Oscar R. Ruiz

(en algún lugar tengo que poner y mostrar lo que escribo. Hasta ahora, no encontré uno mejor que éste)

El blog de Oscar Ruiz

14/2/14

MIS DOCE DIAS EN SILVERVILLE - El segundo día

II. El segundo día: La fundación de Silverville


El segundo día en Silverville me encontró realizando varias caminatas  por el pueblo.  Decidí  por una cuestión de economía de tiempo ― en ese momento  no tenía ni remotamente pensado quedarme un total de doce días en el pueblo ―  recorrer de punta a punta la calle diagonal  que cruza todo el poblado.
Ese día pude constatar que la misma calle ―  como en tantas otras ciudades ― se denomina  de dos maneras diferentes: Desde el extremo Norte hasta la Alcandía se llama Diagonal Mayor, y desde la Alcaldía hasta el extremo Sur del pueblo  el más coherente nombre de Diagonal Única.
Mi paseo me permitió conocer y entablar conversaciones con varios de los lugareños para saber más de sus costumbres y sus creencias, en definitiva como es su vida en este pueblo. 
Una de las conversaciones interesantes que tuve fue  con el matrimonio de  don Rolando  Achával y su señora doña Elsa Contreras, sobre el nombre del pueblo y sus orígenes.
A pesar de lo que a primera vista pueda parecer o creerse,  el nombre del pueblo no deriva de la cultura anglosajona  y ni es algún analogismo de la palabra plata, Pues no. Nada más alejado de la realidad.  Silverville debe su nombre, como tantos pueblos de nuestro país, y seguramente del mundo, al apellido de su fundador  Don Juan Carlos SIlverado Otuño de María, tercer  heredero soltero de la casa de los Bourbon, hijo bastardo pero reconocido fruto de la relación entre  don SIlverado Otuño de María, segundo heredero de la casa de Bourbon con una moza   mulatona  de la ciudad de Santiago, capital de la República de Chile.
Y la relación en cuestión fue con una dama que vivía en la capital de Chile, porque don SIlverado Otuño de María, tercer  heredero soltero de la casa de los Bourbon era de nacionalidad chilena  y en una expedición en busca de tierras para ampliar el poderío económico de su “casa”  se vio obligado a hacer un alto debido a las inclemencias del tiempo, y allí donde se detuvo, en ese preciso lugar fue donde fundó la ciudad.
El hombre en su travesía evidentemente cruzo la cordillera de los Andes y se adentró en suelo argentino, creo yo  qué sin darse cuenta y debido a la carencia de GPS. Salvo que haya sido una avanzada, uno de los tantos intentos, una muestra más  de los intereses colonialistas de nuestro vecinos por adueñarse de nuestra tan amada Patagonia, que tantos hombres y mujeres de bien dio a nuestra patria. Por suerte la cosa de la apropiación no prospero, y el pueblo quedo fundado en suelo Argentino. Se imaginan a Roca persiguiendo y matando aborígenes chilenos. Seguramente hubiera desencadenado  una guerra entre vecinos.
Y teniendo en cuenta entonces que Silverville es un pueblo argentino  fundado por un chileno, descendiente de españoles es razonable que tenga algunas características propias, una impronta y una particular relación de  los pobladores de Silverville con el país andino, vecino al nuestro.   
Todos sus habitantes, a pesar de tener la nacionalidad argentina, se sienten argentinos y dan loas al asado, Maradona y el dulce de leche. Tienen algunas costumbres extranjeras, más específicamente chilenas. A Papa Noel le dicen viejito pascuero por ejemplo  y a sus mujeres en lugar de decirle “La Patrona” como haría cualquier argentino que se precie, le dicen la polola Y si se van de fiesta se van a carretear. Pero bueno, son costumbres nomas.

Dicen los habitantes que don Juan Carlos SIlverado, cuando fundó el pueblo lo primero que hizo fue  marcar el mapa del futuro caserío y levantar su vivienda, la que poco tiempo después sería la Alcaldía. Su primer acto de gobierno después de la fundación fue nombrar a su lugarteniente Don Eusebio R. Etchegaray como Real recaudador de gabelas y contribuciones  y al capitán don  Ruperto G. Moreno. Le otorgo el cargo de Real controlador máximo. También me contaron los lugareños  que en momento don  Juan Carlos SIlverado Otuño de María, tercer  heredero soltero de la casa de los Bourbon dijo su frase más célebre y terrible , la única que  los silvervilleaínos  nunca olvidan, la  frase que los marcó  y que se transmite de generación en generación convirtiéndose casi en un mantra: “Primero me salvo yo. Los demás que se caguen” Quizás por eso, en un gesto inmortalizado en piedra, su estatua en el medio de la diagonal mayor está haciendo el típico corte de mangas. 

6/1/14

MIS DOCE DÍAS EN SILVERVILLE

Buscando en la baulera la caja donde guardamos el arbolito de navidad, encontré una vieja agenda de viaje que solía llevar siempre conmigo. Ahí dentro estaba las anotaciones de mi experiencia en un pueblo llamado Silverville, donde estuve doce dias viviendo.  Les dejo mis impresiones del primer dia 



