón : ―Bueno, cerremos trato entonces. Yo nunca me voy con las manos vacías cuando empiezo un negocio. ―Así nomás ―le pregunto. ―Sí, así nomás, entre caballeros la palabra vale. ¿Qué esperaba Ricardo? , firmar con sangre como las películas. Yo soy un comerciante, simplemente compro y vendo. La única diferencia es que mi mercadería es muy especial, nada más. Cerremos el negocio; dígame qué quiere y que me da. ―Quiero un domingo completo, fideos caseros con tuco, un patio con sol y plantas y después mi viejo que me lleva al estadio a ver por primera vez el clásico. Y también quiero una noche de tormenta con muchos rayos, y mi vieja que me viene a buscar a la cama porque soy muy chiquito y estoy muy asustado y se queda conmigo cantándome una canción, y también quiero un abrazo de mi vieja pero de ésos que no se olvidan, y… y… un beso de amor, éso, el primer beso, con una chica que me quiera de verdad en una plaza de barrio una noche de verano, y también un… ―Espere Ricardo. Le dije dos. Nada más. Tiene que elegir, Es así el negocio. ―Es difícil. ―Sí, ya sé que es difícil, pero es así. Sólo dos, no hay más por este año. Si nos volvemos a cruzar tendrá otra oportunidad. Lo pienso un poco y me decido. ―Bueno está bien. Deme a una abuela amasando y haciendo tuco para los fideos del domingo y un primer beso, pero que sea de amor verdadero. ―Delo por hecho. No hay problema con eso. Ahora usted. Muéstreme qué tiene, qué quiere que me lleve. ―No sé, qué quiere, tengo casi de todo. En el instituto de menores uno aprende casi de todo, desde robar hasta clavar una faca sin que lo vean, o si prefiere algo un poco más picante le puedo dar la primera vez que nos culeamos entre todos al tarado en el baño del instituto. También tengo algunos años en el penal de Batán. ¿Qué quiere? ―No, de esos recuerdos tengo varios y parecidos. Algo más, como le diría, algo que sea más suyo. Algo único. Muéstreme que tiene. Yo sé que tiene más. Yo lo sé, pero es usted el que me lo tiene que dar. ―No sé a qué se refiere, qué es lo que quiere. ―Sí que sabe, haga un esfuerzo y busque. Busque un poco más dentro suyo. Busque, busque, vaya para atrás. ―¿Para atrás? No lo entiendo, no sé qué quiere. El chino me mira sin pestañear, tratando de ver el fondo de mis ojos mientras los suyos se convierten en una raya brillante, iluminados por las luces de los cohetes. ―Mire amigo, se lo voy a decir directamente. Quiero que me dé el frío de la mano de su madre. Su madre en la camilla del hospital. Muerta. Cagada a palos por uno de esos tipos cualquiera. Ese quiero. Ese es único, solo suyo. Tráigalo a su mente, recuérdelo y me lo da. ―No, ése no. Por qué quiere ése ―le digo, casi balbuceando. ―Porque es genuino, es único, Ese es suyo solamente, ya se lo dije, yo busco cosas que otros no tienen. ―No, ése no se lo doy. Elija cualquier otro, le doy dos yo también, cual-quier otro – le contesto convirtiéndome en un improvisado negociador. El chino, baja la vista, mira el suelo, piensa un rato, después me mira. ―Bueno. Hecho. Ya le dije que nunca me voy con las manos vacías, nunca dejo un negocio sin terminar. Piense, cierre los ojos, recuerde. Yo hago el resto. Le hice caso. Pasaron unos pocos minutos, se levantó de la silla y se despidió de mí con una leve inclinación de su cabeza. De pie y antes de salir me dice: No se preocupe por el vino. La cuenta está pagada. Gracias y que tenga un buen año. Lo veo salir hacia la avenida caminando despacio y sin hacer ruido. Está comenzando a amanecer. Yo también me levanto y me voy del bar. Me siento un poco borracho. Fue una noche larga, y rara, pienso mientras me abrocho el cuello de la camisa para protegerme de la bruma húmeda del amanecer. En la calle restos de papeles de cohetes, de cañitas voladoras, y botellas de sidra en la vereda me dicen que empezó un año nuevo. Mientras camino hacia mi casa, tranquilo, bordeando la costa silbo bajito los compases de “Niebla del riachuelo”. El aire fresco del amanecer y el olor a salitre comienzan a hacer desaparecer mi borrachera, de pronto y sin motivo alguno me acuerdo de mi abuela cocinando el tuco de los domingos, amasando los fideos, y el recuerdo de ese olor me reconforta. Pienso en mi vieja, pero por una extraña razón que no alcanzo a comprender, su cara se desdibuja, por más que lo intento el recuerdo se va, no aparece, no puedo acordarme de ella.

