Creo que la educación no está ni estuvo en los últimos– al menos - treinta años, en la agenda real de las prioridades nacionales. A pesar de los discursos grandilocuentes, los presupuestos generosos o no, nuestro país viene en caída flagrante en ese tema, una caída de la cual ningún gobierno puede hacerse el distraído. Año tras años nos encaramamos en la búsqueda del primer puesto de los índices catastróficos. Más deserción, Menos egresados en relación a los que empiezan el ciclo. Bajos Índices de comprensión de textos, permanente migración de alumnos del sistema público al privado, que sería aun mayor si las condiciones económicas del pueblo argentino fuesen mejores. Desinterés de los padres en el proceso de aprendizaje de sus hijos. Y pérdida de respeto hacia los encargados de llevar a cabo ese proceso educativo. Confusión de roles, pérdida de rumbo y algunos etcétera mas. A veces creo que el sistema no colapsa por los miles de maestras y maestros que con vocación genuina y sacrificio siguen apostando al futuro de los pibes. Algunos años, hasta que se cansan, hasta que el agobio los supera, hasta que la frustración laboral se impone. Y si entendemos por educación además de conocimientos técnicos o académicos, un conjunto de valores, un patrimonio común de historia, costumbres, tradiciones de un pueblo, bueno, entonces estamos peor.
La que provoca una verdadera revolución, generadora genuina de movilidad social ascendente mas allá de la económica , causante de una mejor convivencia social es sin duda la Educación .Seria una simplificación imperdonable pensar que los gobernantes que nos merecimos soportar en un acto de maldad absoluta y maquiavélica perpetuidad del status quo político argentino, privan a la gente de aprender, de educarse de instruirse, de aumentar su capacidad de pensar , Seguramente habrá voces más capacitadas que las mías que dirán que las causas del deterioro son más profundas y complejas . Esto es apenas una breve exposición de síntomas. Seguramente no corregiré el problema, pero lo que sí puedo hacer es votar y promover a los políticos que creo ponen a la educación en un peldaño un poco más alto que otros asuntos que nos aquejan. Importantes , si, pero no fundamentales.
Escribimos y materializamos los pensamientos en palabras. Transformamos lo abstracto en material, lo fantástico en creíble. Nos desapegamos de nuestros sentimientos. Pero, ¿es para siempre?
Oscar R. Ruiz
(en algún lugar tengo que poner y mostrar lo que escribo. Hasta ahora, no encontré uno mejor que éste)
El blog de Oscar Ruiz
El blog de Oscar Ruiz
26/6/15
2/4/15
a 33 años de Malvinas
Hay fechas que duelen, que cuestan entender, que no se pueden olvidar de ninguna manera. Como esta. Porque cientos de pibes con toda un vida por delante, fueron llevados por unos delirantes hijos de puta a una guerra sin sentido. Los que pudieron volver quedaron marcados para siempre por lo que vivieron, tratando de reconstruir sus vidas como pueden. Otros, demasiados, ni siquiera tuvieron esa opción y quedaron en las islas . Esos pibes son los verdaderos héroes , los que nunca deberíamos olvidar. Mi pequeño y humilde homenaje para ellos, este dos de abril.
¡Alto! ¿Quién vive?
¡Alto! ¿Quién vive?
Me levanto del catre
apenas un par de horas después de acostarme, total da exactamente lo mismo que
esté de pie o acostado. Me pongo los
borceguíes. Aún están un poco húmedos,
si tuviera papel de diario seco le haría unas plantillas, como me hacía mi
vieja cuando era chico y venía con los pies mojados de jugar, pero acá no tenemos
diarios secos; ni siquiera tenemos diarios.
Cierro la chaqueta verde oliva y me cruzo la bufanda sobre el cuello. Tomo mi FAL. Salgo a la
tundra helada. El viento del oeste no da respiro, como todos los días y trae
desde el estrecho San Carlos esa bruma fría que moja todo. Agudizo la mirada a través de
la niebla. No se ve ninguna luz a lo lejos, del otro lado del estrecho San
Carlos con dirección a Puerto Darwin o hacia el este, hacia Puerto Stanley.
Comienzo mi recorrida
por el lado este, el de la entrada, como siempre, como corresponde a un militar.
Actitudes previsibles, repetitivas, constantes. Mi tropa debe saber a qué
atenerse, no puedo dejar que la moral de los soldados se venga abajo, y una
forma de hacerlo es que sepan a qué atenerse.