I  - El primer día: Como es Silverville

Silverville, apenas es un pueblo  perdido en medio de la nada. Un pueblo olvidado de Dios y desconocido para los hombres, salvo por supuesto los que viven allí, y esta humilde marplatense que lo descubrió de pura casualidad, en las vacaciones de diciembre del ´83. Yo era joven y arriesgado en ese entonces. Había decidido aventurarme hacia la Cordillera a escalar un poco y gracias a mi inexperiencia me perdí. Desorientado buscando el camino de regreso a la civilización  entonces de casualidad  encontré el pueblo donde me quede conviviendo con los lugareños doce días, tiempo breve pero más que enriquecedor y suficiente para conocer muchas de las características de los habitantes de este extraño lugar. 
Desde el punto de vista geográfico está ubicado sobre el lado argentino de la cordillera de los Andes, y se puede decir, simplificando, que está casi a la altura del medio, allí donde la provincia de Buenos Aires termina su panza.   Para los que les gustan los detalles y las exactitudes:  específicamente está ubicado en los puntos 37 grados 52 minutos de latitud  Sur  y  70 grados  58 minutos de longitud Oeste, asunto fácilmente comprobable por cualquiera de los amables lectores de esta crónica, gracias a los avances tecnológicos del Google Earth.  
El pueblo es básicamente un cuadrado. Compuesto por apenas 22 calles horizontales  y una diagonal.  En el centro del pueblo, por supuesto,  está levantado el  edifico donde se ubica la Alcaldía, (porque no tienen intendente sino Alcalde) lugar donde además de desarrollar las actividades de gobierno viven el Alcalde y los doce concejeros populares, por todo el término de su mandato.  
A partir del centro geográfico del pueblo  - la Alcaldía -   se distribuyen  once calles horizontales  hacia el Norte y once hacia el Sur del pueblo. Las calles horizontales no tienen una extensión importante, cálculo que a lo sumo tendrán entre novecientos y mil doscientos metros. El cálculo, al carecer de calles verticales e instrumentos de medición adecuados no me ha resultado fácil de determinar.
La diagonal atraviesa la totalidad del pueblo de punta a punta, de derecha a izquierda, marcando en cierto modo la tendencia política de sus habitantes.
Para más detalle, pueden observar  el pequeño mapa que adjunto, hecho a mano alzada en mis hojas cuadriculadas de agenda que siempre suelo llevar conmigo a mis vacaciones. 
Como puede verse en ese rustico dibujo  entre cada  calle horizontal se encuentran ubicadas de manera paralela, tremendas acequias de generosas medidas (15 mts. de ancho por 4 mts. de profundidad). En el mapa pintadas de color negro,  las cuales más que acequias  constituyen verdadero canales de navegación, aun a pesar que en Silverville no hay barcos. Por dichas acequias  circula el agua que abastece a todos los vecinos de la calle para satisfacer todos sus requerimientos
Según dicen sus gobernantes, el trazado de la ciudad está diseñado de manera tal que favorezca el ejercicio y la caminata  - no existen, por supuesto,  automóviles en Silverville -   y  al haber solamente calles horizontales, los habitantes cuando quieren ir a visitar algún vecino de otra calle, por ejemplo,  no les queda más remedio que utilizar la diagonal  y pasar indefectiblemente por el centro del pueblo, es decir la Alcaldía.  
Dicen tanto los pobladores como algunos viejos libros que referencian a la fundación del pueblo, que esté diseño arquitectónico ideado por su fundador, un amante del ejercicio físico, asegura la calidad de vida de sus pobladores ya que se ven obligados a hacer largas caminatas diarias, aunque mas no sea ir a comprar yerba al almacén de ramos generales. Otros mal pensados opinan que es una manera de tener controlado  el movimiento de los pocos habitantes del lugar, asunto que  no he podido corroborar
Al estar Silverville, alejada de los centros urbanos densamente poblados y carecer de cualquier medio moderno y  electrónicos de información,  los  habitantes estables se vieron inmunizados de las tendencias y cuestiones que afectan al resto de sus conciudadanos nacionales,  conformando los que normalmente  denominamos como el ser nacional. Los silvervilleaínos (podemos denominarlos con este gentilicio, que queda mejor que silvervilleros)  han logrando de esa manera generar una idiosincrasia propia y auténticamente independiente, libre y soberana. En otras y simples palabras. En Silverville, la gente hace lo que se les canta y cada cual canta como quiere.
El pueblo tiene aproximadamente unos cinco mil habitantes, y digo aproximadamente ya que a los silvervilleaínos no les interesa en absoluto saber cuántos son, por lo que hace ya un siglo que dejaron de contarse. Llevan eso sí un registro rudimentario de nacimientos y fallecimientos, pero no es muy confiable. Las estadísticas no son su fuerte. También tienen varias cabras, vacas y caballos, pero no se sabe cuantos son . 
Una organización social, que podría decirse clásica, tradicional, hasta un  poco medieval.  Dirige el destino de los habitantes un alcalde y doce consejeros, lo que nosotros llamamos concejales. Son elegidos por voto popular y cantado cada diez años, práctica que por supuesto ha generado disputas y rencillas entre los vecinos que perduraron varios años.  
También, seguramente como un viejo resabio de las épocas de la colonia, parecería ser que los vecinos que tienen sus casas más cerca de la alcaldía y de la diagonal son los más pudientes o al menos los más influyentes . Lo que sí es cierto e irrefutable es que  como son los que menos caminan, pues son los más gordos.
En general los lugareños son hospitalarios con los extranjeros una vez vencido el recelo natural a lo desconocido, algo generosos y excelentes cocineros de carne de ave asada (cóndores y demás bichos alados autóctonos de la zona cordillerana). Ante la escasez y dificultad para conseguir en abundancia estas aves, los lugareños los crían en cautiverio, cortándole las alas  para que no puedan elevarse en ningún sentido. Los tratan como si fueran mascotas. Están bien alimentados y hasta los entretienen llevándolos a ver partidos de futbol los domingos pero de ninguna manera dejan que remonten vuelo   
He podido determinar, gracias a mis conversaciones con varios de los habitantes del pueblo que se encuentran limitados seriamente para crecer en infraestructura ya que se niegan terminantemente a cambiar la traza del pueblo, aborrecen los números impares y las líneas verticales, con lo que , dicen , jamás construirán calles con esa orientación , de forma que  para que se pueda construir una calle más, están obligados a construir dos, para no romper la armonía  norte – sur, con sus respectivas acequias/canales , lo que implica una erogación que los habitantes del pueblo no pueden ( y creo que tampoco están dispuestos) a costear. Bajo ninguna razón aceptan construir calles verticales o en número impar, y a pesar de mi insistencia, no logre sacar palabra alguna que aclare tal extraña razón. Quizás antes de que abandone este pueblo pueda descubrirlo
La única forma de entrar o salir del lugar, como puede observarse en el rudimentario mapa, es por medio de los extremos de la diagonal. Generalmente se entra por la diagonal orientada hacia el norte y se sale del pueblo por la diagonal orientada hacia el Sur.
Tanto el alcalde como los doce consejeros son elegidos por voto popular cada diez años y  viven todos juntos en el edifico comunal, mientras dure su mandato. Todos los familiares directos y los no tan directos trabajan en la alcaldía junto a los elegidos para proteger y mejorar la calidad de los silvervilleaínos.
No poseen, como es natural en un pueblo olvidado luz eléctrica, de forma que  se rigen por los ciclos naturales: tienen más actividad social en verano cuando  los días son más largos y mucho menos en invierno. Y si disponen de abundante cebo, fabrican velas, muchas velas.
El agua se obtiene por los deshielos y es encausada a las acequias/canales mediante un complejo sistema de bombas, poleas y mecanismos mecánicos que no supe determinar, ya que la ciencia mecánica está muy alejada de mis preocupaciones y/o conocimientos. En verano como debe ser abunda y en los inviernos, época de seca,  escasea de manera importante
A pesar de estos pequeños inconvenientes, los habitantes de Silverville han logrado encontrar una solución  que el resto de los habitantes de nuestro país debería imitar. Podríamos resumirlo  así: En Silverville  lo que dice el Alcalde y sus funcionarios, es,  o,  lo que no se dice,  no existe”.  Por ejemplo en las épocas de seca donde el agua escasea, hasta el límite de desaparecer, la gente en sus conversaciones cotidianas se felicitan por lo tersa que tienen la piel o lo hermoso que le quedo el cabello recién lavado , aunque lleven semanas de tierra acumulada y el olor a transpiración y mugre sea más que importante .
El Alcalde anuncia por decreto, generalmente en esas épocas seis o siete días de Carnaval, donde la gente tira bombuchas infladas con  tierra en lugar de agua (que no hay), pero todos ríen, saltan y bailan como si estuvieran jugando realmente con agua.
Si dicen que están bien, pues están bien. Si dicen  que no hace frio en invierno ni calor en verano, pues es así, o por lo menos lo viven así, salvo yo que por supuesto no estaba compenetrado de la cultura del lugar y por las noches cuando la temperatura bajaba a casi cero grado me cagaba de frio. Pero era un problema mío, sin duda.  Por ejemplo jamás pude  leer de noche cuando la única vela de que disponía debido al racionamiento por la escasez de sebo, se apagaba. El resto de los lugareños continuaban leyendo en voz alta, como si nada aunque creo que se aprendían de memoria los textos de día para repetirlos en la oscuridad  

