Oscar R. Ruiz

(en algún lugar tengo que poner y mostrar lo que escribo. Hasta ahora, no encontré uno mejor que éste)

El blog de Oscar Ruiz

24/7/12

GRACIAS AL VIENTO




 A pesar de los gritos que pego la Matilde, poco, muy poco, es lo que pudo entender Alberto. El sueño pesado por el cansancio y el vino barato,  no dejan mucha alternativa.  Muy poco, apenas algunas  frases como  ¡Se nos viene el viento! Los chicos Alberto  ¡ Agarrá los chicos! .
 Eso sí, cuando una ráfaga huracanada se les llevó la mitad de la casilla, el frÍo y la lluvia sumado al vozarrón de ella,  fue  suficiente para despabilarlo.
Aunque el viento hubiese sido más débil, el chaperio no hubiera resistido. Estaba agarrado apenas con algunos clavos oxidados,  y los tirantes  podridos no ofrecían ninguna resistencia. Igual que ellos.  Pero esta noche el viento no es más débil, esta noche es más bravo que otras noches, como que no descansa. Se las agarra  con las chapas, las levanta bien alto, las  deja caer y que se doblen todas, sin esfuerzo, jugando. Como qué dejo de ser nuestro  amigo.
En la oscuridad, la Matilde con ordenes cortas , organiza la retirada del rancho. Alberto lo saca en brazos a Jonathan,  la Matilde se carga  a Brian, el más chiquito y a Mati se lo lleva la Julieta.
¡Dale Alberto dale!  — grita la Matilde —  La puta madre, te dije antes de prender el brasero que el viento  iba a hacer desbordar el arroyo.
Tenía razón, más de cuatro  horas de lluvia y viento del sur, hicieron su trabajo.
La porquería de las fábricas y la mierda de las cloacas se mezcla con  la tierra. Puro barro. Resbaloso y difícil para estar en pie. El viento no amaina . Sacude las ramas de los  sauces de una manera que dá miedo.
Los dos  llevan los chicos a un claro lejos del bajo, cerca de la ruta, después vuelven  al rancho a tratar de sacar algunas cosas.  Alberto agarra su bicicleta, dos almohadas y algo de ropa. La Matilde sale con una bolsa con pan y las frazadas. Todo lo demás es ofrenda  para el viento o la correntada.  
En un rato nos juntamos unos cincuenta, iguales, mojados y  asustados, somos como una masa sin rostro ni nombre. Sombras. Sombras surcadas por el viento.  Ese viento que siempre fue  amigo, que se llevaba los olores de la quema, o enfriaba las chapas del rancho en enero. Hasta hoy. Esta noche nos castigó como nunca, desconociéndonos.
Ninguno habla. No hay qué decir.  Esperamos, con los pocos cacharros que rescatamos,  los camiones de Defensa Civil o de la Muni.  Desde acá, podemos ver,  a duras penas,  como el agua entra en el rancherío y saca los colchones al barro.  Cuando volvamos  los pongo a secar, me dice Alberto, por ahí si tenemos suerte Servicios Sociales nos dá alguno  nuevo.  El frio  nos pega duro. Mojados peor.
La ciudad  anda con ganas de amanecer. Desde la ruta se ve clarito como se  apagan las luces. Primero,  llega la tele, pero nadie se baja del auto,  hasta que no llegan los funcionarios de la Muni.  Antes de dejarnos subir al camión, eligen al viejo Suarez, a Yesica y los pibes para filmarlos y sacarles fotos para el diario. Todos ellos con capas y botas Pampero, nuevitas. Amarillo rabioso. Los demás, marrón tierra empapada.
Después de esperar un rato,  arrancamos para el Estadio, o algún colegio grande. ¡Que importa dónde vamos si cualquier lugar es mejor que este!  Esta noche Alberto y los suyos van a comer y dormir calientes. Gracias al viento. Y eso no es tan malo  

18/6/12

¿ Esto será un Mandala ?


