Oscar R. Ruiz

(en algún lugar tengo que poner y mostrar lo que escribo. Hasta ahora, no encontré uno mejor que éste)

El blog de Oscar Ruiz

28/3/23

El relato del mes : "OTROS MUNDOS" : HUELLA SIN MEMORIA

La vida sería imposible si todo se recordase. El secreto está en saber elegir lo que debe olvidarse. 
Roger Martin du  Gard (1881-1958) Escritor francés. 


 Por alguna extraña razón camino cerca de la costa, para el lado del norte, del vaciadero, buscando un bar abierto. Miro el reloj: las once de la noche. Llevo caminando casi una hora. No entiendo por qué vine para este lado de la ciudad y no fui como todos los años para el sur, que es una zona conocida y tengo registro de los pocos bares abiertos que hay un día como hoy. Si el puto del jefe no me hubiera cambiado el turno y me hubiera dejado laburar como yo quería, como todos los años, no tendría que andar ahora caminando hasta encontrar un lugar abierto para emborracharme y no tener que soportar las boludeces de la gente festejando. Que no, que no es justo, que hace muchos años que trabajás el treinta y uno, que te merecés pasarlo con alguien de tu familia. ¡De tu familia!, me dijo el muy pelotudo. ¡Qué sabe de justicia, ese gil! Al fin veo la luz de un negocio en una esquina un par de cuadras adelante. Parece un café o un bar y está abierto. No tiene una pinta muy agradable pero no es un día como para andar eligiendo lugar, mientras tenga vino y un baño, es suficiente para mí. Entro. Miro el reloj: las once y veinte. Falta poco para la medianoche. Seguramente en un rato las calles se van a llenar de gente contenta y un poco borracha, pero ahora todos estaban con sus familias fingiendo una felicidad desbordante, que no creo que tengan, como si su vida cambiara radicalmente cuando el minutero pase el número doce y comience un nuevo año. La felicidad y una nueva vida a sólo escasos minutos de diferencia. Año nuevo, vida nueva. ¡Pelotudos! Me siento en una mesa, cerca de la ventana que da a la avenida. Afuera la playa solitaria y el mar, adentro el televisor con la música, las imágenes de la gente en algún lugar del primer mundo todos amontonados, esperan-do la cuenta regresiva: Diez. Nueve. Ocho… Mi plan es simple, emborrarme, empaparme en whisky, vino o cerveza y no tener que saludar o desear felicidades a nadie, ni que nadie me los desee a mí. El bar es ideal para mis necesidades y combina perfectamente con mi ánimo. ¿Cómo no lo encontré antes? Un poco lúgubre, un poco viejo, un poco extraño. Sólo hay dos clientes: en un rincón oscuro, una puta vieja, flaca por demás y desahuciada, a la que se le nota que la vida le pasó factu-ras demasiado caras y no pudo pagarlas. Sentado a la mesa de una de las ventanas, un tipo cara regordeta, barbita y patillas largas, con cara de asiático, parecido a Miyagi, el tipo que laburaba en la película de Karate Kid. ¿Era japonés o chino?, bueno no importa, para mí, todos estos tipos son chinos. También está el que supongo será el dueño, detrás del mostrador un canoso de edad indefinida. Tiene lentes tipo culo de botella, y una barba como de tres o cuatro días, aparentemente desprolija, pero nada más alejado de la realidad, sumamente cuidada. Está secando vasos con un trapo mugriento que hace las veces de repasador. Saludo, me busco una mesa tranquila al lado de la ventana y le hago señas con la mano al dueño. El tipo me mira y mientras sigue secando las copas mueve la cabeza levemente hacia atrás levantando la pera, como preguntándome “qué quiere”. Vino, le digo, una botella de tinto, cualquiera. Me dedico tranquilo a tomar mi vino, despacio, metido en mis cosas, mientras el tiempo avanza. Miro el mar de afuera mientras el de adentro se aquieta. Espero, sólo dejo que pasen los minutos y se termine el fin de año. Jamás me gustaron las fiestas, será porque en mi infancia nunca hubo mucho Pan Dulce. De pronto escucho: ―Le molesta si lo invito otra copa de lo que está tomando. Somos muy pocos. Hoy es fin de año y no me gusta estar solo. Si le invito la copa a la señora, por ahí se confunde y piensa que busco otra cosa. Es el viejo con cara de Miyagi, me habla desde su