Bueno, por hoy es suficiente. Mañana sera otro día.

14/12/13

El Relato del mes DICIEMBRE . TROFEO

Llegamos a Diciembre, casi fin del 2013, cumplimos con los 12 relatos prometidos y este mes el final del cuento  subido el mes pasado. Ojale les guste y los disfruten.  El mejor de los deseos para todos y que tengan un excelente 2014


TROFEO   ( CONTINUACION ) 

......
Sólo trataba de sujetarla, “Chocolate”  que estaba cerca mío me ayudaba a sostenerla. Sin duda algo había agarrado el anzuelo y por la fuerza con que tiraba y luchaba era grande. José que piloteaba el barco me daba indicaciones a los gritos “suéltale soga chico, sueltalé”, me decían los dos, que lo deje cansar, después que recoja, que lo tire de a poco. Gritaban dándome  instrucciones, estaban tan o más excitados que yo.

De pronto el bicho salió del agua dando un salto casi acrobático. Era inmenso, y tenía una hermosa aleta color azul en su lomo, que brillaba con el sol del mediodía. Yo estaba totalmente excitado, feliz.
El pez saltaba cada tanto fuera del agua  haciendo una especia de voltereta en el aire, seguramente tratando de zafar del anzuelo, para caer nuevamente y levantar una cortina de espuma blanca y agua de varios metros de altura. Otras veces, cambiaba la estrategia y nadaba en dirección hacia nosotros, hacia el barco, lo sabía porque la tanza perdía tensión, de pronto giraba en dirección contraria, dando varios saltos más pequeños, seguidos, rápidos. Chocolate agarró más fuerte la caña que se me estaba escapando de las manos.
            Luchamos por varias horas, hasta el anochecer , quizás producto de mi inexperiencia, pero me ayudó sin duda el tremendo equipo que los Mirabal tenían y lo profundo que estaba agarrado el anzuelo a la boca del pez. Cuando logré ponerlo a una distancia del bote lo suficiente pequeña, le clave una lanza que Luis “Chocolate”  me acercó con una especie de anzuelo gigante en la punta.
Con eso y bastante esfuerzo entre los tres pudimos subirlo al bote.
Era un ejemplar magnifico, yo jamás había visto algo así. Era grande, inmenso. sin duda debía tener muchos años. José dijo algo que debería pesar como ochenta kilos o más. Los dos Mirabal estaban a los saltos de alegría y yo también. Lo único que me llamó la atención era que el pescado que estaba tirado arriba del bote no era muy parecido al de la película, ése, el que yo me acordaba de la película tenía una tremenda nariz como una espada magnífica, el mío no, era  mocho, el color era lindo sí, pero no tenía nariz, pensé, de cualquier forma no daba para andar pensando mucho. Todos gritábamos de alegría, nos abrazábamos y bebíamos Ron con cola.
La foto, la foto, grite. La cámara, ¿dónde está mi cámara? Pregunte desesperado. En el camarote chico, en el bolso, me dijo uno de los hermanos. Bajé la pequeña escalera que daba a los camarotes, rápido, excitado. Tomé mi cámara del bolso y volví a subir a cubierta apurado, con tanta mala suerte que  por estar descalzo y tanta agua que había sobre la cubierta  que resbale y mi camarita japonesa de última generación terminó en el fondo del mar Caribe.  
            Pegamos la vuelta hacia tierra firme. Contentos, los cubanos con doscientos CUC en los bolsillos y yo con mi pescado para sacarme la foto de la posteridad a lo Hemingway.
Tocamos costa ya entrada la noche. José acercó lo suficiente el barco al muelle para que Luis “Chocolate” pudiera bajar de un salto  y con una soga lo amarró a un poste. Bajamos todos, al costado del muelle había un gancho con una balanza. Entre todos colgamos el pescado del gancho. Chocolate lo pesó: noventa y dos kilos dijo  y después lo midió: cinco ochenta mide, cinco metros ochenta repitió.
Enseguida  sacó un cuchillo sumamente afilado y de un solo tajo y una destreza digna de un cuchillero de los cuentos de Borges, abrió mi trofeo por el medio de la panza, dejando sobre caer al suelo todas las tripas del pobre bicho.
Después enjuagó el pescado con agua de mar, le dio las vísceras a los gatos y a los perros que enseguida se arremolinaron cerca de nosotros y limpió lo que quedaba tirando los restos al agua, fue cuando le pregunté por qué el pescado era mocho no tiene nariz, le dije, y el del “Viejo y el mar” sí. El cubano me miró extrañado y después como si fuera evidente me contestó “pues chico, porque el de la novela  de Hemingway era un pez espada y éste es un Atún, sólo por eso chico. Pero quédate tranquilo, chico, que los dos son magníficos”  Y qué carajo hace un atún en el mar Caribe pregunté yo. Pues, aquí viven, me contestó él. Pero yo quería un pez espada, dije. Chocolate me miró y sólo dijo: Lástima chico, tómate otro Ron Cola a su salud.
Sentí que mi sueño había desaparecido en el mar del Caribe, seguramente nunca más tendría una oportunidad de capturar un pez espada y parecerme al viejo de la novela o al gran Hemingway. Pero no podía negar que mi ejemplar de atún era tan magnífico con el del libro. 
El hermano se acercó y le sacó el cuchillo a Chocolate, “La cola, se queda como trofeo del que tripuló el barco, es la tradición chico” me dijo y sin esperar mi respuesta cortó unos diez centímetros encima de la cola del Atún y envolvió el trozo en papel de diario.
                        Entre los tres bajamos al pescado del gancho y lo cargamos en el jeep. Era tarde. Vamos les dije, mi mujer debe estar preocupada.
          Llegamos al cinco estrellas ya bastante entrada la noche. El conserje apenas nos vio a los tres sacar del jeep  semejante pescado y enfilar para dentro del hotel salió espantado desde atrás del mostrador. Se negaba terminantemente a dejarme pasar con mi trofeo hacia la habitación y no me creía que lo iba a poner en el minibar.