                                                                                                                             -  Mandala 1 -


Miro el reloj y descubro que  las doce del mediodía quedaron cuarenta  minutos  atrás.  Apenas me quedan veinte para almorzar y el ascensor a esta hora está colapsado. No tengo más  remedio que lanzarme por las escaleras hacia la planta baja.  Apurado, compro una manzana en “El Altiplano”, (la verdulería de al lado de la oficina) ,  y con resistencia le entrego al boliviano que me atiende mis últimos cinco mangossueldo. Ante lo evidente de  mi gesto, me dice cómo para qué me sienta mejor: “Acá vendemos  las mejores manzanas de la ciudad”.     
Cruzo la calle. Alcanzo a sentarme en el banco de la placita, (milagrosamente vacío). El sol de agosto me da de lleno en la cara y me reconforta. Ahora sí,  sentado, cómodo y famélico  saco del bolsillo mi manzanalmuerzo,  le doy un tarascón que me permite (en todo un ejemplo de eficiencia)  deglutirme, con un solo bocado, la mitad.  Dispuesto a terminar el asunto,  abro  la boca  hasta que las comisuras me duelen, cuando asoma sobre la media manzana,  primero,   la cabeza de un gusano e inmediatamente después el resto de su cuerpo.  Me lleno de una natural sensación de asco,  instalándose en mi mente la cara del bolivianoverdulero riéndose a más no poder.  Me siento profundamente estafado. Prometo fervorosamente no comprarle nunca más nada, y  además, bien fuerte como para que me escuche del otro lado de la calle le grito a modo de venganza light: ¡Chorro hijo e´puta¡  
Mientras tanto el gusano, totalmente despreocupado y ajeno de mi reacción, se mueve por la media manzana como se mueve cualquier gusano: Acerca el culo al cogote (o como quiera que se llame el extremo trasero y delantero de los gusanos) en un movimiento de repliegue, levantando el lomo como un fuelle con cada contracción. De color verde claro,  ojos rojos,  y repugnante, (no mucho ya que es  chiquito y no tiene pelos).  Apoyado en mi manzana, levanta la cabecita, arruga los pliegues y me mira  (por lo menos, yo creo que me mira), le devuelvo la mirada,  (pero la mía  lleva odio incluido), y como si me entendiera,  le grito: ¡Gusano de mierda!  Al instante doblo hacia dentro mi dedo  índice,  apoyo la uña sobre la yema del pulgar, para formar un círculo y  convertirlo en un gatillo, que disparo con fuerza pegándole  con la uña de lleno en el culo (o como se llame el extremo trasero que tienen los gusanos).  Sale  despedido de la manzana   desafiando la ley de gravedad. Cae al piso. Se  recupera  y sigue su rumbo en la plena ignorancia de que su destino es encontrar alguna otra fruta o perecer de inanición.
            Entretenido con el gusano no lo veo venir  al Túcu y ya lo tengo encima. Nada que pueda hacer.              —¡Tenés la guita!—­­  ­­Me increpa de una, directo como siempre. Alcanzo a balbucear lo primero que se me ocurre  —Eeeeee, siiiii, buenoooo,  ahora no.  Eeeeee,  a la tarde. Hoy  cobro. 
El Túcu,  que  solo  laburó  levantando quiniela,  se traga la mentira a pesar que hoy es veintitrés.  —¡A las cinco estoy acá, y mejor que tengas la guita!
            Se va.  Me quedo con  media manzana mordida y un quilombo entero que  no sé cómo arreglar: Le debo al Túcu mil mangos desde hace más de un  mes, (empecinado en agarrar al veintiocho, que se niega a salir), no tengo un sope, mi crédito está agotado en  todos lados y encima no se me ocurre nada.  
¡Pienso!.Pienso! Vuelvo al laburo .Sigo pensando.  Morales me llama:
—¡Che pendejo! anda al banco, pagaté esto y después archiva las boletas.  ¡Apuráte que te cierra!    
            Me da las boletas de luz y gas de la oficina y la plata. Me rajo de la oficina. En el ascensor rumbo a la planta baja cuento la guita: Setecientos  cincuenta pesos. Miro al cielo  agradeciendo al de arriba  y me la guardo en el bolsillo. 
            A las cinco estoy en la puerta del trabajo. El Túcu ya está sentado en el banco de la placita, esperándome.
            — ¡Trajiste la guita!
            —Tomá, conseguí seiscientos. Achicá la deuda.  En dos días te doy lo que falta—.  Le paso la plata y agrego, dándole otro billete :  —Jugame estos cien al veintiocho a la cabeza.
            El Túcu empieza a juntar bronca. Los  ojos se le inyectan de sangre. Con cara de odio me agarra, me mira fijo y me dice: ¡Gusano de mierda¡. Acto seguido me pega un tremendo  patadón,  que me hace aterrizar despatarrado con toda mi humanidad en el medio de la vereda de la placita.  El Túcu se va llevándose consigo, los setecientos mangos y la raya de mi culo pegado a la punta de su zapato.
            Mientras me hago masajes en la parte dolorida, veo como  le pasa la plata al capitalista. Un gordo que está con dos ursos en un Mercedes, estacionado en la puerta de  la verdulería.  De repente bajan los ursos, lo agarran al Túcu inmovilizándolo.  Se baja el gordo. Cara de odio. Ojos inyectados de sangre, y le dice: ¡Gusano de mierda¡ Ahí nomas le pone al Túcu un tremendo patadón, que lo hace trastabillar, para terminar contra los cajones de naranjas  y manzanas de “El Altiplano”.  Las frutas  por supuesto se desparraman por toda la vereda hacia ambos lados y también hacia la calle, la mayoría son aplastadas por los autos que circulan pero una manzana  llega rodando, intacta hasta el cordón de la vereda donde me encuentro.  Entonces, como si nada hubiese pasado el gusanito verde claro, hace un agujerito  en la manzana metiéndose  en ella, se acerca el bolivianoverdulero, la levanta  y la pone junto con las otras en el cajón para poder vendérsela  al  próximo cliente.