mesa, que está cerca de la mía, me habla como si me conociera. Lo miro, ya estoy acostumbrado a este tipo de pelotudos, pero una copa gratis nunca viene mal, y más cuando estoy decidido a emborracharme. —Si a usted le hace bien, por mí no hay problema --le contesto y le hago señas con la mano al dueño del bar que traiga otra botella y un vaso. Se levanta de su mesa y se acerca a la mía. Empezamos a charlar. Me dice que se llama Esteban. No le creo. Yo le digo que me llamo Ricardo, y no sé si me cree o no. El tipo pregunta sobre mi pasado, mi historia. Le digo muy poco. Yo también pregunto, pero no mucho, la verdad no me interesa la vida o la historia del chino éste, creo que es una cuestión simple de amabilidad porque me pagó la botella de vino. Nunca fui de hablar mucho y menos con gente que no conozco. Es una cuestión de desconfianza, de supervivencia. Los años en el reformatorio me enseñaron que por algo te-nemos dos ojos, dos orejas y una sola boca. El tipo habla y habla, la mayoría de las cosas que dice son boludeces. No le presto mucha atención. Miro el reloj. Doce menos dos minutos. Empezó a escucharse cohetes, bocinas y hasta algún balazo al aire, siempre hay gente con el reloj adelantado. ―En un momento… ―me dice el chino. Entre el ruido de los cohetes y las bocinas anunciando el año nuevo, no entiendo muy bien lo que me dice. En la tele la gente grita una cuenta regresiva hacia el cero. ―…yo puedo aliviarlo. Puedo hacer que termine su tormento ―completó su frase. Lo miro, nunca tuve pelos en la lengua, ni mucha paciencia. Le contesto sin vueltas, como se merece. ―Y usted qué carajo sabe lo que me pasa. Cómo mierda va a aliviar mi dolor, me quiere decir viejo inútil. Se piensa que porque me paga un vino berreta tiene derecho a meterse en mis cosas. El tipo no se inmutó, ni siquiera hizo un gesto de fastidio, de enojo o de molestia. Corrió la silla y se sentó más cerca, a mi lado, y más despacio, casi en un susurro, me dice: ―Yo puedo hacer que ese recuerdo que lo está atormentando se vaya para siempre, que desaparezca. De una vez y para siempre, y en su lugar dejarle otro, el que usted nunca tuvo, el que siempre quiso. El que le gustaría volver a vivir, aunque nunca fue suyo en realidad. ―Por qué no se va a cagar, ―le digo―, y se busca otro para joder. Vá-yase a tirar cohetes como cualquier pelotudo de ésos que andan por ahí. Infeliz. El viejo se levanta de la silla, e insiste antes de irse a su mesa. ―Está bien, como quiera, pero yo puedo darle el recuerdo que usted elija, el que usted no tiene, ni lo tendrá nunca porque no lo vivió, el que le falte o que simplemente desee, y llevarme ése que lo está atormentando. Haga como quiera. Usted se lo pierde. Me parece que el que está mal no soy yo, es usted. Y encima, le gusta. —Mire viejo, No le rompo la cara por eso, porque es viejo, y con mis antecedentes, seguro que me como un flor de garrón por un idiota. Así que déjeme de joder y siga su camino. El asiático me mira con sus ojos rasgados, y antes de irse, me dice: lo voy a estar esperando, hasta el amanecer hay tiempo, y se fue a su mesa. Afuera la noche es un solo ruido de cohetes, el cielo iluminado por cañitas voladoras y globos de papel de esos que se les prende fuego abajo y siempre terminan incendiando algo. Sigo tomando mi vino. Miro el reloj: la una y veinte. El estruendo de los fuegos artificiales se había apagado, y el cielo volvió a estar iluminado sólo por las estrellas y la luna, como siempre, como todas las noches del año. La vieja puta está dormida sobre la mesa, quizás soñando con algún cliente añorado, el dueño sigue limpiando y secando los vasos y el chino sigue inmóvil mirándome, con la copa a medio llenar, a medio tomar. Me tomo la última copa de la botella de vino que me pagó el chino. La que pague yo se terminó hace rato. De pronto, quizás por el vino, me levanto de la silla como si me quemara el culo, como si tuviera un resorte, como dominado por un impulso de mierda y lo encaro al hombre. ─Ya que está tan seguro y sabe tanto, ¿a ver? Diga, dígame que recuerdo me sacaría. A ver, diga jefe. ―No amigo, no se confunda, ¿puedo decirle