14/3/23

De regreso

Me reencontré hace un par de días  con mi blog, de casualidad, sin buscarlo ni desearlo, pero como creo en las señales y no en las casualidades, acá estoy nuevamente. 

La ultima vez que subi algo fue en el año 2017, demasiado tiempo y acontecimientos hemos pasado todos, como para que no deje algun registro de este tiempo. 

Hay bastante material inedito que deberia haber terminado impreso en alguna hoja de papel de un libro, pero se resistio y vera la luz  en una pantalla a la brevedad. 

Volveremos con el cuento del mes y una que otra reflexion, modesta, catarsica, dolorosa seguramente, al menos para mi : Todo es igual pero mas decadente. Argentina  es el dia de la marmota pero en un tobogan. El  gobierno kirchnerista no pasa desapercibido

Nos estamos escribiendo

Abrazos 

10/4/17

TEMPORADA DE LLUVIAS

TEMPORADA DE LLUVIAS  
Sara,  parada frente a la ventana empañada de la cocina, miraba hacia el monte. El cielo seguía encapotado y la lluvia continuaba cayendo de manera lenta y pausada. El precario muelle había sido tragado por el rio, que en su crecida penetró varios metros hacia el continente firme. Las  ramas de eucaliptus que el viento había derribado  obstruían de una manera caprichosa el camino. Algunos árboles estaban ladeados;  clara muestra de que las raíces cuando el suelo está por demás blando, no tienen agarre, ni soportan el peso de las hojas mojadas.
Fuera de la casa - una típica construcción edificada sobre pilotes que la separaban del suelo casi medio metro -  todo era barro y agua. El piso de  madera de la galería abierta que abarcaba todo el frente de la casa estaba lleno de hongos por tanta agua que había absorbido.
Sara sacó el pedacito de ladrillo  que siempre lleva en el bolsillo del delantal y cruzó con un solo trazo  horizontal  las cinco barras verticales, dibujadas en la pared  al lado de la ventana. Trazó  una nueva barra vertical  y contó. Siete grupos de cinco barras verticales  cruzadas con una horizontal y una barra sola.  Treinta y seis, murmuró. 
--¿Qué? -preguntó Ricardo, que estaba sentado cerca de la cocina económica afilando una cuchilla. 
|       --Treinta y seis  --volvió a decir Sara.
Ricardo dejó sobre la mesada la cuchilla, agrego un par de leños a la cocina económica, se dio vuelta y la miró, en un gesto claro que exigía una explicación.
--Que hace treinta y seis días que llueve. Nunca duró tanto la temporada de lluvias en la isla.
--Ajá –dijo Ricardo. Sara continuó
--Bueno, no, en realidad ahora me acuerdo que la tía contaba cada tanto que un año acá llovieron más de cien días sin parar. 
--Ciento doce. Eso fue en el año de la hambruna --dijo Ricardo
--Si eso, el año de la hambruna, eso mismo. Así le decía la tía. Contaba que ni raíces había para comer. ¿Cuándo fue eso, Ricardo? ¿Vos te acordás?
--En el setenta y nueve. No hacía un año que el viejo había muerto.
--Yo era muy chiquita, cuando mama se vino a la isla. Casi recién nacida. Vos era más grandecito, tendrías nueve o diez.
--Diez.
--No sé porque mamá se quedó acá, y no se volvió al pueblo. La tía nunca me conto eso.
--Vino al velorio de papá,  era el  hermano, como no iba a venir. Después, empezó la lluvia y no pudo volver - contestó Ricardo, y agregó -  ¿y cuándo te contó eso mi vieja?
--¿Qué cosa?
--Lo de la hambruna.
--Ah, No sé. No me acuerdo -dijo Sara– cuando estábamos en la cocina, que se yo. Cuando yo le preguntaba por mamá, cómo era, cómo había muerto. Esas cosas. La tía hablaba poco; Como vos. Cuñada le decía