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 [1] [1] La palabra Mandala proviene del sánscrito, y significa Círculo Sagrado. Es un símbolo sagrado de sanación, totalidad, unión, integración, el absoluto. Un Mandala es básicamente un círculo, es la forma perfecta, y por ello representa el símbolo del cosmos y de la eternidad. Representa la creación, el mundo, Dios, el ser humano, la vida. Podríamos decir que todo en nuestra vida posee las formas del círculo. Todos siguen una línea circular. Todo lo que nos rodea tiene la forma de círculo. 

26/12/11

DE VUELTA AL TRABAJO -

El timbre le indicó que lo llamaban a trabajar después de mucho tiempo.  El gordo, a duras penas se levantó del sillón que por meses había soportado su culo apelmazado. En el trayecto hasta la puerta pateó infinidad de botellas vacías de vodka, ceniceros llenos , platos sucios con restos de comida y hasta alguna bombacha abandonada. Hacía meses que no se bañaba y el olor era insoportable. ¡Por lo menos no tengo que afeitarme!, pensó.  Se puso ese ridículo traje rojo  - gorro incluído – y se subió al trineo que lo esperaba en la puerta.

29/10/11

SOBRE "EL ARGENTINO" UN SABADO MAS


La mañana de sábado esta fría  y ventosa -asunto meteorológico extraño, el calendario marca veintidós de Octubre-. Un poco más tarde que de costumbre y algo golpeado, consecuencia de la trasnochada de ayer, muevo  rumbo a  El Argentino.  En algún  momento que no puedo precisar con exactitud -dos o tres meses atrás-  se instalo en mi  una   convicción :  El olor de las viejas mesas de madera  y los tangos que flotan en el aire, me ayudarían  a  recordar vivencias de mi infancia y adolescencia.  
Traspaso la puerta pintada de rojo, ¿amuleto contra la envidia? , y saludando   relojeo  rápidamente el  ambiente.   
Mi mesita mistonga , la de siempre, la que esta pegadita a la vidriera  desde donde veo la cúpula de la capilla de Nuestra Señora del Huerto,   esta mañana está ocupada por un cuarentón  largo,  pinta de gilum aporteñado, vestido apendejadamente,  y a juzgar por el marquerio  de la ropa  que lleva y  el BMW estacionado en la puerta, con billetera  importante .  Se ve desde  lejos que pretende  lucirse  con  La Señorita de Turno, haciendo gala de ser un gran descubridor de tesoros  tangueros escondidos en la Perla de Mar del Plata. La verdad es que desentona un poco con el lugar.  Que le voy a hacer – pienso-  Me jodo por llegar tarde.
En la mesa del recuerdo, hoy ampliada, hay un artista joven –seguramente músico-,  acompañado  por su  hijo o sobrino y  además está sentada también la periodista de espectáculos  del  diario local.   En la otra mesa grande que  da sobre España también hay varios clientes  que no he visto en otras mañanas de sábado. El “Facha” Facundo  hoy no vino a desayunar. Y a pesar del viento, hay dos amigos tomando cerveza en la mesita de la vereda
En la única mesa  libre que puedo conseguir,  el Polaco me canta al oído,  Diego me custodia como un granadero y el tordo Leloir  con el delantal  roto y su pobreza de laboratorio, me da la espalda pensando en vaya a saber qué cosa de los nucleótidos de azúcar.  Le pido a  Agostina -la encargada  de la mañana-, un  café doble apenas cortado con leche fría  y dos medialunas saladas. Me acomodo, desparramo la carpeta  y los papeles sobre la mesa.
