Escribimos y materializamos los pensamientos en palabras. Transformamos lo abstracto en material, lo fantástico en creíble. Nos desapegamos de nuestros sentimientos. Pero, ¿es para siempre?
Oscar R. Ruiz
(en algún lugar tengo que poner y mostrar lo que escribo. Hasta ahora, no encontré uno mejor que éste)
El blog de Oscar Ruiz
El blog de Oscar Ruiz
6/3/14
3er premio en cuento concurso OSVALDO SORIANO - 2012
Los vientos de Marzo, se llevan los nubarrones. Me acaban de llamar por teléfono para darme la excelente noticia de que he obtenido EL 3er. PUESTO EN LA CATEGORÍA CUENTO DEL CONCURSO OSVALDO SORIANO 2012. Muy , pero muy contento por haber sido premiado en un concurso de mi ciudad .
26/2/14
Imperiosa fatalidad - Presentación oficial

Los círculos se van cerrando. Imperiosa fatalidad está en mis manos y no puedo menos que agradecer a mucha, muchísima gente, pero especialmente a tres tremendos escritores como son Horacio CONVERTINI; Sebastián CHILANO y Javier CHIABRANDO. quienes se tomaron el trabajo de leer mi libro, opinar, sugerir y criticar enriqueciendo mi obra.
La presentación oficial se hará el día 15 de Marzo en un lugar que me permite volver al barrio : ESQUINA MARECHAL - PAMPA 1906 ( Esq. Belgrano) .
Tendré el inmenso gusto de contar como anfitriones nada menos que a Sebastián Chilano y a Santiago Maisonave que dirán algunas palabras sobre el libro y también el placer de escuchar alguno de mis textos leído por Mirta Pérez Llana. Están todos invitados y será un gusto recibirlos.
14/2/14
MIS DOCE DIAS EN SILVERVILLE - El segundo día
II. El segundo día: La fundación de Silverville
El
segundo día en Silverville me encontró realizando varias caminatas por el pueblo. Decidí
por una cuestión de economía de tiempo ― en ese momento no tenía ni remotamente pensado quedarme un total
de doce días en el pueblo ― recorrer de
punta a punta la calle diagonal que
cruza todo el poblado.
Ese
día pude constatar que la misma calle ― como
en tantas otras ciudades ― se denomina de
dos maneras diferentes: Desde el extremo Norte hasta la Alcandía se llama Diagonal
Mayor, y desde la Alcaldía hasta el extremo Sur del pueblo el más coherente nombre de Diagonal Única.
Mi
paseo me permitió conocer y entablar conversaciones con varios de los lugareños
para saber más de sus costumbres y sus creencias, en definitiva como es su vida
en este pueblo.
Una
de las conversaciones interesantes que tuve fue con el matrimonio de don Rolando
Achával y su señora doña Elsa Contreras, sobre el nombre del pueblo y
sus orígenes.
A
pesar de lo que a primera vista pueda parecer o creerse, el nombre del pueblo no deriva de la cultura
anglosajona y ni es algún analogismo de
la palabra plata, Pues no. Nada más alejado de la realidad. Silverville debe su nombre, como tantos
pueblos de nuestro país, y seguramente del mundo, al apellido de su
fundador Don Juan Carlos SIlverado Otuño
de María, tercer heredero soltero de la
casa de los Bourbon, hijo bastardo pero reconocido fruto de la relación entre don SIlverado Otuño de María, segundo heredero
de la casa de Bourbon con una moza mulatona de la ciudad de Santiago, capital de la
República de Chile.
Y
la relación en cuestión fue con una dama que vivía en la capital de Chile, porque
don SIlverado Otuño de María, tercer
heredero soltero de la casa de los Bourbon era de nacionalidad
chilena y en una expedición en busca de
tierras para ampliar el poderío económico de su “casa” se vio obligado a hacer un alto debido a las
inclemencias del tiempo, y allí donde se detuvo, en ese preciso lugar fue donde
fundó la ciudad.