--¿Y qué te decía?
--Poco, muy poco. Cuñada se ahogó, decía, cuñada se ahogó, eso me decía. Parece que salió en la tormenta a buscar las redes en el rio, perdió pie o resbalo en la barranca, y el rio se la llevo vaya a saber adónde porque ni el cuerpo encontraron.  Después de eso construyeron el  muelle.  A la tía no le gustaba mucho hablar de  mi mamá. La temporada de lluvias es una mierda, ni dormir se puede de lo pegajoso y caliente que esta todo.
--Uno tiene que hacer lo que sea necesario para sobrevivir, decía mi vieja –dijo Ricardo,  terminando de afilar la cuchilla y poniéndosela en la cintura    
– Poné el agua a hervir, voy a buscar una gallina, hace semanas que ya no pone huevos.  
Sara agregó unos leños a la cocina económica y puso encima una olla grande y tiznada, con agua hasta la mitad. Ricardo se puso un capote para lluvia que estaba colgado en un gancho sobre la pared de la galería, al reparo y secándose  y se calzó un par de botas viejas, de goma. La prima asomó la cabeza por la puerta de la cocina para decirle que cuando vuelva no entre con las botas embarradas a la casa. Ricardo no contestó y salió para el lado del río, donde estaban el gallinero, un pequeño galpón y dos corrales vacíos. 
A Ricardo no le costó mucho trabajo agarrar  la gallina. El animal  estaba quieto y apichonado sobre el palo más alto del gallinero. Hacía días que no comía nada y estaba empapada y llena de barro.  La puso debajo de la axila izquierda apretándola para que no escape. Le levantó las alas cruzándolas y  tirándolas para atrás de manera que queden trabadas con su brazo, después le tiró la cabeza para atrás, le apoyó el dedo pulgar en el pico para sujetar la cabeza y que el cuello del animal quede despejado y a la vista. Con la cuchilla en la mano derecha, de un solo corte certero  le abrió el cogote. Antes de tirarla al suelo, volvió a pasar la cuchilla por el corte para agrandar el tajo. Tomo fuertemente  a la gallina de las dos patas  y la puso  cabeza para abajo hasta que dejó de chorrear sangre  y dar estertores. Por ultimo recogió la cuchilla y volvió a la casa.         
–Tomá, pelala y hacete algo – Le dijo a su prima estirando el brazo y entregándole la gallina.
Sara, con repulsión, metió al animal en el agua hirviendo y empezó a pelarla.
--Ya deberías haber aprendido a matar gallinas –dijo Ricardo.
--No puedo. La sangre me descompone. No puedo matar ningún bicho –contestó la prima – ya lo sabes.
--Si lo sé, pero uno tiene que hacer lo que sea necesario para sobrevivir, acordate  –dijo Ricardo, mientras limpiaba la sangre de la cuchilla y volvía a afilarla. 
--Falta leña seca --dijo Sara
--Eso podés hacerlo vos, los árboles no tienen sangre  –le contestó el  primo.   
Esta vez fue Sara la que salió a la galería para ponerse el capote y las botas de goma. Fue hasta el galpón, lleno una carretilla vieja con troncos húmedos y empapados, la levantó  y sopesó el peso de la carga que tenía que llevar. Le pareció mucho y sacó un par de troncos para alivianar el peso, sabiendo que no le iba a ser fácil arrastrar por el barro la carretilla cargada.
Con esfuerzo llegó hasta la casa. Descargó  los troncos y los puso en la galería, al reparo. Metió unos cuantos debajo de  la cocina económica para que el calor los vaya secando. Al poco rato nomás los troncos empezaron a humear. Ricardo seguía afilando la cuchilla. Había trozado la gallina para ponerla a cocinar.