El gilum aporteñado,  okupa de mi mesa, sale a buscar algo al BMW. Vuelve enseguida con un paquetito envuelto para regalo que le entrega a La Señorita de Turno, al tiempo que le dice algo al oído, provocando su alegría explicita.
El artista joven empieza a repartir, a pedido, fotos de él. Algunos le  piden que las autografié  y  al darme cuenta, por sus gestos inequívocos, que no tiene lapicera  le acerco  la mía, ya que por ahora no la uso. Agradecido  el  joven me ofrece una foto  firmada,  a modo de trueque, lo cual declino amablemente.  
Me llama la atención que esta mañana  El argentino rebosa  de  movimiento, tanto  que ni puedo escuchar el  tango de fondo que suena bajito  ¿ansiedad o emoción previa a las elecciones?  Quizás, No lo sé.  Tengo la sensación  de que  las voces están más altas que otros sábados,  o ¿seré yo?. Ante lo inevitable  me pongo a mirar los retratos  que, en un desborde de argentinidad  tapan prácticamente  toda la pared principal del bar.   La mezcla  increíble de personas y personajes  poblando  ese pedazo del  bar  es una radiografía casi perfecta de la composición genética del  ser nacional :  Hay de todo y para todos :  desde Actores, Políticos y Ex Presidentes a Combatientes Revolucionarios, Cómicos y Escritores ,  hasta un mapa de las Islas Malvinas  , todos mezclados  compartiendo el mismo lugar y espacio de tiempo .  Antinomias y Acuerdos.  Héroes y Miserables.  Es bastante loco, igual que nosotros y tiene mucha lógica. “igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches”  canta desde la foto Discepolin. 
Levanto la vista para ver por la vidriera que da a la calle Ayacucho, y me choco con mi propia imagen reflejada en el espejo ovalado que está justo enfrente mío y a la altura de mis ojos. Un poco más arriba y a la izquierda del espejo (que, de la manera en que estoy sentado es mi derecha ) está la  foto de Cortázar , fumando un pucho.  Está de perfil hacia su izquierda -como corresponde a Cortázar-  y de espaldas a mi reflejo  “espejado”. La imagen me resulta simpática, me hago la ilusión que mi retrato también esta en la pared de la fama argentina, aunque Cortázar dándome la espalda parece que me dijera “pibe cuanto te falta”…
La voz aguda de Agostina  sobresaliendo sobre las demás, avisando  que a la noche está cerrado por “elecciones” me rescata de mis pensamientos trayéndome.  Dejo pasar el tiempo mansamente esperando  que en el Bar se  vaya calmando el ambiente y los decibeles bajen para poder concentrarme un poco.
            Recuerdo que la noche  anterior estuve aquí mismo , disfrutando de candombes,  canciones de ésta y de la otra orilla, y algunos tangos,(interpretados por  el Pato y el dúo de compañeros de equipo de manera excelente) y entonces descubro que el hecho de estar con una mediatez de a lo sumo  diez horas de diferencia, -entre la noche y la mañana-, en el mismo lugar,  pero tan diferentes uno del otro  me provoca  una  sensación rara.  Es un Deja Vú incompleto, como estar en una película con el   mismo decorado  pero filmada  por dos directores diferentes.  El lugar parece igual  pero no es igual. El director es el mismo, se nota en la mano, pero no es la misma película, ni los actores ni la trama.  Es extraño… la magia de El Argentino parecería que está durmiendo la mona , pero sin dudas aún está presente , reposando en un rincón o detrás de algún retrato, para despertarse cuando cae el sol, igual que –para hacerle honor al dueño- los vampiros.  Hago un ejercicio mental y juego como cuando era chico  a descubrir las  siete diferencias:  Acá van