amigo, no? Mire, yo no le saco nada, usted es el que me lo da, bah, en realidad me lo vende o me lo canjea. El recuerdo que usted elija, el que usted quiera. Con su vida, debe tener bastantes que valen la pena sacarlos, borrarlos para siempre de su mente, y le puedo asegurar que hay gente que está muy deseosa de tener aventuras y nunca se animó ni siquiera a robar caramelos de un kiosco cuando era chico, ni hablemos de algo más importante como matar a alguien por ejemplo. ―Usted está totalmente loco, pero es cosa suya. A ver ¿cuánto me paga? ¿Qué me da a cambio de mi recuerdo? ―Mire Ricardo, esta noche por ser la primera del año estoy generoso ―me dice el chino y los ojos rasgados le brillan de una manera especial mientras sus pupilas se expanden al máximo, captando la poca luz del lugar ―Estoy casi seguro que sus recuerdos pueden valer la pena. Le ofrezco algo que no lo hago con nadie. Le doy dos por uno. Usted me da un recuerdo, cualquiera, el que más le moleste. El más doloroso, el que más odie de todos, y yo se lo saco definitivamente de su mente, de su vida. A cambio le pongo dos de los que usted quiera y no tenga. Un almuerzo de familia un domingo. Un partido de fútbol en la cancha con su papá. El olor de su ma-dre y el calor de sus abrazos. La primera vez que se enamoró. O el primer polvo, el primer beso. Lo que usted quiera, lo que me pida. Va a ser suyo y lo tendrá para siempre. Para saborearlo cada vez que quiera. ¿Qué me dice, no lo tienta la oferta? Mire, le doy una muestra gratis, sin cargo. De pronto el bar se llena de olor a tuco casero, y en un rincón una mujer bastante mayor, canosa con un delantal cuadrillé rojo y blanco tira harina sobre una mesa de madera. Al costado tiene varios bollos de masa tapados con un repasador blanco y con un palote de amasar estira uno de los bollos. Sobre una cocina grande en una vieja olla esmaltada, color verde un tuco con salchichas carniceras, gorgotea y llena todo el bar con el olor a comino, tomate recién cortado y laurel fresco. Aspiré hasta que mis pulmones estuvieron a punto de reventar. Nunca sentí un olor tan rico como ése. En pocos minutos la imagen y el olor se fueron. ― ¿y, qué le parece? ―me pregunta el chino. No pude contestarle. Todavía estoy disfrutando del olor y de esa visión que nunca viví, algo por lo que había envidiado a más de un amigo. ― ¿y, Ricardo, qué le parece? ―volvió a preguntarme el chino. ― Yo nunca tuve un domingo de ravioles y tuco caseros ―–le contesté. ―Sí, me lo imaginaba, pero ya es tiempo que lo tenga, ¿por qué no? Usted también tiene derecho a ese recuerdo, más aún, le puedo dar el mejor de todos, los mejores olores. Esos domingos ideales, que sólo aparecen en las propagandas de televisión o en los recuerdos que el tiempo esmeriló y le sacó todas las asperezas. La mesa grande. La abuela haciendo el tuco, los viejos contentos hablando, tomándose un Gancia, en la picada de las once de la mañana. Y si quiero se lo pongo todo debajo de una glorieta para que sea mejor, hasta le pongo la música de fondo que quiera. ¿Qué me dice? ―Que me gusta. ―Bueno, entonces dígame qué recuerdo suyo me daría a cambio ―No sé qué quiere, tengo varios que me gustaría sacármelos de encima. ―Lo más tenebroso que tenga, el morbo siempre vende bien, pero que sea auténtico. ―Le puedo dar mi primera noche en el instituto de menores cuando tenía ocho años. Tenía miedo. ―¿No tiene algo un poco más fuerte? Un robo importante, una muerte, una violación por ejemplo. ―Puede ser que tenga, quizás. Pero si lo tuviera no sé si se le daría alguno de esos recuerdos. Me recordarían lo que soy y de eso no quiero olvidarme. El chino no saca sus ojos de los míos. La luz de la calle iluminada con los carteles de neón y alguna cañita voladora atrasada le da un reflejo especial a sus ojos rasgados. Está callado unos segundos y luego me dice mientras estira la mano para darme un apretón : ―Bueno, cerremos trato entonces. Yo nunca me voy con las manos vacías cuando empiezo un negocio. ―Así nomás ―le pregunto. ―Sí, así nomás, entre caballeros la palabra vale. ¿Qué esperaba Ricardo? , firmar con sangre como las