El
hombre en su travesía evidentemente cruzo la cordillera de los Andes y se
adentró en suelo argentino, creo yo qué sin
darse cuenta y debido a la carencia de GPS. Salvo que haya sido una avanzada,
uno de los tantos intentos, una muestra más de los intereses colonialistas de nuestro
vecinos por adueñarse de nuestra tan amada Patagonia, que tantos hombres y mujeres
de bien dio a nuestra patria. Por suerte la cosa de la apropiación no prospero,
y el pueblo quedo fundado en suelo Argentino. Se imaginan a Roca persiguiendo y
matando aborígenes chilenos. Seguramente hubiera desencadenado una guerra entre vecinos.
Y
teniendo en cuenta entonces que Silverville es un pueblo argentino fundado por un chileno, descendiente de españoles
es razonable que tenga algunas características propias, una impronta y una particular
relación de los pobladores de
Silverville con el país andino, vecino al nuestro.
Todos
sus habitantes, a pesar de tener la nacionalidad argentina, se sienten argentinos
y dan loas al asado, Maradona y el dulce de leche. Tienen algunas costumbres
extranjeras, más específicamente chilenas. A Papa Noel le dicen viejito pascuero
por ejemplo y a sus mujeres en lugar de
decirle “La Patrona” como haría cualquier argentino que se precie, le dicen la polola
Y si se van de fiesta se van a carretear. Pero bueno, son costumbres nomas.
Dicen
los habitantes que don Juan Carlos SIlverado, cuando fundó el pueblo lo primero
que hizo fue marcar el mapa del futuro caserío
y levantar su vivienda, la que poco tiempo después sería la Alcaldía. Su primer
acto de gobierno después de la fundación fue nombrar a su lugarteniente Don Eusebio
R. Etchegaray como Real recaudador de gabelas y contribuciones y al capitán don Ruperto G. Moreno. Le otorgo el cargo de Real
controlador máximo. También me contaron los lugareños que en momento don Juan Carlos SIlverado Otuño de María,
tercer heredero soltero de la casa de
los Bourbon dijo su frase más célebre y terrible , la única que los silvervilleaínos nunca olvidan, la frase que los marcó y que se transmite de generación en generación
convirtiéndose casi en un mantra: “Primero me salvo yo. Los demás que se caguen”
Quizás por eso, en un gesto inmortalizado en piedra, su estatua en el medio de la
diagonal mayor está haciendo el típico corte de mangas.
6/1/14
MIS DOCE DÍAS EN SILVERVILLE
Buscando en la baulera la caja donde guardamos el arbolito de navidad, encontré una vieja agenda de viaje que solía llevar siempre conmigo. Ahí dentro estaba las anotaciones de mi experiencia en un pueblo llamado Silverville, donde estuve doce dias viviendo. Les dejo mis impresiones del primer dia
I - El primer día: Como es Silverville
Silverville, apenas es un pueblo perdido en medio de la nada. Un pueblo
olvidado de Dios y desconocido para los hombres, salvo por supuesto los que
viven allí, y esta humilde marplatense que lo descubrió de pura casualidad, en
las vacaciones de diciembre del ´83. Yo era joven y arriesgado en ese entonces.
Había decidido aventurarme hacia la Cordillera a escalar un poco y gracias a mi
inexperiencia me perdí. Desorientado buscando el camino de regreso a la civilización
entonces de casualidad encontré el pueblo donde me quede conviviendo
con los lugareños doce días, tiempo breve pero más que enriquecedor y
suficiente para conocer muchas de las características de los habitantes de este
extraño lugar.
Desde el punto de vista geográfico está ubicado sobre
el lado argentino de la cordillera de los Andes, y se puede decir, simplificando,
que está casi a la altura del medio, allí donde la provincia de Buenos Aires
termina su panza. Para los que les gustan los detalles y las exactitudes:
específicamente está ubicado en los
puntos 37 grados 52 minutos de latitud Sur y 70
grados 58 minutos de longitud Oeste,
asunto fácilmente comprobable por cualquiera de los amables lectores de esta
crónica, gracias a los avances tecnológicos del Google Earth.