          Mi mujer que estaba sentada en los sillones del hall esperándome bastante nerviosa por mí demora, se agarraba la cabeza y  me decía que estaba loco si pensaba que ella iba a compartir la habitación con semejante monstruo despanzurrado.
Los hermanos Mirabal, me desearon suerte y se subieron a su jeep, perdiéndose en la noche cálida del Cayo.
            Después de explicarle durante varios minutos al conserje lo que significaba el pescado para mí, que a la mañana partiría hacia Varadero y que no le traería inconvenientes, logré apelando a todos mis recursos, convencerlo que guarde al bicho en la heladera de la cocina del hotel.
A cambio dejé cincuenta CUC y le di permiso para que corte un trozo de pescado, para él y su familia.  Le pedí que lo embale adecuadamente para poder llevarlo a Varadero y que antes de llevar el pescado a la cocina me saque una foto, con el celular de mi señora, pero me dijo que no, que alguno podía ver el pescado en la recepción del hotel y que lo echaban y que ni loco iba a perder un trabajo que le daban propinas en CUC. Llamó a otro muchacho y entre los dos se llevaron a mi atún a la heladera.
A la mañana siguiente muy temprano el conserje nos despertó para entregarme mi pescado, antes de que llegue el personal de cocina, me dijo. Me encontré con la grata sorpresa de que lo había embalado,  muy convenientemente en una caja de telgopor con hielo. Me pareció un poco más pequeño de lo que lo recordaba la noche anterior. Ante mi pregunta el hombre me confesó que debió darle un trozo a quien le consiguió la caja de telgopor y el hielo y a su compañero de tareas.
Mucho no me queje, porque ahora gracias a los peajes que me vi obligado a compartir,  el tamaño y el peso se había reducido de manera considerable lo que hacía el traslado no tan difícil y estaba perfectamente embalado.
            En Varadero teníamos contratado seis días de estadía en el Melía Las Américas. Un hotel cinco estrellas con cancha de golf y todo incluido.
Habiendo aprendido el método, ni lerdo ni perezoso decidí no perder tiempo. De movida le di cincuenta CUC al conserje que nos dio la habitación y un trozo del pescado para que me guarde la caja de telgopor en la heladera de la cocina del hotel.
No me animé a pedirle de desembalar el pescado para sacarme una foto.
Disfruté del hotel, la playa y los Ron-Collins, hasta el cuarto día.
Esa mañana el conserje me devolvió la caja con mi pescado diciéndome  que de la cocina la sacaron porque necesitaban espacio en la heladera y había olor.
De alguna manera logré convencer a mi mujer de dejar la caja con el pescado en la habitación los últimos dos días de vacaciones. Eso sí, la pieza parecía el polo norte porque el aire acondicionado funcionaba al máximo todo el día y cada hora  y media pedía unos baldes de hielo en algún bar del hotel,  para agregarle a la caja de telgopor. De cualquier forma no fue suficiente porque el olor era importante y casi inaguantable.
Al fin, en la mañana del último día de mis vacaciones en Cuba, el conserje del hotel golpeó la puerta de la habitación diciendo que los pasajeros de todo el pasillo se quejaban por el olor, y éso en un hotel cinco estrellas era inaceptable. Le expliqué el motivo los más amable que pude, el hecho que dejábamos la habitación en sólo unas horas para volver a la Argentina y los cincuenta CUC de propina lograron que haga la vista gorda por un par de horas.   
            Metí lo que quedaba de mi pescado en un bolso, comprado a ese solo efecto, le agregue el ultimo balde de hielo y partimos. 
            El viaje de casi tres horas desde Varadero hasta el aeropuerto de La Habana  fue agradable,  salvo por el olor que inundaba todo el micro y que era evidente que emanaba  del bolso donde había guardado lo que alguna vez fue el cuerpo de un atún que me haría pasar a la posteridad.
            Al fin llegamos a La Habana, con varios pasajeros descompuestos y de pésimo humor. Espere que se bajaran todos del micro y retire el bolso con mi pescado.
Mi mujer hizo los trámites de pre-embarque mientras yo esperaba afuera del Aeropuerto, al aire libre. Sólo faltaban algunas horas para regresar a mi país y si bien no iba a poder hacer la comida para mis amigos, quizás podría hacer embalsamar la cabeza del atún y ponerla como un trofeo en el comedor del departamento.      
            Pero no tuve suerte.  El soldado que manejaba el scaner inmediatamente me sacó de la fila de embarque cuando vio los rayos X del bolso. Después de casi una hora de tenerme demorado, el pago de una multa importante en CUC bajo el cargo de  depredación de la fauna, la prohibición absoluta de ingresar nuevamente a la isla y el correspondiente decomiso del bolso con los restos de mi pescado, nos autorizaron a embarcar con mi mujer rumbo a la Argentina finalmente.
            Les pedí, les rogué, les supliqué que antes de partir me dejen sacarme una foto con mi trofeo. Gracias a mis últimos cincuenta CUC accedieron a mi pedido.
Mi mujer con el celular y tapándose la nariz con los dedos me sacó la foto.
Lástima, no está muy buena. Salí torcido, ladeando la cabeza y haciendo arcadas mientras en mi brazo derecho, bien estirado y los más alejado de mi nariz posible sostengo una cabeza de atún sin cuerpo, de ojos turbios y opacos y branquias de color tan oscuro que parece negro.
Mi oportunidad de igualarme a  Hemingway y a Spencer Tracy quedó en las arenas tibias de Cuba, quizás como comida de gato y mientras el sol se ponía a mis espaldas, subía la escalinata del avión hacia Argentina pensaba que hubiera sido mucho mejor haber sacado ese anzuelo y devolver la presa, que el atún nadara libre, con la boca destrozada seguramente pero libre.