--El camino está bastante cortado. Hay muchas ramas caídas –dijo Sara -  y el río está por demás crecido. ¿Cuántas gallinas nos quedan?
--Ninguna. Esta fue la última  -le contestó Ricardo.
Sara no habló,  por un momento evalúo la situación,  calculó cuanto podía durar la comida, si la administraba bien. Si al menos tuviera alguna papa o alguna verdura para agregar, haría un puchero más o menos decente, pensó, mientras  maldecía  a la lluvia, después dijo.
--La gallina va a durar como mucho cuatro o cinco días si la retaceamos y la estiramos. Tendrías que irte al monte, Ricardo, a ver si encontrás algún animal que podamos comer. Alguno que no se haya ido de la isla o que no se haya ahogado, algún animal mejor que las víboras o las ratas. Algún  yaguareté debe haber Ricardo, algún  animal de esos que se comió a los lechones. Algo debe haber que puedas cazar.  Por ahora tenemos la gallina para comer. Si para de llover,  en unos días baja el río y con el bote podemos ir al almacén del poblado por comida ¿no?, pero, ¿si la lluvia sigue? ¿Si no para? – dijo Sara.
--Ajá. Ya veremos, Sara, ya veremos. Comeremos ratas o víboras a falta de algo mejor, o a los perros, si es que los encontramos y no se ahogaron. Uno tiene que hacer lo que sea necesario para sobrevivir -contesto Ricardo, sin dejar de afilar la cuchilla.
Sara preparó la última gallina de la mejor manera posible, sin desperdiciar absolutamente nada. Con las patas y la cabeza hizo un caldo, con los menudos una especie de guiso con un poco de arroz viejo y con gorgojos que encontró en el fondo de un tarro. El cuerpo después de hervirlo mucho tiempo, lo trozó  en pedazos lo más pequeños posibles. Así y todo la comida solo alcanzó para tres días, los cuales siguió lloviendo.
El cuarto día, los primos sólo consumieron mate. Sara intentó rescatar la canoa, que la corriente había encallado sobre un recodo del rio, solo para darse cuenta que estaba tan destrozada que llevaría semanas repararla. Ricardo por su parte fue hasta la orilla del rio, donde había clavado la red para pescar, siempre algún pez quedaba atrapado llevado por la correntada, pero no tuvo suerte, esta vez la correntada era tan fuerte que solo encontró troncos  enredados entre los pedazos de red  destrozada. Frustrado volvió a la casa. Se sacó el capote en la galería, pero no las botas. Sara le rezongó por entrar con las botas embarradas a la casa. La lluvia seguía cayendo al mismo ritmo intenso que tuvo toda la semana.   
Seis días más pasaron desde que se comieron la última presa de la gallina. Solo se alimentaban con agua, dormían poco: por el clima y por el hambre y la lluvia seguía cayendo.
Cansada de dar vueltas en la cama sin poder dormir, Sara se levantó mucho antes de que amaneciera el séptimo día. Transpirada salió a la galería  a refrescarse.  Apenas vestida con ropa interior sintió con placer el  aire fresco y húmedo de la noche. En un impulso, agarro el hacha  que siempre dejan en la galería  para cortar leña y  sentada en  uno de los troncos que usaban de banco comenzó a afilarla mecánicamente.  Estaba casi al borde del alero, enfrentada al monte y el agua de la lluvia le mojaba la cara cada vez que el viento remolineaba entre los árboles.  Desde ese lugar,  el rio no se alcanzaba a ver, pero Sara percibía nítidamente el ruido del agua formando una correntada violenta y caudalosa. 
Como a la hora un poco antes de amanecer, apareció Ricardo en la galería. Transpirado a pesar de tener solo una camiseta musculosa y calzoncillo. Se acercó al borde y miró un rato la lluvia que caía cada vez más suave y despacio.  Sara seguía limpiando y afilando el hacha.     