El pueblo es básicamente un cuadrado. Compuesto por
apenas 22 calles horizontales y una
diagonal. En el centro del pueblo, por
supuesto, está levantado el edifico donde se ubica la Alcaldía, (porque
no tienen intendente sino Alcalde) lugar donde además de desarrollar las
actividades de gobierno viven el Alcalde y los doce concejeros populares, por
todo el término de su mandato.
A partir del centro geográfico del pueblo - la Alcaldía - se distribuyen once calles horizontales hacia el Norte y once hacia el Sur del pueblo.
Las calles horizontales no tienen una extensión importante, cálculo que a lo
sumo tendrán entre novecientos y mil doscientos metros. El cálculo, al carecer
de calles verticales e instrumentos de medición adecuados no me ha resultado
fácil de determinar.
La diagonal atraviesa la totalidad del pueblo de
punta a punta, de derecha a izquierda, marcando en cierto modo la tendencia
política de sus habitantes.
Para más detalle, pueden observar el pequeño mapa que adjunto, hecho a mano
alzada en mis hojas cuadriculadas de agenda que siempre suelo llevar conmigo a
mis vacaciones.
Como puede verse en ese
rustico dibujo entre cada calle horizontal se encuentran ubicadas de
manera paralela, tremendas acequias de generosas medidas (15 mts. de ancho por
4 mts. de profundidad). En el mapa pintadas de color negro, las cuales más que acequias constituyen verdadero canales de navegación,
aun a pesar que en Silverville no hay barcos. Por dichas acequias circula el agua que abastece a todos los
vecinos de la calle para satisfacer todos sus requerimientos
Según dicen sus gobernantes, el trazado de la
ciudad está diseñado de manera tal que favorezca el ejercicio y la caminata - no existen, por supuesto, automóviles en Silverville - y al
haber solamente calles horizontales, los habitantes cuando quieren ir a visitar
algún vecino de otra calle, por ejemplo, no les queda más remedio que utilizar la
diagonal y pasar indefectiblemente por
el centro del pueblo, es decir la Alcaldía.
Dicen tanto los pobladores como algunos viejos
libros que referencian a la fundación del pueblo, que esté diseño
arquitectónico ideado por su fundador, un amante del ejercicio físico, asegura
la calidad de vida de sus pobladores ya que se ven obligados a hacer largas
caminatas diarias, aunque mas no sea ir a comprar yerba al almacén de ramos generales.
Otros mal pensados opinan que es una manera de tener controlado el movimiento de los pocos habitantes del
lugar, asunto que no he podido
corroborar
Al estar Silverville, alejada de los centros
urbanos densamente poblados y carecer de cualquier medio moderno y electrónicos de información, los habitantes estables se vieron inmunizados de
las tendencias y cuestiones que afectan al resto de sus conciudadanos nacionales,
conformando los que normalmente denominamos como el ser nacional. Los
silvervilleaínos (podemos denominarlos con este gentilicio, que queda mejor que
silvervilleros) han logrando de esa
manera generar una idiosincrasia propia y auténticamente independiente, libre y
soberana. En otras y simples palabras. En Silverville, la gente hace lo que se
les canta y cada cual canta como quiere.
El pueblo tiene aproximadamente unos cinco mil habitantes,
y digo aproximadamente ya que a los silvervilleaínos no les interesa en
absoluto saber cuántos son, por lo que hace ya un siglo que dejaron de
contarse. Llevan eso sí un registro rudimentario de nacimientos y
fallecimientos, pero no es muy confiable. Las estadísticas no son su fuerte. También
tienen varias cabras, vacas y caballos, pero no se sabe cuantos son .
Una organización social, que podría decirse
clásica, tradicional, hasta un poco
medieval. Dirige el destino de los
habitantes un alcalde y doce consejeros, lo que nosotros llamamos concejales. Son
elegidos por voto popular y cantado cada diez años, práctica que por supuesto
ha generado disputas y rencillas entre los vecinos que perduraron varios años.
También, seguramente como un viejo resabio de las
épocas de la colonia, parecería ser que los vecinos que tienen sus casas más
cerca de la alcaldía y de la diagonal son los más pudientes o al menos los más influyentes
. Lo que sí es cierto e irrefutable es que como son los que menos caminan, pues son los más
gordos.