Camino por los
pasillos de tundra, evito pisar los canteros con grava y las placas de mármol
negro del suelo, también trato de no hacer demasiado ruido, para no molestar a
los conscriptos, aunque es un poco innecesario porque la mayoría están alertas en
sus puestos; esperando. En cuclillas, acurrucados; con la mirada perdida en los
huecos de los obuses, o hipnotizados con la traza brillante de alguna bala que
hace tiempo cayó. O quizás estén hablando entre ellos de sus cosas, de sus
heridas, recordando sus terruños allá en
el continente, ahora que están atrapados aquí a miles de kilómetros de ese
lugar, de sus hogares y vidas cotidianas.
Casi todos los que aún
estamos en este lugar de la isla, mantenemos una vigilia tensa. Otros, con más suerte que mis soldados, ya descansan mejor.
El ruido de mis pasos
despabila al conscripto que está de guardia, apoyado sobre la empalizada
pequeña de tres maderas, que delimita el
lugar donde nos encontramos todos. Está
mirando hacia el estrecho y no me ve llegar. Se sobresalta, levanta el
fusil y lo amartilla, apuntando hacia la
negrura que se le presenta adelante, mientas grita la voz de alto.
--Alto, ¿quién
vive?
--Cabo Arévalo, conscripto. Descanse nomás – le digo.
--Disculpe mi cabo,
no me di cuenta, no fue una noche fácil.
--Ya debería haberse acostumbrado,
conscripto, hace tiempo que estamos acá – le digo – Aguante que falta poco para
que termine su turno, vuelva a su posición.
Ahora me dirijo hacia
el lado oeste donde está la cruz blanca,
el pequeño altar de mármol negro y la imagen de la Virgen de Luján. Rozo sin
querer un crucifijo puesto sobre la tumba de Alberto Ludueña. El viento gélido que
baja por la colina, delante de las montañas, me obliga a levantarme la solapa
de la chaqueta. Me doy un poco de calor a las manos con el aliento. Falta menos
de una hora para que termine el turno de imaginaria.
--Alto, ¿quién
vive? - grita el conscripto que hace la
guardia parapetado tras el altar.
--Cabo Arévalo, descanse conscripto y deme el parte
– contesto.
--Sin novedad en el frente,
mi cabo – me contesta el conscripto con
una tonada cordobesa inconfundible.
Meto la mano en mi
chaqueta y saco un atado de cigarrillos para prender uno, cubro la llama con la
mano, no quiero que el reflejo de la luz sea tan fuerte; enciendo el cigarrillo
y después lo meto dado vuelta en el
hueco de mi mano para que la brasa se oculte la más posible. Le ofrezco el
paquete al soldado.
--¿Fuma, conscripto?
--Sí, gracias, cabo Arévalo.
Saca con dificultad un cigarrillo del
paquete que le ofrezco, por los guantes húmedos y los dedos agarrotados. Espero
que lo prenda y le pegue un par de pitadas
en silencio. Después le digo.
--¿Cuánto
tiempo hace que está bajo mi mando, soldado?
El soldado me mira extrañado, sin
entender mucho mi pregunta ni hacia donde voy
--Muchos años, señor
– me contesta.
--Le voy a confiar
una tarea importante conscripto, creo que ya está para que le dé otras responsabilidades.
--Sí, mi cabo, lo que
ordene -me dice.
--Se va de misión y
se lo lleva al correntino con usted. Traten de llegar lo más cerca posible de
Puerto Stanley, a ver si divisa algún indicio del enemigo.
Busque dos voluntarios más entre los muchachos
del ala norte, los que estén en mejores condiciones. Quizás hasta puede conseguir
alguna información del civil, ya debería haber venido el mes pasado a pintar
las cruces. Me informa cuando regrese.
--Hace mucho tiempo que no
se acerca nadie por acá, cabo Arévalo –me dice.
--Sí, lo sé,
conscripto, pero igual tenemos que seguir vigilando, no podemos darle
tregua a estos putos ingleses. Tenemos ciento
veintiún compañeros más que cuidar,
además de nosotros mismos. ¿Mantiene su fusil en condiciones, conscripto?
--Sí ,señor. Lo limpio y pongo a punto todos los días. Señor,
¿me permite hacerle una pregunta?
Lo miro, tratando de
encontrar algún reflejo en sus ojos inexpresivos.
--Dígame, conscripto.
--Hay rumores que la
guerra terminó, cabo Arévalo. Hace ya mucho tiempo.
--¿Quién dijo eso, soldado?
--Lo comentó el conscripto
Zabala, cabo, cuando lo trajeron desde puerto Stanley, un poco antes de irse.
--Son mentiras del
enemigo´, conscripto, rumores que
infiltran entre la tropa para desmoralizarnos, pero no van a lograrlo. Usted
manténgase firme, soldado.