películas. Yo soy un comerciante, simplemente compro y vendo. La única diferencia es que mi mercadería es muy especial, nada más. Cerremos el negocio; dígame qué quiere y que me da. ―Quiero un domingo completo, fideos caseros con tuco, un patio con sol y plantas y después mi viejo que me lleva al estadio a ver por primera vez el clásico. Y también quiero una noche de tormenta con muchos rayos, y mi vieja que me viene a buscar a la cama porque soy muy chiquito y estoy muy asustado y se queda conmigo cantándome una canción, y también quiero un abrazo de mi vieja pero de ésos que no se olvidan, y… y… un beso de amor, éso, el primer beso, con una chica que me quiera de verdad en una plaza de barrio una noche de verano, y también un… ―Espere Ricardo. Le dije dos. Nada más. Tiene que elegir, Es así el negocio. ―Es difícil. ―Sí, ya sé que es difícil, pero es así. Sólo dos, no hay más por este año. Si nos volvemos a cruzar tendrá otra oportunidad. Lo pienso un poco y me decido. ―Bueno está bien. Deme a una abuela amasando y haciendo tuco para los fideos del domingo y un primer beso, pero que sea de amor verdadero. ―Delo por hecho. No hay problema con eso. Ahora usted. Muéstreme qué tiene, qué quiere que me lleve. ―No sé, qué quiere, tengo casi de todo. En el instituto de menores uno aprende casi de todo, desde robar hasta clavar una faca sin que lo vean, o si prefiere algo un poco más picante le puedo dar la primera vez que nos culeamos entre todos al tarado en el baño del instituto. También tengo algunos años en el penal de Batán. ¿Qué quiere? ―No, de esos recuerdos tengo varios y parecidos. Algo más, como le diría, algo que sea más suyo. Algo único. Muéstreme que tiene. Yo sé que tiene más. Yo lo sé, pero es usted el que me lo tiene que dar. ―No sé a qué se refiere, qué es lo que quiere. ―Sí que sabe, haga un esfuerzo y busque. Busque un poco más dentro suyo. Busque, busque, vaya para atrás. ―¿Para atrás? No lo entiendo, no sé qué quiere. El chino me mira sin pestañear, tratando de ver el fondo de mis ojos mientras los suyos se convierten en una raya brillante, iluminados por las luces de los cohetes. ―Mire amigo, se lo voy a decir directamente. Quiero que me dé el frío de la mano de su madre. Su madre en la camilla del hospital. Muerta. Cagada a palos por uno de esos tipos cualquiera. Ese quiero. Ese es único, solo suyo. Tráigalo a su mente, recuérdelo y me lo da. ―No, ése no. Por qué quiere ése ―le digo, casi balbuceando. ―Porque es genuino, es único, Ese es suyo solamente, ya se lo dije, yo busco cosas que otros no tienen. ―No, ése no se lo doy. Elija cualquier otro, le doy dos yo también, cual-quier otro – le contesto convirtiéndome en un improvisado negociador. El chino, baja la vista, mira el suelo, piensa un rato, después me mira. ―Bueno. Hecho. Ya le dije que nunca me voy con las manos vacías, nunca dejo un negocio sin terminar. Piense, cierre los ojos, recuerde. Yo hago el resto. Le hice caso. Pasaron unos pocos minutos, se levantó de la silla y se despidió de mí con una leve inclinación de su cabeza. De pie y antes de salir me dice: No se preocupe por el vino. La cuenta está pagada. Gracias y que tenga un buen año. Lo veo salir hacia la avenida caminando despacio y sin hacer ruido. Está comenzando a amanecer. Yo también me levanto y me voy del bar. Me siento un poco borracho. Fue una noche larga, y rara, pienso mientras me abrocho el cuello de la camisa para protegerme de la bruma húmeda del amanecer. En la calle restos de papeles de cohetes, de cañitas voladoras, y botellas de sidra en la vereda me dicen que empezó un año nuevo. Mientras camino hacia mi casa, tranquilo, bordeando la costa silbo bajito los compases de “Niebla del riachuelo”. El aire fresco del amanecer y el olor a salitre comienzan a hacer desaparecer mi borrachera, de pronto y sin motivo alguno me acuerdo de mi abuela cocinando el tuco de los domingos, amasando los fideos, y el recuerdo de ese olor me reconforta. Pienso en mi vieja, pero por una extraña razón que no alcanzo a comprender, su cara se desdibuja, por más que lo intento el recuerdo se va, no aparece, no puedo acordarme de ella.