En general los lugareños son hospitalarios con los
extranjeros una vez vencido el recelo natural a lo desconocido, algo generosos
y excelentes cocineros de carne de ave asada (cóndores y demás bichos alados autóctonos
de la zona cordillerana). Ante la escasez y dificultad para conseguir en
abundancia estas aves, los lugareños los crían en cautiverio, cortándole las
alas para que no puedan elevarse en ningún
sentido. Los tratan como si fueran mascotas. Están bien alimentados y hasta los
entretienen llevándolos a ver partidos de futbol los domingos pero de ninguna
manera dejan que remonten vuelo
He podido determinar, gracias a mis conversaciones
con varios de los habitantes del pueblo que se encuentran limitados seriamente
para crecer en infraestructura ya que se niegan terminantemente a cambiar la
traza del pueblo, aborrecen los números impares y las líneas verticales, con lo
que , dicen , jamás construirán calles con esa orientación , de forma que para que se pueda construir una calle más,
están obligados a construir dos, para no romper la armonía norte – sur, con sus respectivas
acequias/canales , lo que implica una erogación que los habitantes del pueblo
no pueden ( y creo que tampoco están dispuestos) a costear. Bajo ninguna razón
aceptan construir calles verticales o en número impar, y a pesar de mi
insistencia, no logre sacar palabra alguna que aclare tal extraña razón. Quizás
antes de que abandone este pueblo pueda descubrirlo
La única forma de entrar o salir del lugar, como
puede observarse en el rudimentario mapa, es por medio de los extremos de la
diagonal. Generalmente se entra por la diagonal orientada hacia el norte y se
sale del pueblo por la diagonal orientada hacia el Sur.
Tanto el alcalde como los doce consejeros son elegidos
por voto popular cada diez años y viven
todos juntos en el edifico comunal, mientras dure su mandato. Todos los familiares
directos y los no tan directos trabajan en la alcaldía junto a los elegidos
para proteger y mejorar la calidad de los silvervilleaínos.
No poseen, como es natural en un pueblo olvidado
luz eléctrica, de forma que se rigen por
los ciclos naturales: tienen más actividad social en verano cuando los días son más largos y mucho menos en
invierno. Y si disponen de abundante cebo, fabrican velas, muchas velas.
El agua se obtiene por los deshielos y es encausada
a las acequias/canales mediante un complejo sistema de bombas, poleas y
mecanismos mecánicos que no supe determinar, ya que la ciencia mecánica está
muy alejada de mis preocupaciones y/o conocimientos. En verano como debe ser
abunda y en los inviernos, época de seca,
escasea de manera importante
A pesar de estos pequeños inconvenientes, los
habitantes de Silverville han logrado encontrar una solución que el resto de los habitantes de nuestro
país debería imitar. Podríamos resumirlo así: En Silverville lo que dice el Alcalde y sus funcionarios,
es, o,
lo que no se dice, no
existe”. Por ejemplo en las épocas de seca
donde el agua escasea, hasta el límite de desaparecer, la gente en sus
conversaciones cotidianas se felicitan por lo tersa que tienen la piel o lo
hermoso que le quedo el cabello recién lavado , aunque lleven semanas de tierra
acumulada y el olor a transpiración y mugre sea más que importante .
El Alcalde anuncia por decreto, generalmente en
esas épocas seis o siete días de Carnaval, donde la gente tira bombuchas
infladas con tierra en lugar de agua (que
no hay), pero todos ríen, saltan y bailan como si estuvieran jugando realmente
con agua.
Si dicen que están bien, pues están bien. Si dicen que no hace frio en invierno ni calor en
verano, pues es así, o por lo menos lo viven así, salvo yo que por supuesto no
estaba compenetrado de la cultura del lugar y por las noches cuando la
temperatura bajaba a casi cero grado me cagaba de frio. Pero era un problema mío,
sin duda. Por ejemplo jamás pude leer de noche cuando la única vela de que disponía
debido al racionamiento por la escasez de sebo, se apagaba. El resto de los
lugareños continuaban leyendo en voz alta, como si nada aunque creo que se aprendían
de memoria los textos de día para repetirlos en la oscuridad
Bueno, por hoy es suficiente. Mañana sera otro día.