–La media luz  cálida y confidente en la noche, mérito de las lamparitas amarillas,  deja lugar a la luz del sol  a pleno.
–El calor de la gente, amontonada y con espacios limitados  se libera en un ir y venir de habitués con  puertas y ventanas abiertas al aire fresco de la mañana.  
–El  perfume nocturno de gata en celo y cazador furtivo, se convierte en  olor a  café  y medias lunas calientes.
–La relación 8 a 2 hombre-mujer por la mañana, trueca a la noche en un 4 a 6  chabon-percanta,  para fortuna y alegría de los cazadores nocturnos. 
–El silencio respetuoso hacia los músicos y su arte  de la noche se reemplaza por  el  ruido de diarios al hojear,  chistes , charlas amenas,  y las sillas que se mueven casi permanentemente. 
–De día : El barrio es Barrio,  pero a la noche  es estampa de Tango. 
–La voz grave y radioteatral de Robles sube su escala tonal hasta convertirse en la aguda de Agostina, o viceversa.
           Lo único que permanece igual,  flotando por encima de todo y de todos,  es El Tango; siempre el Tango ,  de día o de noche, excelentemente cantado, tocado, acariciado, sentido, admirado, mimado por hombres y mujeres.   
             Todo esto me lleva indefectiblemente a preguntarme  ¿En qué momento El Argentino se metamorfea y pasa de ser el café  pintoresco, mistongo  y coloquial del barrio La Perla , al  Bar  canyengue y compadrito?  Estoy seguro que es  a esa hora donde el hielo se amalgamó con el whisky, la cerveza se entibió y los gatos negros se fueron a dormir.  Sí , debe ser así  porque  recuerdo un  jueves que, cerca de las cinco de la mañana y en busca de un café salvador, pasé por la puerta y el bar ya estaba cerrado, no había absolutamente nadie en la calle, ni autos estacionados,  las persianas de El Argentino estaba a medio bajar, pero juraría que se veía el reflejo de un velador prendido al fondo, y si se hacia el esfuerzo, pegando muy bien la oreja a la cortina metálica, se escuchaba un tango: de a ratos cantado, de a ratos  silbado, bajito y querendón, también algún ruido de copas al chocar pero nada más.  No le di mucha bola y vencido por el cansancio me fui a prepararme unos mates y a dormir.       
            El aporteñado con  ropa de pendejo, se vá con su mano en la cintura de la señorita de turno, ambos se suben al BMW  y salen  con  rumbo desconocido (por lo menos para mí, seguramente él sabe muy bien adónde va) 
            La mesa del recuerdo empieza a desarmarse, y los muchachos se despiden hasta el sábado que viene.
            Miro el reloj  y ya es bastante más allá del mediodía, el murmullo baja de volumen, y se puede, ahora sí, escuchar clarito el bandoneón  de Pichuco, el bar  empieza a vaciarse un poco porque la gente se va a almorzar.
             Y es lo que también voy a hacer yo .
Oscar Ruiz
10/2011