14/3/23

De regreso

Me reencontré hace un par de días  con mi blog, de casualidad, sin buscarlo ni desearlo, pero como creo en las señales y no en las casualidades, acá estoy nuevamente. 

La ultima vez que subi algo fue en el año 2017, demasiado tiempo y acontecimientos hemos pasado todos, como para que no deje algun registro de este tiempo. 

Hay bastante material inedito que deberia haber terminado impreso en alguna hoja de papel de un libro, pero se resistio y vera la luz  en una pantalla a la brevedad. 

Volveremos con el cuento del mes y una que otra reflexion, modesta, catarsica, dolorosa seguramente, al menos para mi : Todo es igual pero mas decadente. Argentina  es el dia de la marmota pero en un tobogan. El  gobierno kirchnerista no pasa desapercibido

Nos estamos escribiendo

Abrazos 

10/4/17

TEMPORADA DE LLUVIAS

TEMPORADA DE LLUVIAS  
Sara,  parada frente a la ventana empañada de la cocina, miraba hacia el monte. El cielo seguía encapotado y la lluvia continuaba cayendo de manera lenta y pausada. El precario muelle había sido tragado por el rio, que en su crecida penetró varios metros hacia el continente firme. Las  ramas de eucaliptus que el viento había derribado  obstruían de una manera caprichosa el camino. Algunos árboles estaban ladeados;  clara muestra de que las raíces cuando el suelo está por demás blando, no tienen agarre, ni soportan el peso de las hojas mojadas.
Fuera de la casa - una típica construcción edificada sobre pilotes que la separaban del suelo casi medio metro -  todo era barro y agua. El piso de  madera de la galería abierta que abarcaba todo el frente de la casa estaba lleno de hongos por tanta agua que había absorbido.
Sara sacó el pedacito de ladrillo  que siempre lleva en el bolsillo del delantal y cruzó con un solo trazo  horizontal  las cinco barras verticales, dibujadas en la pared  al lado de la ventana. Trazó  una nueva barra vertical  y contó. Siete grupos de cinco barras verticales  cruzadas con una horizontal y una barra sola.  Treinta y seis, murmuró. 
--¿Qué? -preguntó Ricardo, que estaba sentado cerca de la cocina económica afilando una cuchilla. 
|       --Treinta y seis  --volvió a decir Sara.
Ricardo dejó sobre la mesada la cuchilla, agrego un par de leños a la cocina económica, se dio vuelta y la miró, en un gesto claro que exigía una explicación.
--Que hace treinta y seis días que llueve. Nunca duró tanto la temporada de lluvias en la isla.
--Ajá –dijo Ricardo. Sara continuó
--Bueno, no, en realidad ahora me acuerdo que la tía contaba cada tanto que un año acá llovieron más de cien días sin parar. 
--Ciento doce. Eso fue en el año de la hambruna --dijo Ricardo
--Si eso, el año de la hambruna, eso mismo. Así le decía la tía. Contaba que ni raíces había para comer. ¿Cuándo fue eso, Ricardo? ¿Vos te acordás?
--En el setenta y nueve. No hacía un año que el viejo había muerto.
--Yo era muy chiquita, cuando mama se vino a la isla. Casi recién nacida. Vos era más grandecito, tendrías nueve o diez.
--Diez.
--No sé porque mamá se quedó acá, y no se volvió al pueblo. La tía nunca me conto eso.
--Vino al velorio de papá,  era el  hermano, como no iba a venir. Después, empezó la lluvia y no pudo volver - contestó Ricardo, y agregó -  ¿y cuándo te contó eso mi vieja?
--¿Qué cosa?
--Lo de la hambruna.
--Ah, No sé. No me acuerdo -dijo Sara– cuando estábamos en la cocina, que se yo. Cuando yo le preguntaba por mamá, cómo era, cómo había muerto. Esas cosas. La tía hablaba poco; Como vos. Cuñada le decía
--¿Y qué te decía?
--Poco, muy poco. Cuñada se ahogó, decía, cuñada se ahogó, eso me decía. Parece que salió en la tormenta a buscar las redes en el rio, perdió pie o resbalo en la barranca, y el rio se la llevo vaya a saber adónde porque ni el cuerpo encontraron.  Después de eso construyeron el  muelle.  A la tía no le gustaba mucho hablar de  mi mamá. La temporada de lluvias es una mierda, ni dormir se puede de lo pegajoso y caliente que esta todo.
--Uno tiene que hacer lo que sea necesario para sobrevivir, decía mi vieja –dijo Ricardo,  terminando de afilar la cuchilla y poniéndosela en la cintura    
– Poné el agua a hervir, voy a buscar una gallina, hace semanas que ya no pone huevos.  
Sara agregó unos leños a la cocina económica y puso encima una olla grande y tiznada, con agua hasta la mitad. Ricardo se puso un capote para lluvia que estaba colgado en un gancho sobre la pared de la galería, al reparo y secándose  y se calzó un par de botas viejas, de goma. La prima asomó la cabeza por la puerta de la cocina para decirle que cuando vuelva no entre con las botas embarradas a la casa. Ricardo no contestó y salió para el lado del río, donde estaban el gallinero, un pequeño galpón y dos corrales vacíos. 