14/12/13
El Relato del mes DICIEMBRE . TROFEO
Llegamos a Diciembre, casi fin del 2013, cumplimos con los 12 relatos prometidos y este mes el final del cuento subido el mes pasado. Ojale les guste y los disfruten. El mejor de los deseos para todos y que tengan un excelente 2014
TROFEO ( CONTINUACION )
......
TROFEO ( CONTINUACION )
......
Sólo trataba de sujetarla, “Chocolate”
que estaba cerca mío me ayudaba a
sostenerla. Sin duda algo había agarrado el anzuelo y por la fuerza con que
tiraba y luchaba era grande. José que piloteaba el barco me daba indicaciones a
los gritos “suéltale soga chico, sueltalé”, me decían los dos, que lo deje
cansar, después que recoja, que lo tire de a poco. Gritaban dándome instrucciones, estaban tan o más excitados
que yo.
De pronto el bicho salió del
agua dando un salto casi acrobático. Era inmenso, y tenía una hermosa aleta
color azul en su lomo, que brillaba con el sol del mediodía. Yo estaba
totalmente excitado, feliz.
El pez saltaba cada tanto fuera
del agua haciendo una especia de voltereta
en el aire, seguramente tratando de zafar del anzuelo, para caer nuevamente y
levantar una cortina de espuma blanca y agua de varios metros de altura. Otras
veces, cambiaba la estrategia y nadaba en dirección hacia nosotros, hacia el barco,
lo sabía porque la tanza perdía tensión, de pronto giraba en dirección contraria,
dando varios saltos más pequeños, seguidos, rápidos. Chocolate agarró más
fuerte la caña que se me estaba escapando de las manos.
Luchamos
por varias horas, hasta el anochecer , quizás producto de mi inexperiencia,
pero me ayudó sin duda el tremendo equipo que los Mirabal tenían y lo profundo
que estaba agarrado el anzuelo a la boca del pez. Cuando logré ponerlo a una
distancia del bote lo suficiente pequeña, le clave una lanza que Luis
“Chocolate” me acercó con una especie de
anzuelo gigante en la punta.
Con eso y bastante esfuerzo entre
los tres pudimos subirlo al bote.
Era un ejemplar magnifico,
yo jamás había visto algo así. Era grande, inmenso. sin duda debía tener muchos
años. José dijo algo que debería pesar como ochenta kilos o más. Los dos
Mirabal estaban a los saltos de alegría y yo también. Lo único que me llamó la atención
era que el pescado que estaba tirado arriba del bote no era muy parecido al de
la película, ése, el que yo me acordaba de la película tenía una tremenda nariz
como una espada magnífica, el mío no, era
mocho, el color era lindo sí, pero no tenía nariz, pensé, de cualquier forma
no daba para andar pensando mucho. Todos gritábamos de alegría, nos abrazábamos
y bebíamos Ron con cola.
La foto, la foto, grite. La
cámara, ¿dónde está mi cámara? Pregunte desesperado. En el camarote chico, en
el bolso, me dijo uno de los hermanos. Bajé la pequeña escalera que daba a los
camarotes, rápido, excitado. Tomé mi cámara del bolso y volví a subir a
cubierta apurado, con tanta mala suerte que por estar descalzo y tanta agua que había
sobre la cubierta que resbale y mi
camarita japonesa de última generación terminó en el fondo del mar Caribe.
Pegamos
la vuelta hacia tierra firme. Contentos, los cubanos con doscientos CUC en los
bolsillos y yo con mi pescado para sacarme la foto de la posteridad a lo
Hemingway.
Tocamos costa ya entrada la
noche. José acercó lo suficiente el barco al muelle para que Luis “Chocolate” pudiera
bajar de un salto y con una soga lo amarró
a un poste. Bajamos todos, al costado del muelle había un gancho con una
balanza. Entre todos colgamos el pescado del gancho. Chocolate lo pesó: noventa
y dos kilos dijo y después lo midió:
cinco ochenta mide, cinco metros ochenta repitió.