Ahora sólo me queda el triste  recurso de ir a algún taller de escritura.

10/11/13

El relato del mes : NOVIEMBRE

Una aclaración necesaria : Se acerca fin de año y estamos llegando a los 12 relatos prometidos allá por enero, espero que los hayan disfrutado al leerlos tanto como yo al escribirlo. El cuento de este mes viene con un poco de suspenso. Como es un poco extenso, lo voy a subir en  dos partes, la primera ahora y la ultima en la entrega de diciembre. Abrazos a todos...


Hay veces en que unas simples vacaciones se pueden convertir en la oportunidad de cumplir los sueños. Por lo menos así lo cree el personaje de este cuento, que lo único que deseaba era poder traer de vuelta un ...

TROFEO 


     Al fin logramos ponernos de acuerdo con mi mujer en tomarnos vacaciones y hacer un viaje. En treinta años de matrimonio fueron escasas las veces en que lo hicimos. El viaje de bodas a Carlos Paz, el raid Cataratas-Brasil-Paraguay cuando saqué el Gol cero kilómetro y los chicos eran chicos, la nena tendría seis y Facundito apenas tres años, unos días en Salta a ver la Virgen del Cerro; otra escapada de fin de semana largo a Cataratas con mis cuñados y pará de contar.Ahora los hijos ya están grandes y la verdad es que nos merecíamos un viaje como la gente. Siempre por H o por B lo posponíamos por esas cosas que uno se pone a si mismo como prioridades y la verdad es que solo reflejan lo que cuesta poder disfrutar: que la casa, que la situación económica, que la inestabilidad de lo que vendrá, que el país, que el dólar, que el colegio o la facultad de los chicos, que… que…
     Pero esta vez no, nada de eso. Ni siquiera tuvimos, como otras veces, esas peleas que duran casi una semana, y donde uno de los dos, cualquiera, ya podrido pegaba el grito “¿Sabes qué?, no voy una mierda, metete el viaje en el orto”, y todo se iba al carajo por la barranca despareja de la convivencia.
     No soy muy afecto a las playas llenas de gente pero menos afecto soy al frio o a los deportes. Boludeces tales como esquiar o cosa por el estilo no la van conmigo, de manera que decididos a rumbear para el sol y el calor, que mejor que algún lugar exótico del Caribe.
     Después de averiguar, cotejar precios y comodidades nos decidimos por Cuba. La elección no era muy difícil: comparada con cualquier lugar con arena y agua clara como Punta Cana, San Andrés o Cancún, la isla nos ofrecía más, mucho más: país casi mítico para nosotros, el Ché, Fidel, la revolución, la historia, la cultura, los mojitos, y también, lo cual no deja de ser importante, por el mismo precio que nos cobraban ocho días en otros pedazos de arena caliente, en Cuba gozábamos de quince días de estadía “All inclusive” en hoteles de cinco estrellas.
     Decididos contratamos pasaje y estadía en una agencia de viajes, a través de una conocida: cuatro días en La Habana, cinco en un Cayo y seis en Varadero.
     Un día a mediados del mes de Marzo nos fuimos al fin.
     Después de dieciocho horas de viaje, con una escala técnica en el aeropuerto de Lima, donde a mi mujer aprovechó y compró por la bicoca de veinte dólares unos llaveritos con la foto del Machu Picchu, llegamos a La Habana. Al aeropuerto José Martí y allí entonces sí puedo decir que empezaron nuestras vacaciones tan deseadas.
     A esta altura del relato es justo confesarles que Cuba tenia para mí un condimento muy especial, y un plus secreto pero de una potencia inigualada: Ernest Hemingway y “El viejo y el mar”.
Siempre admiré a ese tipo, su escritura y esa historia tan fantástica de la que nunca pude olvidarme desde que mi papá me llevó al Cine Belgrano, (hoy convertido en templo brasilero) y vi la película.
     Quedé tan impactado esa tarde en el cine, que secretamente me prometí a mí mismo que algún día iba a pescar un Pez espada tan o más grande que el que agarró Spencer Tracy pero que no me lo iban a comer los tiburones como en la película, ni mucho menos. Y ésta era mi oportunidad.
     Así que apenas llegamos al hotel ”Habana Libre”, después de dejar las valijas en la habitación del piso ocho; abrir la boca y decir OOOO por el tamaño del recibidor y el desayunador; sacarles fotos a las plantas colgantes de las escaleras, le dije a mi mujer que iba a recorrer un poco el hotel y fui hasta el tercer piso donde estaba la oficina de Cubatur, la empresa de turismo habilitadas de la isla que nos correspondía, para empezar a averiguar por una excursión de pesca embarcado, en busca de mi dorado pez espada.
     El señor morocho de tamaño importante que me atendió escuchó atentamente mi pedido y mis motivaciones, luego me dijo en un tono que no dejaba muchas opciones. “Mira chico, aquí en la Habana va a ser un poco difícil que puedas pescar Pez Espada, de cualquier forma tú tienes que saber que en Cuba está prohibido depredar el mar. Para hacer pesca embarcada, necesitas un permiso especial del Ministro de Agricultura e Industria Alimentaria, y más para pescar un Pez Espada y sacarlo de la isla. Lo otro sólo es para las novelas. Por qué no déjas tranquilo a los peces y te vas a visitar el Floridita en la Habana vieja. Pides un par de daiquiris, te sacas un foto con la estatua de Hemingway y ya está”.
     Le contesté que al Floridita iba a ir, sin duda y también que me iba a tomar los daiquiri y sacar la foto, pero que al Pez Espada lo iba a pescar, aunque tuviera que quedarme en la isla de por vida.
     No le gustó mi respuesta.