A Ricardo no le costó mucho trabajo agarrar  la gallina. El animal  estaba quieto y apichonado sobre el palo más alto del gallinero. Hacía días que no comía nada y estaba empapada y llena de barro.  La puso debajo de la axila izquierda apretándola para que no escape. Le levantó las alas cruzándolas y  tirándolas para atrás de manera que queden trabadas con su brazo, después le tiró la cabeza para atrás, le apoyó el dedo pulgar en el pico para sujetar la cabeza y que el cuello del animal quede despejado y a la vista. Con la cuchilla en la mano derecha, de un solo corte certero  le abrió el cogote. Antes de tirarla al suelo, volvió a pasar la cuchilla por el corte para agrandar el tajo. Tomo fuertemente  a la gallina de las dos patas  y la puso  cabeza para abajo hasta que dejó de chorrear sangre  y dar estertores. Por ultimo recogió la cuchilla y volvió a la casa.         
–Tomá, pelala y hacete algo – Le dijo a su prima estirando el brazo y entregándole la gallina.
Sara, con repulsión, metió al animal en el agua hirviendo y empezó a pelarla.
--Ya deberías haber aprendido a matar gallinas –dijo Ricardo.
--No puedo. La sangre me descompone. No puedo matar ningún bicho –contestó la prima – ya lo sabes.
--Si lo sé, pero uno tiene que hacer lo que sea necesario para sobrevivir, acordate  –dijo Ricardo, mientras limpiaba la sangre de la cuchilla y volvía a afilarla. 
--Falta leña seca --dijo Sara
--Eso podés hacerlo vos, los árboles no tienen sangre  –le contestó el  primo.   
Esta vez fue Sara la que salió a la galería para ponerse el capote y las botas de goma. Fue hasta el galpón, lleno una carretilla vieja con troncos húmedos y empapados, la levantó  y sopesó el peso de la carga que tenía que llevar. Le pareció mucho y sacó un par de troncos para alivianar el peso, sabiendo que no le iba a ser fácil arrastrar por el barro la carretilla cargada.
Con esfuerzo llegó hasta la casa. Descargó  los troncos y los puso en la galería, al reparo. Metió unos cuantos debajo de  la cocina económica para que el calor los vaya secando. Al poco rato nomás los troncos empezaron a humear. Ricardo seguía afilando la cuchilla. Había trozado la gallina para ponerla a cocinar.
--El camino está bastante cortado. Hay muchas ramas caídas –dijo Sara -  y el río está por demás crecido. ¿Cuántas gallinas nos quedan?
--Ninguna. Esta fue la última  -le contestó Ricardo.
Sara no habló,  por un momento evalúo la situación,  calculó cuanto podía durar la comida, si la administraba bien. Si al menos tuviera alguna papa o alguna verdura para agregar, haría un puchero más o menos decente, pensó, mientras  maldecía  a la lluvia, después dijo.
--La gallina va a durar como mucho cuatro o cinco días si la retaceamos y la estiramos. Tendrías que irte al monte, Ricardo, a ver si encontrás algún animal que podamos comer. Alguno que no se haya ido de la isla o que no se haya ahogado, algún animal mejor que las víboras o las ratas. Algún  yaguareté debe haber Ricardo, algún  animal de esos que se comió a los lechones. Algo debe haber que puedas cazar.  Por ahora tenemos la gallina para comer. Si para de llover,  en unos días baja el río y con el bote podemos ir al almacén del poblado por comida ¿no?, pero, ¿si la lluvia sigue? ¿Si no para? – dijo Sara.
--Ajá. Ya veremos, Sara, ya veremos. Comeremos ratas o víboras a falta de algo mejor, o a los perros, si es que los encontramos y no se ahogaron. Uno tiene que hacer lo que sea necesario para sobrevivir -contesto Ricardo, sin dejar de afilar la cuchilla.
Sara preparó la última gallina de la mejor manera posible, sin desperdiciar absolutamente nada. Con las patas y la cabeza hizo un caldo, con los menudos una especie de guiso con un poco de arroz viejo y con gorgojos que encontró en el fondo de un tarro. El cuerpo después de hervirlo mucho tiempo, lo trozó  en pedazos lo más pequeños posibles. Así y todo la comida solo alcanzó para tres días, los cuales siguió lloviendo.
El cuarto día, los primos sólo consumieron mate. Sara intentó rescatar la canoa, que la corriente había encallado sobre un recodo del rio, solo para darse cuenta que estaba tan destrozada que llevaría semanas repararla. Ricardo por su parte fue hasta la orilla del rio, donde había clavado la red para pescar, siempre algún pez quedaba atrapado llevado por la correntada, pero no tuvo suerte, esta vez la correntada era tan fuerte que solo encontró troncos  enredados entre los pedazos de red  destrozada. Frustrado volvió a la casa. Se sacó el capote en la galería, pero no las botas. Sara le rezongó por entrar con las botas embarradas a la casa. La lluvia seguía cayendo al mismo ritmo intenso que tuvo toda la semana.   