--Parece que no se puede dormir hoy. ¿No, Sara?  -preguntó Ricardo  mientras se acercaba por detrás y deslizaba suavemente  un dedo por la espalda desnuda de la mujer. Sara se estremeció al contacto con la piel de su primo. Un gesto de cariño, aún torpe como ese,  no era  algo habitual en el hombre  que  convivía  con ella hacía más de vente años.  Dejó el hacha sobre el suelo  y dándose vuelta miró a Ricardo. Quizás por la posición en que se encontraba, sentada en un tronco de apenas cuarenta centímetros de altura, la  media luz que  reinaba en el  lugar o la postura de Ricardo, de pie, erguido y recto, mentón alto y mirada a lo lejos,  le pareció mucho más impactante su figura delgada y fibrosa que de costumbre. Sin decir palabra, abrió  las piernas  ofreciendo  lo que él estaba buscando. Ricardo la tomó de la cintura, la puso de pie  y en un movimiento brusco y rápido la hizo girar, poniéndola de espaldas. Haciendo presión con su mano sobre la nuca de Sara, la obligo a bajar la cabeza y que tuviera que apoyar las manos sobre el tronco, Sara levantó la pelvis y el prácticamente le arrancó la bombacha para penetrarla rápida y violentamente. La respiración agitada y un gemido casi gutural fue el  indicio   que su primo había acabado.
Sara se quedó unos segundos con la cabeza apoyada en el tronco, mientras las piernas le temblaban,  por la posición o por el hambre. Ricardo ya se había ido a la cocina, empezaba a amanecer y Sara vio cómo su primo ponía la pava en el fuego y volvía a afilar la cuchilla por centésima vez.  Se limpió el semen que le empezaba a chorrear por los muslos, y sentada en el tronco nuevamente volvió a afilar el hacha. 
Ricardo salió de la cocina. Traía  la cuchilla en la mano. Sara lo miró y empuño más fuerte el hacha que estaba afilando
                   --¿Ahora se te dio por afilar el hacha? Pensás que podes cazar algo – le preguntó Ricardo.
--¿Y por qué no?  Si vos te la pasas afilando la cuchilla para nada.  Si vos no salís a buscar algo de comida, me voy a ocupar yo. Hay que hacer lo que sea para sobrevivir. Eso mismo  decía la tía ¿no?
            --Sí, eso decía, o parecido – contestó Ricardo – mientras caminaba hacia Sara decidido.
La mujer se puso de pie, instintivamente y comenzó a retroceder, pero trastabillo con el tronco para caer de espaldas al suelo, fuera de la galería de la casa. Al barro. Dolorida busco el hacha tanteando mientras veía como su primo empezaba a bajar la escalera hacia ella.    
Sara, tendida en el suelo barroso, boca arriba, vio como las nubes surcaban el cielo  impulsadas por un viento fuerte,  que no se sentía desde la superficie, también vio que el color ya no era gris oscuro como desde hacía mucho tiempo,  sino que empezaba a tener un color celeste claro, y se dio cuenta de que algo extraño pasaba.
              --Dejo de llover  -dijo- Dejo de llover, Ricardo –grito- La temporada de lluvias termino. 
              --Ajá –contesto el primo parado en  el tercer escalón de la escalera de madera, mirando hacia arriba y comprobando que efectivamente había parado de llover.
            –Ahora sí que los animales van a volver, Ricardo, ahora sí, en un día o dos el río baja y  podemos ir a buscar  algo para comer.
           --Ajá – contesto Ricardo y  sin decir nada más se acercó hasta donde estaba caída su prima y le dio la mano para que se levante del suelo.