     Volví a la habitación. Mi mujer estaba recién duchada y me propuso ir a ver “el cañonazo” en el antiguo fuerte que está a la entrada de la bahía de La Habana. Le dije que sí, mientras pensaba en contactarme con alguien que pudiera hacerme cumplir mi sueño.
     Nuestra estadía en La Habana transcurrió gratamente entre paseos y visitas al Malecón, la Habana Vieja y la Bodeguita del medio, todo acompañado de música de los años cincuenta, boleros, olor a tabaco, ron y trato amable por parte de los lugareños. Al cuarto día como estaba previsto, volvimos al aeropuerto para tomar un avión que nos llevaría a Cayo Largo.
     Que puedo decir: hermoso. Arena blanca, mar transparente, aguas cálidas. Una maravilla. El hotel, los cubanos, el clima, los mojitos de primera o el Ron-Collins, tan buenos y bien preparados que lograron que cambie mi habitualidad al whisky en menos de cuatro horas. Andaba todo el día de bermudas y ojotas. Hasta me animé a ponerme una camisa con un estampado de flores exóticas inmensas de colores verdes, rojo, azul y amarillo. Parecía un arco iris caminando, estaba muy cerca de ser el tipo más feliz del mundo salvo porque aún no había pescado mi pez espada e inmortalizado mi gran momento de escritor con una foto.
     En el Cayo, la mirada del “Gran Hermano” al estar más alejados de la capital, era un poco menos potente, de manera que me contacté con un par de lugareños que vivian en el pueblo en la otra punta de la isla y trabajaban en la marina cuidando los botes y yates: Los hermanos José y Luis “Chocolate” Mirabal. Después de una charla con los dos, logré que accedan a llevarme con ellos a un día de pesca embarcado, en busca de mi trofeo y sueño. Me costo convencerlos, decían que estaba prohibido que era peligroso, que si los agarraban la iban a pasar mal. Me cobraban doscientos CUC. La verdad que era mucho dinero, eso equivalía a doscientos veinte dólares norteamericanos, y no aceptaban tarjeta de crédito, pero no tenía muchas opciones ni tiempo para buscarlas. Cerré el trato con los cubanos. El sábado debíamos tomar el avión hacia el continente de la isla. La excursión de pesca, duraba todo el día, de manera que concreté con los hermanos Mirabal para el viernes.
     Ya me regodeaba pensando en la foto, feliz de pie y colgado detrás mío de un gancho un tremendo pez espada más alto que yo mismo. La cara que pondrían los compañeros de la oficina o los muchachos del club, hasta podría mandarme una comilona y cocinarles el pescado a la parilla, total con ese tamaño, alcanzaría seguro para todos.
     Ahora solo debía encontrar la manera de, o bien decirle a mi mujer lo que iba a hacer o de engañarla. Opté por la primera de las opciones ya que en ese lugar no tenía muchas posibilidades ni excusas creíbles para desaparecer un día entero sin despertar sospechas.
      Esa misma noche, un poco antes de cenar, decidí que era el momento ideal para hablar con mi mujer. Estábamos en unas tumbonas junto a la pileta, teníamos poca gente dando vueltas cerca nuestro, sólo una pareja gay de turistas alemanes y la noche estaba cálida y agradable. Fui hasta una de las barras, pedí un Ron Collins para mí y un Daiquiri de frutilla para ella, con los dos tragos en mis manos volví a la tumbona y le conté emocionado a mi mujer que a la mañana siguiente me iba a embarcar con dos cubanos para cumplir uno de mis mayores sueños. Al principio se enojó, después se preocupó por mi salud, es cierto que estoy un poco entrado en años y kilos y el deporte no fue nunca mi fuerte, planteó algún par de boludeces, tipo “si vos el único pescado que conoces es al tarado de tu sobrino y cuando agarraste uno, estaba muerto y en la góndola del supermercado”, pero con la ayuda de mi entusiasmo y tres daiquiris más, terminó aceptando mi idea.
     Quedamos en qué para no levantar sospechas en el hotel, ella diría a todos que estaba descompuesto, que los langostinos que había cenado la noche anterior me habían caído como el culo.
     A las cuatro de la madrugada José Mirabal me pasó a buscar por el hotel con un jeep, mientras su hermano Luis “Chocolate” nos aguardaba en la marina. A las cinco de la mañana partimos rumbo a alta mar. Navegamos un par de horas. Alejados setenta millas de la costa detuvieron el bote y los muchachos me dijeron que me prepare.
     Me senté y me amarré lo más fuerte que pude al sillón que estaba en una de las puntas del barco y esperé. El sol pegaba a pleno ya a esa hora, y sentía que la cabeza se me recalentaba, de vez en cuando alguno de los cubanos me acercaba un balde con agua de mar para que me refresque, cosa que hacía de buen grado vaciándomelo sobre la cabeza y mojando una gorra simpática con la propaganda de Ron Havana Club, que me habían prestado los muchachos porque yo no había llevado nada para protegerme, de improvisado nomás.
     Pasaron varias horas de aburrimiento total, sólo el mar del Caribe y el sol. Los cubanos charlaban animadamente, escuchaban música y todos bebí- amos ron con cola y fumábamos habanos Montecristo.
     Quizás producto de todo éso sumado al calor y al aburrimiento, estaba medio adormilado cuando de pronto sentí un tirón impresionante y la tanza empezó a volar por el reel. Tuve que aferrarme con todas mis fuerzas a la caña.
     Sólo trataba de sujetarla, “Chocolate” que estaba cerca mío me ayudaba a sostenerla. Sin duda algo había agarrado el anzuelo y por la fuerza con que tiraba y luchaba era grande. José que piloteaba el barco me daba indicaciones a los gritos “suéltale soga chico, sueltalé”, me decían los dos, que lo deje cansar, después que recoja, que lo tire de a poco. Gritaban dándome instrucciones, estaban tan o más excitados que yo.