Seis días más pasaron desde que se comieron la última presa de la gallina. Solo se alimentaban con agua, dormían poco: por el clima y por el hambre y la lluvia seguía cayendo.
Cansada de dar vueltas en la cama sin poder dormir, Sara se levantó mucho antes de que amaneciera el séptimo día. Transpirada salió a la galería  a refrescarse.  Apenas vestida con ropa interior sintió con placer el  aire fresco y húmedo de la noche. En un impulso, agarro el hacha  que siempre dejan en la galería  para cortar leña y  sentada en  uno de los troncos que usaban de banco comenzó a afilarla mecánicamente.  Estaba casi al borde del alero, enfrentada al monte y el agua de la lluvia le mojaba la cara cada vez que el viento remolineaba entre los árboles.  Desde ese lugar,  el rio no se alcanzaba a ver, pero Sara percibía nítidamente el ruido del agua formando una correntada violenta y caudalosa. 
Como a la hora un poco antes de amanecer, apareció Ricardo en la galería. Transpirado a pesar de tener solo una camiseta musculosa y calzoncillo. Se acercó al borde y miró un rato la lluvia que caía cada vez más suave y despacio.  Sara seguía limpiando y afilando el hacha.     
--Parece que no se puede dormir hoy. ¿No, Sara?  -preguntó Ricardo  mientras se acercaba por detrás y deslizaba suavemente  un dedo por la espalda desnuda de la mujer. Sara se estremeció al contacto con la piel de su primo. Un gesto de cariño, aún torpe como ese,  no era  algo habitual en el hombre  que  convivía  con ella hacía más de vente años.  Dejó el hacha sobre el suelo  y dándose vuelta miró a Ricardo. Quizás por la posición en que se encontraba, sentada en un tronco de apenas cuarenta centímetros de altura, la  media luz que  reinaba en el  lugar o la postura de Ricardo, de pie, erguido y recto, mentón alto y mirada a lo lejos,  le pareció mucho más impactante su figura delgada y fibrosa que de costumbre. Sin decir palabra, abrió  las piernas  ofreciendo  lo que él estaba buscando. Ricardo la tomó de la cintura, la puso de pie  y en un movimiento brusco y rápido la hizo girar, poniéndola de espaldas. Haciendo presión con su mano sobre la nuca de Sara, la obligo a bajar la cabeza y que tuviera que apoyar las manos sobre el tronco, Sara levantó la pelvis y el prácticamente le arrancó la bombacha para penetrarla rápida y violentamente. La respiración agitada y un gemido casi gutural fue el  indicio   que su primo había acabado.
Sara se quedó unos segundos con la cabeza apoyada en el tronco, mientras las piernas le temblaban,  por la posición o por el hambre. Ricardo ya se había ido a la cocina, empezaba a amanecer y Sara vio cómo su primo ponía la pava en el fuego y volvía a afilar la cuchilla por centésima vez.  Se limpió el semen que le empezaba a chorrear por los muslos, y sentada en el tronco nuevamente volvió a afilar el hacha. 
Ricardo salió de la cocina. Traía  la cuchilla en la mano. Sara lo miró y empuño más fuerte el hacha que estaba afilando
                   --¿Ahora se te dio por afilar el hacha? Pensás que podes cazar algo – le preguntó Ricardo.
--¿Y por qué no?  Si vos te la pasas afilando la cuchilla para nada.  Si vos no salís a buscar algo de comida, me voy a ocupar yo. Hay que hacer lo que sea para sobrevivir. Eso mismo  decía la tía ¿no?
            --Sí, eso decía, o parecido – contestó Ricardo – mientras caminaba hacia Sara decidido.
La mujer se puso de pie, instintivamente y comenzó a retroceder, pero trastabillo con el tronco para caer de espaldas al suelo, fuera de la galería de la casa. Al barro. Dolorida busco el hacha tanteando mientras veía como su primo empezaba a bajar la escalera hacia ella.    
Sara, tendida en el suelo barroso, boca arriba, vio como las nubes surcaban el cielo  impulsadas por un viento fuerte,  que no se sentía desde la superficie, también vio que el color ya no era gris oscuro como desde hacía mucho tiempo,  sino que empezaba a tener un color celeste claro, y se dio cuenta de que algo extraño pasaba.
              --Dejo de llover  -dijo- Dejo de llover, Ricardo –grito- La temporada de lluvias termino. 
              --Ajá –contesto el primo parado en  el tercer escalón de la escalera de madera, mirando hacia arriba y comprobando que efectivamente había parado de llover.
            –Ahora sí que los animales van a volver, Ricardo, ahora sí, en un día o dos el río baja y  podemos ir a buscar  algo para comer.
           --Ajá – contesto Ricardo y  sin decir nada más se acercó hasta donde estaba caída su prima y le dio la mano para que se levante del suelo.