--Lo que pasa es que
estoy cansado, mi cabo. Usted podría haberse ido de aquí, sin embargo se quedó,
¿por qué no se fue cuando pudo? ¿Por qué no se fue como hicieron los otros, casi
la mitad de todos los que estábamos acá?
--Porque mi misión no
terminó aún, porque todos ustedes, los ciento veintitrés son mi responsabilidad, y yo no soy hombre de
rehusar a mis obligaciones, conscripto. Es cierto, estamos cansados, pero usted no puede aflojar, de ninguna manera, como
tampoco puede hacerlo el resto de sus compañeros. Ninguno de ellos.
--Pero cabo, es que…
--Es que, nada, soldado.
--Es que hace mucho
tiempo que estamos acá, cabo. Y tengo miedo que ya no pueda irme más de aquí,
de que éste sea mi lugar definitivo.
--Soldado, los años
que pasamos acá son minutos comparados con la eternidad. Usted no puede olvidarse
de quien es, porque usted es algo más
que el “cordobés”, usted es un nombre y un apellido, y todos tenemos derecho a
conocerlo para poder escribirlo donde corresponde.
Levanta su cabeza y
me mira. Guarda silencio. El viento sigue soplando y el sol comienza a querer
asomar detrás de la colina, pero no se refleja en nuestros ojos muertos.5/11/14
VENDAVAL
Que mentiras me trae el viento que no las quiero comprar...
VENDAVAL
VENDAVAL
Siempre se dijo que la madrugada
de ese día de agosto del setenta y dos cuando
Luis Sosa -al que todos apodaban el marino- se fue del pueblo; fue la más fría y oscura que se tenga memoria y que por
el contrario, la noche que regresó fue la más templada y cálida que se recuerde.
Siempre se dijo y nunca nadie lo puso en duda.
De la primera noche no puedo
decir mucho porque pasaron más de cuarenta años y la memoria me falla un poco,
pero de la segunda, de cuando Sosa volvió puedo asegurar que fue así como se
cuenta y yo lo sé muy bien porque tuve
la suerte o la desgracia de estar presente esa noche.
Cuando el marino entró al Mimosa
- el bar del inglés Aberthyns - arrastrando los pies y corriendo a los
empujones las sillas que le estorbaban el paso, el boliche estaba lleno de
aquellos clientes habituales y unos cuantos ocasionales.
Sosa seguramente se debe
haber asombrado al darse cuenta que los años que habían pasado no hicieron
ninguna mella en el edificio del bar del inglés. Ni los años, ni el frío
extremo, tampoco las tormentas, ni
siquiera el ripio suelto, del viejo camino vecinal que muere en el penal de
Rawson había logrado marcar las paredes viejas y gruesas del Mimosa. Estaba tal
y como el marino Sosa lo recordaba. Ahora las caras eran diferentes -eso sí había
cambiado- pero aún todos seguían siendo pescadores de rostros tallados por el viento de la
Patagonia, hombres y mujeres solos y tristes, como siempre fue la clientela del
Mimosa.
El inglés vio la silueta
inconfundible de Sosa – su gabán
marinero y las manos en los bolsillos - en el vano de la puerta y puso dos vasos
limpios sobre el mostrador.
El Marino apenas murmuró a
su paso un “noches buenas” con su voz pesada y oscura, esperando alguna
respuesta, algún sonido que tape los gritos destemplados de sus propios pensamientos.
Pero nadie habló, ninguno de los presentes dijo esta boca es mía, ni siquiera se
animaron a respirar fuerte. Que el marino haya vuelto al pueblo era un hecho lo
suficientemente importante como para guardar silencio, además aunque muchos no
lo conocían personalmente la leyenda del Marino era conocida por todos en el
lugar. Se había ido contando de boca en boca durante todos los años que el
hombre anduvo por ahí, fuera del pueblo. Como toda leyenda creció en cada fogón,
en cada contada de asado o de vinos compartidos y ya no importaba si el Marino había matado a
uno o a diez o había sobrevivido a un pelotón de fusilamiento o era él que había
dado la orden de disparar, la leyenda como toda leyenda que se precie había superado al hecho mismo para convertirse
en un símbolo.
Mientras Sosa caminaba hacia
el mostrador algunos de los hombres que estaban conversando y bebiendo, se
hicieron a un lado, otros se fueron a sentar en alguna mesa escondida del bar. En
ese momento no hubo otro sonido en el lugar más que el que genera el choque del
pico de una botella de ginebra contra el borde un vaso de vidrio.