Enseguida sacó un cuchillo sumamente afilado y de un
solo tajo y una destreza digna de un cuchillero de los cuentos de Borges, abrió
mi trofeo por el medio de la panza, dejando sobre caer al suelo todas las
tripas del pobre bicho.
Después enjuagó el pescado con
agua de mar, le dio las vísceras a los gatos y a los perros que enseguida se
arremolinaron cerca de nosotros y limpió lo que quedaba tirando los restos al
agua, fue cuando le pregunté por qué el pescado era mocho no tiene nariz, le dije,
y el del “Viejo y el mar” sí. El cubano me miró extrañado y después como si
fuera evidente me contestó “pues chico, porque el de la novela de Hemingway era un pez espada y éste es un Atún,
sólo por eso chico. Pero quédate tranquilo, chico, que los dos son magníficos” Y qué carajo hace un atún en el mar Caribe
pregunté yo. Pues, aquí viven, me contestó él. Pero yo quería un pez espada,
dije. Chocolate me miró y sólo dijo: Lástima chico, tómate otro Ron Cola a su
salud.
Sentí que mi sueño había desaparecido
en el mar del Caribe, seguramente nunca más tendría una oportunidad de capturar
un pez espada y parecerme al viejo de la novela o al gran Hemingway. Pero no
podía negar que mi ejemplar de atún era tan magnífico con el del libro.
El hermano se acercó y le
sacó el cuchillo a Chocolate, “La cola, se queda como trofeo del que tripuló el
barco, es la tradición chico” me dijo y sin esperar mi respuesta cortó unos
diez centímetros encima de la cola del Atún y envolvió el trozo en papel de
diario.
Entre
los tres bajamos al pescado del gancho y lo cargamos en el jeep. Era tarde. Vamos
les dije, mi mujer debe estar preocupada.
Llegamos al cinco estrellas ya bastante
entrada la noche. El conserje apenas nos vio a los tres sacar del jeep semejante pescado y enfilar para dentro del
hotel salió espantado desde atrás del mostrador. Se negaba terminantemente a
dejarme pasar con mi trofeo hacia la habitación y no me creía que lo iba a
poner en el minibar.
Mi mujer que estaba sentada en los
sillones del hall esperándome bastante nerviosa por mí demora, se agarraba la
cabeza y me decía que estaba loco si
pensaba que ella iba a compartir la habitación con semejante monstruo
despanzurrado.
Los hermanos Mirabal, me
desearon suerte y se subieron a su jeep, perdiéndose en la noche cálida del
Cayo.
Después
de explicarle durante varios minutos al conserje lo que significaba el pescado
para mí, que a la mañana partiría hacia Varadero y que no le traería
inconvenientes, logré apelando a todos mis recursos, convencerlo que guarde al
bicho en la heladera de la cocina del hotel.
A cambio dejé cincuenta CUC
y le di permiso para que corte un trozo de pescado, para él y su familia. Le pedí que lo embale adecuadamente para poder
llevarlo a Varadero y que antes de llevar el pescado a la cocina me saque una
foto, con el celular de mi señora, pero me dijo que no, que alguno podía ver el
pescado en la recepción del hotel y que lo echaban y que ni loco iba a perder
un trabajo que le daban propinas en CUC. Llamó a otro muchacho y entre los dos
se llevaron a mi atún a la heladera.
A la mañana siguiente muy
temprano el conserje nos despertó para entregarme mi pescado, antes de que
llegue el personal de cocina, me dijo. Me encontré con la grata sorpresa de que
lo había embalado, muy convenientemente en
una caja de telgopor con hielo. Me pareció un poco más pequeño de lo que lo
recordaba la noche anterior. Ante mi pregunta el hombre me confesó que debió
darle un trozo a quien le consiguió la caja de telgopor y el hielo y a su
compañero de tareas.
Mucho no me queje, porque
ahora gracias a los peajes que me vi obligado a compartir, el tamaño y el peso se había reducido de manera
considerable lo que hacía el traslado no tan difícil y estaba perfectamente
embalado.