30/5/16

Mar del Plata y el día de la marmota

En Julio del 2012 colgué de este mismo blog el relato Gracias al Viento, escrito unos meses antes .  Hoy,  sigue describiendo una realidad de nuestra ciudad, en lugar de ser una historia de ficción, que es lo que debería ser.  Mar del Plata eterna,  atemporal, inmutable, reiterativa, como una mala version de la película "El dia de la marmota"  En la película , al menos Bill Murray generaba todos los dias una pequeña corrección para romper el hechizo maldito de empezar todos los dias el mismo dia. Acá seguimos inundando ranchos, y evacuando gente, año tras año .  

24/7/12


GRACIAS AL VIENTO




 A pesar de los gritos que pego la Matilde, poco, muy poco, es lo que pudo entender Alberto. El sueño pesado por el cansancio y el vino barato,  no dejan mucha alternativa. Muy poco, apenas algunas  frases como ¡Se nos viene el viento! Los chicos Alberto  ¡ Agarrá los chicos! .
 Eso sí, cuando una ráfaga huracanada se les llevó la mitad de la casilla, el frÍo y la lluvia sumado al vozarrón de ella,  fue  suficiente para despabilarlo.
Aunque el viento hubiese sido más débil, el chaperio no hubiera resistido. Estaba agarrado apenas con algunos clavos oxidados,  y los tirantes  podridos no ofrecían ninguna resistencia. Igual que ellos.  Pero esta noche el viento no es más débil, esta noche es más bravo que otras noches, como que no descansa. Se las agarra  con las chapas, las levanta bien alto, las  deja caer y que se doblen todas, sin esfuerzo, jugando. Como qué dejo de ser nuestro  amigo.
En la oscuridad, la Matilde con ordenes cortas , organiza la retirada del rancho. Alberto lo saca en brazos a Jonathan,  la Matilde se carga  a Brian, el más chiquito y a Mati se lo lleva la Julieta.
¡Dale Alberto dale!  — grita la Matilde —  La puta madre, te dije antes de prender el brasero que el viento  iba a hacer desbordar el arroyo.
Tenía razón, más de cuatro  horas de lluvia y viento del sur, hicieron su trabajo.
La porquería de las fábricas y la mierda de las cloacas se mezcla con  la tierra. Puro barro. Resbaloso y difícil para estar en pie. El viento no amaina . Sacude las ramas de los  sauces de una manera que dá miedo.
Los dos  llevan los chicos a un claro lejos del bajo, cerca de la ruta, después vuelven  al rancho a tratar de sacar algunas cosas.  Alberto agarra su bicicleta, dos almohadas y algo de ropa. La Matilde sale con una bolsa con pan y las frazadas. Todo lo demás es ofrenda  para el viento o la correntada.  
En un rato nos juntamos unos cincuenta, iguales, mojados y  asustados, somos como una masa sin rostro ni nombre. Sombras. Sombras surcadas por el viento.  Ese viento que siempre fue  amigo, que se llevaba los olores de la quema, o enfriaba las chapas del rancho en enero. Hasta hoy. Esta noche nos castigó como nunca, desconociéndonos.
Ninguno habla. No hay qué decir.  Esperamos, con los pocos cacharros que rescatamos,  los camiones de Defensa Civil o de la Muni.  Desde acá, podemos ver,  a duras penas,  como el agua entra en el rancherío y saca los colchones al barro. Cuando volvamos  los pongo a secar, me dice Alberto, por ahí si tenemos suerte Servicios Sociales nos dá alguno  nuevo.  El frio  nos pega duro. Mojados peor.
La ciudad  anda con ganas de amanecer. Desde la ruta se ve clarito como se  apagan las luces. Primero,  llega la tele, pero nadie se baja del auto,  hasta que no llegan los funcionarios de la Muni.  Antes de dejarnos subir al camión, eligen al viejo Suarez, a Yesica y los pibes para filmarlos y sacarles fotos para el diario. Todos ellos con capas y botas Pampero, nuevitas. Amarillo rabioso. Los demás, marrón tierra empapada.
Después de esperar un rato,  arrancamos para el Estadio, o algún colegio grande. ¡Que importa dónde vamos si cualquier lugar es mejor que este!  Esta noche Alberto y los suyos van a comer y dormir calientes. Gracias al viento. Y eso no es tan malo