 ...CONTINUA EN LA ENTREGA DE DICIEMBRE... 






  

15/10/13

El relato del mes : OCTUBRE


Desde chico  que vengo escuchando algo así como una verdad absoluta que dice que  " A los japoneses les fascina el Tango"  o " Los japoneses son tan tangueros como nosotros"  y nunca lo cuestioné , ni me pregunte por que razón era así  Hasta ahora,  bueno quizás la explicación sea esta .  Hasta el mes que viene   




SHIBUI

“Esta mina  me tiene las bolas al plato con el parloteo. Desde que se subió al auto no para, dale que dale. No afloja. Es insoportable. Subí  la radio Gordo, avívate  subí  la radio, que te salvas”
―Entonces yo le dije: Apúrate Jorge, que nos perdemos la película pero él como si nada, se tomó todo el tiempo  del mundo para …
—Perdón señora, un minuto que quiero escuchar esta noticia.  —La interrumpo.
La voz monótona del  locutor me alivia el oído y por un rato no escucho a la mujer cotorra.
El  mediodía esta pesado, el calor de enero aprieta y el puerto está lleno de turistas, que andan paisajeando por todos lados.
—Acá nomas chofer, déjeme donde está el supermercado chino, nomas. --La mujer cotorra, al fin paga y se baja, por suerte.
Estoy guardando la plata, cuando, desde el supermercado, al lado de un montón de cajones vacios de cerveza, un chino petiso y un poco raro,  me hace señas con la mano  para que  me corra.
Tiene razón, estoy en la zona de carga y descarga y hay un camión esperando detrás mío.  Bajo la ventanilla y le pego el grito.  
—¡Ya me corro, jefe!.
El chino me mira como si me conociera y grita   
—¿Goldo?  ¿Sos vos?   —mientras se acerca al auto abriendo los brazos de par en par. 
—¿Kenji?
—Si goldo querido, que haces acá en Mal del Plata  –me dice desde la vereda.
—¿Yo, que hago? Laburo de remisero como siempre, gano la misma miseria que antes pero acá se vive mejor, se respira mejor, pero el asunto no soy yo, la pregunta es: ¡Vós que haces acá, CapoPonja ?  —le digo bajándome del auto para darle un abrazo
—Y,  es una histolia lalga, ya salgo, si me haces el favol de llevalme hasta casa te cuento . Vivo para el lado del Hospital Legional. Con lo que pagan estos chinos  no me alcanza pala una mielda.
Dale, como no te voy a llevar. Te espero.
Kenji se mete en el supermercado y agarra un bolsito azul de un locker. Está mucho más avejentado que la última vez que estuvimos juntos. Debe hacer por lo menos seis o siete  años que no lo veo, ni tengo  noticias de él. Saluda a la cajera inclinando levemente la cabeza, y enfila para el auto. Se sienta adelante, a mi lado, como en los viejos tiempos
—¡Goldo querido!   —Me dice con una sonrisa de oreja a oreja, dándome otro  abrazo.
—¡Kenji, hermano!, ¡CapoPonja!. Tanto tiempo.  Pero contáme , contáme, que no me banco la ansiedad, hace un montón que te perdí el rastro. Cuando me fui de Buenos Aires quise despedirme de vos. Me corrí hasta las oficinas de la Sony, pero me dijeron que desde esa mañana no trabajabas más, que te habían despedido. Me fui hasta tu piso en Libertador y el portero me dijo que ya te habían desalojado. ¿qué paso? Si eras un bacán Kenji. ¿Cómo aterrizaste acá en Mar del Plata?, ¿Te viniste cuando te rajarón de la Sony? ¿Qué haces laburando en un supermercado chino del puerto? ¡Si vos sos un genio Capo-ponja!.
—Espela Goldo, tenéme un poco de paciencia que ya te cuento… ¿nos comemos un cholipan de paso?
—Dale. ¿En el Sochori de dorapa?
—Dale goldo.
Encaré por la avenida Juan B. Justo con  rumbo al estadio mundialista. Sin duda, si conoce al Sochori de Dorapa,  Kenji hacia bastante tiempo que vive en Mar del Plata ¡Y nunca nos cruzamos! Qué cosa de locos.
El primer choripán tardo más en llegar a nuestras manos, que desaparecer en nuestras bocas. Con el segundo y ya más tranquilo, lo apuro a que me cuente y Kenji , ahora sí, ni lerdo ni perezoso, arranca con sus desventuras
—Viste goldo, yo venía muy desbalancado, y en la Sony no se joloba mucho, un pal de macanas y chau. Tenía la cabeza en otro lado, y vos lo sabés porque eras mi chofel y me llevabas a todos lados. Gracias a vos conocí la noche de Buenos Ailes, Caminito, El viejo Almacén, todas esos lugales  que me contaba mi viejo allá en Nagasaki, ¡Qué te voy a contal a vos!, que me paseaste por todos los cabalutes. Si fuiste vos el que me llevó  al “Última Culda” donde tlabajaba Glisel. ¡Mi glisel!.
—El Cabaret de Graciela querrás decir. …
―Glisel, Goldo, Glisel, vos sabés bien que pala mí siemple fue y sela Glisel, ¿Estamos? Sigo y no me intelumpas: Asi que todas la noches telminaba en el cabalet, de Glisel, donde vos me dejabas. Yo seguía la joda con ella, espelaba a que telminala el tulno y nos íbamos a su depaltamentito en la calle Colientes , y después la seguía con whisky, faso, algún estimulante para podel aguantal, que Viagla, que melca. Bueno la lógica…
--Si, no me digas nada, empezaste a estar cada vez menos en la oficina y más con Grisel. Pero capo-ponja,  si vos sos un tipo súper inteligente y te la bancabas bárbaro, apenas tenías veinticuatro pirulos.