El inglés miró a los ojos viejos
del hombre que acababa de regresar, le acercó un vaso, levantó el suyo, como
gesto de saludo y respeto, y se lo tomó de un sorbo. Le dijo: “va por cuenta de
la casa”. Después siguió con sus cosas. No preguntó ni comentó nada. El inglés
no conocía la leyenda del marino por comentarios o por el decir de otros, el inglés
estaba con él cuando el marino se
convirtió en leyenda.
Sosa se tomó la ginebra
despacio, pensativo y en silencio, un codo apoyado en el mostrador sosteniendo la cabeza que se
apoyaba en la mano mientras la otra mano estaba en el bolsillo de su gabán
oscuro, la mirada baja, la espalda encorvada.
Después, como desde el
origen del pueblo, como desde siempre, llegó el viento. El viento del sur, amo
y señor del descampado. El viento que se mete por todos y cada uno de los
huecos que encuentra, el viento que entra chiflando, a través de las ventanas gastadas
que dan al páramo y el acantilado que bordea el Atlántico. Afuera del bar,
bramaba en toda su libertad, más fuerte que otras noches; adentro su sonido
apenas era apagado por un viejo televisor anclado en un canal de música que
emitía constantemente videos que nadie miraba pero todos escuchaban, igual que
al viento.
El marino Sosa apuró un
trago y después habló. Habló al aire o a quien quisiera escucharlo, su voz –
puedo asegurarlo - sonaba más oscura y
pesada que otras veces, como si fuera a decir una confesión o su último verso
si hubiera sido un poeta, pero no, no era un poeta, y dijo: “Sus últimos
alientos se volvieron viento, viento del sur, vendaval para que no olvide, para
traerme de vuelta hasta este lugar. Un viento helado y fuerte que penetra mis
huesos y agujea mi carne con miles de pequeños punzones”.
Apuró de un sorbo lo que
quedaba en el vaso, agradeció y salió casi de la misma manera que entró al bar,
arrastrando los pies y empujando las sillas. Se detuvo un momento en el vano de
la puerta, para cerrarse el gabán oscuro y salió a enfrentar el vendaval de
octubre, enseguida cayó al suelo tomándose el pecho dejando ver la camisa totalmente
ensangrentada por diecinueve heridas, como si diecinueve punzones le hubiesen
atravesado profundamente el corazón.
9/7/14
EL ABUSO DE LOS MEJORES O EL SINDROME DE DAVID
EL ABUSO DE LOS MEJORES O EL SINDROME DE DAVID
El triunfo de los alemanes contra Brasil por paliza , genero
algunas cosas tanto en mi como en nuestros compatriotas que de alguna manera me
llevaron a tratar de mover algunas neuronas y ejercer el pensamiento.
Digo , si los Alemanes fueron mejores, y jugaron sin fisuras en forma excelente ¿ porque entonces
tengo esa sensación amarga y esa empatía con nuestros eternos rivales
brasileros? Si realmente me hubiera
alegrado que Brasil perdiese 1 a
0 o 2 a 1 como máximo, resignando inclusiva las
ganas de ver una final entre Brasil y Argentina que por supuesto ganaríamos
nosotros. ¿por qué entonces la victoria de los alemanes 7 a 1 no me alegró ni me alegra? . ¿Tendré acaso
miedo por el futuro de nuestra selección cuando tengamos que enfrentarnos a
ellos y la posibilidad concreta de sufrir el mismo deshonor que nuestros compatriotas
latinoamericanos?
Pero más allá de estos temores o dudas, razonables o no, la sensación
que tengo y me molesta es que siento que hubo un abuso, una prepotencia, una
desigualdad manifiesta. Si a Alemania le bastaba ganar con una 2 a 0. Es más
hasta seria entendible un 3 a cero, pero no, los tipos se ensañaron y le
metieron siete pepas, que casi fueron 8. Hicieron leña del árbol caído,
sintieron el olor a sangre y se zambulleron al ataque como los tiburones, sin
piedad.
Y me pregunto ¿el futbol es eso? Y que se yo, quizás sí, quizás no, pero no me gusta ver como,
por más competencia que sea, en lugar de ganar se aniquila al rival. Y eso es lo que paso. Los jugadores
brasileros, seguramente le cueste bastante tiempo reponerse de la vergüenza de formar
parte del equipo que sufrió la mayor derrota en una copa del mundo.
Creo que la victoria de Alemania en lugar de elevarlos como a
Goliat, nos lleva a todos a mirar a David. Y en ese partido los brasileros fueron
los débiles. ¿Seremos nosotros los vengadores?
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