En
Varadero teníamos contratado seis días de estadía en el Melía Las Américas. Un
hotel cinco estrellas con cancha de golf y todo incluido.
Habiendo aprendido el método,
ni lerdo ni perezoso decidí no perder tiempo. De movida le di cincuenta CUC al
conserje que nos dio la habitación y un trozo del pescado para que me guarde la
caja de telgopor en la heladera de la cocina del hotel.
No me animé a pedirle de
desembalar el pescado para sacarme una foto.
Disfruté del hotel, la playa
y los Ron-Collins, hasta el cuarto día.
Esa mañana el conserje me devolvió
la caja con mi pescado diciéndome que de
la cocina la sacaron porque necesitaban espacio en la heladera y había olor.
De alguna manera logré
convencer a mi mujer de dejar la caja con el pescado en la habitación los
últimos dos días de vacaciones. Eso sí, la pieza parecía el polo norte porque
el aire acondicionado funcionaba al máximo todo el día y cada hora y media pedía unos baldes de hielo en algún bar
del hotel, para agregarle a la caja de
telgopor. De cualquier forma no fue suficiente porque el olor era importante y
casi inaguantable.
Al fin, en la mañana del último
día de mis vacaciones en Cuba, el conserje del hotel golpeó la puerta de la
habitación diciendo que los pasajeros de todo el pasillo se quejaban por el
olor, y éso en un hotel cinco estrellas era inaceptable. Le expliqué el motivo los
más amable que pude, el hecho que dejábamos la habitación en sólo unas horas
para volver a la Argentina y los cincuenta CUC de propina lograron que haga la
vista gorda por un par de horas.
Metí
lo que quedaba de mi pescado en un bolso, comprado a ese solo efecto, le
agregue el ultimo balde de hielo y partimos.
El
viaje de casi tres horas desde Varadero hasta el aeropuerto de La Habana fue agradable, salvo por el olor que inundaba todo el micro y
que era evidente que emanaba del bolso donde
había guardado lo que alguna vez fue el cuerpo de un atún que me haría pasar a
la posteridad.
Al
fin llegamos a La Habana, con varios pasajeros descompuestos y de pésimo humor.
Espere que se bajaran todos del micro y retire el bolso con mi pescado.
Mi mujer hizo los trámites
de pre-embarque mientras yo esperaba afuera del Aeropuerto, al aire libre. Sólo
faltaban algunas horas para regresar a mi país y si bien no iba a poder hacer
la comida para mis amigos, quizás podría hacer embalsamar la cabeza del atún y
ponerla como un trofeo en el comedor del departamento.
Pero
no tuve suerte. El soldado que manejaba
el scaner inmediatamente me sacó de la fila de embarque cuando vio los rayos X
del bolso. Después de casi una hora de tenerme demorado, el pago de una multa
importante en CUC bajo el cargo de
depredación de la fauna, la prohibición absoluta de ingresar nuevamente
a la isla y el correspondiente decomiso del bolso con los restos de mi pescado,
nos autorizaron a embarcar con mi mujer rumbo a la Argentina finalmente.
Les
pedí, les rogué, les supliqué que antes de partir me dejen sacarme una foto con
mi trofeo. Gracias a mis últimos cincuenta CUC accedieron a mi pedido.
Mi mujer con el celular y
tapándose la nariz con los dedos me sacó la foto.
Lástima, no está muy buena.
Salí torcido, ladeando la cabeza y haciendo arcadas mientras en mi brazo
derecho, bien estirado y los más alejado de mi nariz posible sostengo una
cabeza de atún sin cuerpo, de ojos turbios y opacos y branquias de color tan
oscuro que parece negro.
Mi oportunidad de igualarme
a Hemingway y a Spencer Tracy quedó en
las arenas tibias de Cuba, quizás como comida de gato y mientras el sol se
ponía a mis espaldas, subía la escalinata del avión hacia Argentina pensaba que
hubiera sido mucho mejor haber sacado ese anzuelo y devolver la presa, que el
atún nadara libre, con la boca destrozada seguramente pero libre.
Ahora sólo me queda el
triste recurso de ir a algún taller de
escritura.
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