―Si Goldo, me la bancaba, y la piloteaba bálbalo, hasta el corralito de Cavallo  Agarro a la Sony y le encanuto un plazo fijo de un tocazo de  dólales ¿Y a que no sabés, Goldo,  quien había dado la olden de hacel el plazo fijo? Sí adivinaste,  había sido yo. Así que, esa no me la perdonalón  Afuela. Caput, Bye Bye. Sayonara, Decí que pol suelte tenía algunos papeles un poco complometedoles y conseguí una buena indemnización. Alquilé un depaltamentito y me la llevé a la Grisel a vivil conmigo.
—A Graciela querrás decir
—No goldo. No jodas. Glisel.  — y para que no me quede duda me canta  -- “No te olvides de mi Glisel, Glisel”
Es inevitable no cagarme de risa ante el canto del japonés. Por la cara no le gusta mucho mi reacción. Me pongo serio, me la aguanto y le digo. 
—¡Pero Kenji!, no me cantes ahora que el chorizo me va a caer pesado. Aparte, yo siempre te dije que esa mina no te convenía. Que te iba a fumar en pipa.
—Goldo, el amol no se fija en liesgos, y vos sabés que yo estaba metejoneado a más no podel. Hasta el cogote, como dicen ustedes.
―Si lo sé, pero yo te avisé. Seguro que te cagó.  –le digo mientras le lleno el vaso con el borgoña.
—Bueno, cagal, lo que se dice cagal,  más o menos, con la plata que tenía tilamos unos cuantos meses, y no la pasamos tan mal. Glisel seguía labulando en el cabalet y yo después de unas semanas salí a buscar labulo, pero la cosa estaba muy complicada y mis lefelencias no me ayudaban. Estaba todo el día en casa y se me empezó a quemal la cabeza. Vos sabés mi historia, goldo, mi viejo fue uno de los pocos que sobrevivió a la bomba de Nagasaki, y yo, su hijo Kenji Tanaka, no podía estar todo el día metido en el departamentito sin hacer nada.
―Y no, Capo-ponja, vos no sos un tipo para eso.
―Pala cafishio no selvía, porque pala eso, no tenés que quelel a la mina Goldo, y yo a mi Glisel la quelía con locula. Entonces talde o templano, se dio lo que se tenía que dal: no me empecé a bancal que Glisel, mi Glisel se acostala  con otros tipos,  aunque sea por tlabajo. Todos los días me quedaba en el cabalet hasta el ciele, y le espantaba los clientes. Le hacía escenas de celos, discutía con ella, con los tipos, con cualquiela. Al  final el dueño, una basula de tipo, una noche se paso de la laya, y le pegó, la dejó casi medio muelta, así que como colesponde a un homble cuando atacan a su mujel, me fui a casa,  agale el sable samulai  de mi familia y me lo llevé puesto de un solo golpe. Le colté la cabeza de una, de un solo tajo, a él y a uno de sus guardaespaldas.  Nos fuimos con mi Glisel un tiempo de Buenos Ailes, pero la guita se telminó, y el amol se acabó. Me telminó denunciando para zafal de que la acusen como cómplice  Decí que de mi época de la Sony me quedalon algunos buenos contactos, así que un amigo, buen abogado,  me defendió, tocó algunos contactos en la Colte y listo. El sable no lo encontralón jamás, lo había hecho guita  a un coleccionista y salió del país, y sin alma homicida, la cosa era favorable pala mí. Del lado del mafioso dueño del cabalet, no tenía problemas, nadie iba a decil nada, en ese ambiente el que hable la boca es un buchón, vos sabés Goldo. Así que no había muchas pluebas contra mí, sólo cilcunstanciales dijelon los jueces,  Zafé.
―¡Qué historia Kenji!
―Sí. Hasta en un momento pensé en hacelme el Hala Kili,pala lespetal a mi familia, es lo que mi padle  Akira hubiela hecho, pero se ve que ya hace mucho que vivo en Algentina y la tladición ya no es tan fuelte. Eso, la colectividad jamás me lo peldonó. No pueden aceptal que el hijo de Akira Tanaka, sobreviviente de  Nagasaki y de familia de samuláis, no hubiera cumplido su código de honor.
―¿Y entonces?
—Y nada, que quelés que hiciela Goldo, despleciado por la colectividad por no matalme, sin honol, sin plata, y sin Glisel. En Buenos Ailes ya no había mucho por hacel y me vine para aca, a Mal del Plata, a vel que conseguía.
—Ahí entraste a laburar con los Chinos.
—Sí, me costó un poco pero enganché, no son tan jodidos  y la voy llevando bastante bien. Hasta estoy lecupelando de a poco la colección de discos de Tangos que tuve que empeñal en la malaria. 
—Si me acuerdo, una colección de discos de tango que envidiaría más de un argentino Por algo vos, siempre fuiste un libro abierto sobre el tango, Kenji.
―Sí, es cielto, viene de familia, de mi padle, quizás su historia lo malco de alguna folma. El tango en casa fue fundamental. Mi padle decía que era nuestro “shibui”, que el tango es un “shibui canyengue”, y yo lo cleo totalmente
―Que el tango es un ¿qué ?
―Shibui goldo. Quiere decir: “La apariencia amarga de lo que es positivamente hermoso”. Eso, ni más ni menos.
―Mira vos, algo que es tan nuestro. Igual quién iba a pensarlo Kenji, vos  un bocho, capo de la Sony, descendiente de samuráis y sobrevivientes de la bomba.  Laburando en Mar del Plata, en un supermercado chino.
—Que vas a hacer, así es la vida., después de todo, estoy olgulloso. Como mis antepasados yo también soy un sobleviviente, y vivo mi Shibui. Algentina es una bomba A, pero la tilan todos los días.  
Pago y salimos hacia la avenida Juan B. Justo. Está nublado garua, tristeza, hasta el cielo se ha puesto a llorar.